viernes, 26 de mayo de 2017

Un cuento por el día del libro

Proceso de creación
 
El siguiente relato es verídico; lo escribí con el fin de aclarar algunas ideas y también para que alguien pueda ayudarme a discernir la verdad de lo que aconteció.
 
Hace ya varios meses cuando comenzó todo. Una noche estaba sentado frente a la máquina de escribir intentando dar forma a una novela que debía entregar  a mi editor, cuando comencé a sentir una extraña sensación que me recorrió todo el cuerpo. Fue como un mareo y luego desapareció. Volvió a ocurrirme a la noche siguiente pero esta vez con más fuerza y en la tercera noche ya con la sensación de que alguien me hablaba.
 
En la cuarta noche además, no pude continuar con mi trabajo, no me surgieron ideas y la hoja quedó en blanco. De repente pude escuchar en forma clara, una voz que hablaba desde mi interior; no parecía ninguna voz conocida ni tampoco una alucinación; más bien sentía como si alguien estuviera tratando de comunicarse conmigo, como si me poseyera de algún modo. Realmente no comprendía lo que ocurría y debo confesar que sentía bastante miedo. Pero pronto la voz me tranquilizó diciendo que era la de un escritor muerto hacía muchos años y que lamentablemente su obra nunca llegó a ser conocida, por lo que ahora trataba a través de mí, realizarla y difundirla. Luego de esto mi mano comenzó a moverse de manera automática, buscó un lápiz, una hoja y se puso a escribir. Esto duró un rato al cabo del cual la voz se fue desvaneciendo y entonces recuperé el control de mi mano.
 
A la noche siguiente y a la misma hora volví a sentir como un mareo y luego empecé a sudar y a temblar hasta padecer verdaderas convulsiones que me estremecían de pies a cabeza. Reapareció la voz y nuevamente comencé a escribir en lo que tenía a mano. Las ideas surgían claras y precisas y llenaban hojas y hojas a gran velocidad. Nuevamente luego de un rato –que ignoro cuánto duró- la voz se desvaneció y quedé exhausto.
 
Las noches siguieron pasando y yo no había podido escribir una sola palabra de mi novela pero en cambio, tenía un cuaderno lleno de material brillante que procedía de esa extraña voz. Muy pronto mi actitud había cambiado y yo esperaba con ansia que llegara la hora en que me comunicaba con este ser. Pero una noche me di cuenta que quien estaba escribiendo a través de mí no era la misma persona. El estilo había cambiado y el trazo tampoco era el mismo. Cuando intenté preguntarle quien era, me respondió que él se sentía poseído por una fuerza extraña que a su vez intentaba comunicarse conmigo. Pude confirmar entonces la sospecha de que alguien más había entrado en este extraño juego. Indudablemente se trataba de un gran maestro en el arte de la literatura. Su obra era mayor y la riqueza del lenguaje utilizado demostraba claramente sus amplios conocimientos.
 
El tiempo fue transcurriendo mientras las hojas se iban llenando cada vez con mayor rapidez; tenía ya cientos de hojas escritas con distintos estilos y temas, pertenecientes a muchos poetas y escritores que se fueron agregando a la cadena. Noche tras noche las convulsiones me sacudían y una voz me hablaba; una voz que ya no sabía a quien pertenecía, ni de qué época, pues era imposible poder discernir a los cientos de personajes muertos que querían dar a conocer –por mi intermedio- sus obras inconclusas e incluso nunca escritas.
 
Creí volverme loco, casi no dormía porque era despertado a cualquier hora del día para transcribir sus ideas. Había logrado tener tanto material como jamás antes hubiera podido imaginar y mi casa se encontraba repleta de manuscritos de todos los estilos y de todas las lenguas –incluso algunas que yo ni siquiera conocía ni mucho menos hablaba-. Todo esto era una maldición, había logrado tener tanta obra como para ser  reconocido mundialmente como un maestro y sin embargo nada de ello me pertenecía… ¿o sí? No podía publicar las obras bajo los nombres originales porque nadie me creería o me tratarían de falsificador. Me encontraba en un dilema sin solución.
 
Hasta que un día, estando  en medio de la monumental misión y sin poder soportar más aquella situación, intenté detener lo que estaba ocurriendo. Grité con todas mis fuerzas que todo aquello era mío y que así aparecería ante el gran público. Creo que esa idea fue la que precipitó el trágico final. De pronto las voces se apagaron y el alivio que experimenté fue inmenso, pero sólo duró unos instantes porque entonces sentí un temblor espantoso que recorrió todo mi cuerpo, las voces de los cientos de poetas que antiguamente me poseyeron se volvieron enfurecidas contra mí al unísono y mi cabeza resonó como la gran campana de una iglesia. Las convulsiones  reaparecieron una vez más pero con más fuerza que nunca; caí al piso y me revolqué desesperado tratando de detener ese estruendo insoportable que me gritaba: “¡TRAIDOR!”
 
Creo que en ese infierno perdí el conocimiento mientras veía mi cuarto arder en llamas. Cuando desperté me hallaba muy dolorido, tirado aún en el piso. Todos los papeles habían desaparecido. La gran obra se había esfumado.
 
Nunca más volví a escuchar voces dentro de mi, ni a escribir nada, hasta hoy…


         Publicado originalmente en mil libro: "Trans-rormaciones" año 1997.

miércoles, 24 de agosto de 2016

24 de agosto...

La noche de la nostalgia
(Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia)
 
          -Ahí está -pensó Carlos-. Era ella, no cabían dudas. Después de casi veinte años de no verla el corazón le dio un vuelco al recordar los momentos que habían pasado juntos. Mónica era esbelta, rubia y tenía rasgos pequeños y delicados. Durante dos años habían sido algo más que amigos pero un día, todo acabó y no se vieron más. Carlos era vecino de ella y continuó enamorado a pesar del fin de la relación. Él se había casado y tenía dos hijos.
Ahora bailaba junto a su mujer en medio de la pista iluminada por un centenar de luces rojas y amarillas, verdes y azules mientras la música fuerte, la música de veinte años atrás, los envolvía. Mónica no lo vio. Estaba con un par de amigas, vestida con una blusa negra y una pollera corta del mismo color. Llevaba recogido el pelo lacio en una colita y su sonrisa fresca volvió a enloquecerlo.
Carlos la miraba intentando disimular ante su mujer, que parecía metida en la música, recordando otros tiempos. Él se preguntaba si su antiguo amor lo recordaría aún. Tenía que hablar con ella, quería saber como estaba, si se había casado, dónde vivía...
 
La música de los Village People atronaba por los parlantes: 
¡¡¡...WAY EM SI EI...!!! 
                  
  Fernando y Aníbal eran los encargados de poner la música y animar la fiesta. Eran amigos desde la adolescencia y compartían el mismo gusto por la música. Por eso habían decidido sumarse a las propuestas de la "nostalgia" y organizar la fiesta ese 24 de Agosto. Fernando era el "disc-jockey" y Aníbal oficiaba de animador, haciendo corear a la gente las canciones conocidas o anunciando los temas que se iban sucediendo uno tras otro, sin parar, recordando los años sesenta, setenta y ochenta.
Tenían más de trescientos discos perfectamente acomodados a su alrededor listos para irlos usando a medida que avanzaba la noche. Fernando era muy bueno como disc-jockey. Desde los doce años escuchaba música y "enganchaba" los discos de 45 revoluciones, esos discos llamados simples con un agujero grande en medio al que había que colocarles el adaptador de plástico  para poder ponerlos en el tocadiscos. Muchas veces realizaron bailes con los discos que tenían entre los amigos de la barra y festejaban los cumpleaños de todos ellos en sus distintas casas. Fernando quiso dedicarse profesionalmente pero no tenía mucho dinero y al fin abandonó la idea cuando el resto de sus amigos se mudaron y se casaron. Pero ahora que se habían reencontrado con Aníbal -uno de los antiguos amigos del barrio, decidieron sacarse las ganas. La fiesta era un éxito, el local quedaba chico, cientos de personas se habían agolpado dentro para volver a oír aquellos temas que nunca más se escucharon y todavía quedaba gente bajo la lluvia de la oscura y tormentosa noche haciendo cola para poder entrar...
                                                                  
 Mónica se sentía feliz, venía con sus amigas de toda la vida. Todas solas por diversos motivos. Una divorciada, la otra solterita aún. Mónica vino sin el marido porque no se llevaban muy bien y el tenía que trabajar. Así que allí estaban, esperando para que alguien las sacara a bailar. La música alegraba el corazón y hacía recordar viejos tiempos de juventud, cuando todos eran totalmente irresponsables y no vivían pensando en la guita como ahora.
Las tres se pusieron a bailar juntas en un rincón, zarandeando el cuerpo de un lado a otro con sonrisas amplias en sus rostros. El barullo iba en aumento con gente que se sumaba. Carlos seguía mirándola, a pesar de que era muy difícil no perderla de vista entre tanta gente. Quien sabe si podría reconocerlo, él estaba canoso y medio pelado... pero igualmente no perdía las esperanzas...
 
¡¡...OU IES IS LEIDIS NAIT AN DE FILIN RAIT OU IES IS LEIDIS NAIT... ¡OUUU! GUATA NAAIT...!! 
 
         El whisky y la cerveza corrían junto a las cocacolas en la barra donde decenas de personas desfilaban para conseguir un aliciente.
A su vez, cientos de cuerpos se agitaban mientras la temperatura subía dentro del salón y los buzos y camperas iban a parar a la ropería o terminaban en el piso en medio de los bailarines.
El humo de los cigarrillos surgía por doquier cual chimeneas viciando el aire ya saturado por el sudor y la respiración.
El ritmo machacón y alegre de la música se mezclaba con el murmullo y los cantos divertidos.
                                                                      
          Carlos no dijo que estaba casado y Mónica tampoco. Estaban otra vez juntos, girando bajo el hechizo de la música, parecía como si no hubieran pasado aquellos veinte años. Apretaban sus cuerpos, uno contra el otro y muy pronto comenzaron a besarse, como antes. El resto de las parejas que bailaban a su alrededor no les prestaban atención. Todas ellas se hallaban ensimismadas y nada importaba, excepto el amor. Sólo querían quedarse allí y olvidarse de todo; disfrutar el perfume dulce de ella, disfrutar el aroma tan varonil de él, sintiendo el calor de sus cuerpos que se excitaban con cada giro y con cada nota. De pronto, la pareja que estaba más próxima, chocó accidentalmente con ellos. El hombre se dio vuelta para pedirles disculpas y fue cuando la vio:
          -¿Mónica que hacés acá? -le dijo él.
-Jorge, ¿vos que hacés acá?- ¡me dijiste que ibas a trabajar toda la noche!- le aseguró ella en tono furioso.
Carlos, ante el hecho había quedado paralizado, sin saber que decir; los miraba a ambos, pensando en el lío en que se había metido. La otra mujer, una rubia despampanante de veintipocos años, también los miraba sin emitir palabra. Carlos pensó "está es la mía" y mientras marido y mujer discutían se dispuso a bailar con la rubia que lo miraba picaronamente...
-¡Carlos, despertate!- le gritó su mujer, sacudiéndolo de un brazo. -Te dije si no querías tomar algo con Enrique y su señora.
Él, comprendió entonces lo que ocurría. Estaba con Julia, su mujer, bailando en la pista principal en medio de gente desconocida. -¿Y Mónica dónde estará? -pensó. Se disculpó y saliendo con ellos de la pista se dirigió a la barra. Mientras, disimuladamente buscaba para ver dónde estaba su perdido amor.
                                                                
 La lluviosa noche iba transcurriendo lentamente mientras se sucedían las melodías, una tras otra.
Fernando -el disc-jockey- se sentía realizado de hacer feliz a tanta gente.
Aníbal -el animador- iba recordando los distintos pasos de baile y la gente respondía acatando la propuesta:
-A ver, ¿quién es el mejor Travolta esta noche?
En medio de la pista, bajo las psicodélicas luces un "veterano" de cuarenta y tantos recordaba sus viejas épocas de cuando ganó un concurso de baile. Vestía traje de color blanco y camisa negra con el cuello abierto y bailaba junto a una mujer de vestido rojo amplio. Remedaban a sus ídolos de los setenta al ritmo de la música de los Bee Gees. Una gran ronda a su alrededor hacía palmas y festejaba sus destrezas.
¡...daansin yeee..!!! ...daaansin yeee...!!!
         Más tarde llegó el turno del baile del "soldadito" o del "robotito". Tanto hombres como mujeres bailaban rígidos, moviendo  brazos y piernas al compás de la música como si fueran de madera.
 
¡¡¡BORN!¡BORN!¡BORN!... BORN TU BI ALAIV...!!!

 
 Carlos había conseguido zafar de su mujer, a la que había dejado de gran parloteo con sus antiguos compañeros del liceo y aprovechó para buscar a Mónica entre la gente. Carlos trataba incesantemente de encontrarla. Un mar de gente circulaba alrededor de la pista y cada tanto alguno se colaba entre las parejas y se ponía a bailar. El resto seguía circulando, charlando entre ellos cuando se encontraban antiguos amigos, luego de quince o veinte años sin verse y terminaban por entorpecer el avance de los demás que querían ir hasta la barra a tomar algo.
Carlos desesperaba, no la podía ver y tampoco podía avanzar. Puteaba entre dientes, empujando a los demás para que se movieran, pero poco podía hacer, nadie le prestaba atención. Entonces en un determinado momento la vio. Comenzó a saltar y a tratar de llamar su atención pero Mónica seguía muy contenta bailando con las amigas y ni se enteraba de su presencia. Decidió cortar por lo sano, se abrió paso a empujones por el medio de la pista hasta que llegó donde estaba y se paró frente a ella.
-¡Hola!. ¿Te acordás de mi? -dijo titubeando.
-¡Carlos! -exclamó Mónica con una amplia sonrisa en el rostro -¿Cómo estás? Tanto tiempo sin verte-. A continuación le presentó a sus amigas. -¿Viniste solo?
-Eeeh, si, no... estaba con otros amigos y te vi... quería saludarte.
-Bueno, si querés quedate con nosotras...
-Eeeh... si, gracias. -Estaba tan nervioso. Ella se acordaba de él, pero ¿querría algo?, ¿que hacer?-.
-¿Te acordás -dijo ella- cuando íbamos a los bailes con la barra? 
-¿Qué­?. Perdoná... con el volumen de la música no te escucho bien.
-Que si te acordás...
Las amigas de ella se pusieron a reír.
-Bueno, nosotras nos vamos a tomar algo -le dijeron con picardía, y por lo bajo agregaron -te dejamos con tu ex-amor...- y se fueron.
  Mónica quedó algo descolocada, Carlos estaba entrando en calor.
-¿No querés tomar algo? -le preguntó ella.
-¡NO!... eeeh, recién vengo de la barra -no quería encontrarse con su mujer- gracias, si querés te traigo algo.
Sonaron varios temas más, ambos estaban bailando ya muy cerca el uno del otro y mirándose nerviosamente como si recién se conocieran. Carlos, sin embargo, no sabía que decir.
 
¡¡...weeers... don cam isi tu miii...!!
 
         -¿A ver quién se acuerda como se bailaba esta música? -exigió el animador, mientras miraba de reojo a Fernando que acababa de poner otro disco.
Casi todas las parejas comenzaron a girar a la vez, sacudiendo sus cuerpos al ritmo de Alan Parsons, las mujeres avanzando y los hombres retrocediendo, tomados de los brazos y girando. El baile "picadito” era el ideal para los temas a medio camino entre lentos y movidos. Las parejas que lo conocían lo practicaban y las más veteranas que no habían llegado a esa época intentaban imitarlas.  
Carlos y Mónica también se tomaron de los brazos y comenzaron a girar con la música.
En eso, Julia apareció de la mano de otro hombre y se puso a bailar al lado de ellos sin prestarle atención.
Carlos comenzó a sudar copiosamente y quiso desaparecer, pero Julia lo vio.
-¡Adiós...! -le dijo ella con sorna antes de girar y alejarse.
-¿La conocés? -le preguntó Mónica.
-Sí -dijo él bajando la cabeza -es mi mujer. Mónica se rió divertida.
Ambas parejas volvieron a encontrarse lado con lado, Carlos no sabía que hacer, quería irse de allí, pero no podía dejar de mirar al hombre que ahora bailaba con su mujer. Y por otra parte si se iba, se delataba... Perdió el paso y casi se caen.
-¿Estás ahí, todavía? -le dijo Mónica.
-Eeeh, si, Perdoná.
-¿El que baila con tu mujer es también conocido tuyo?
-Eeeh, no. Creo que no, ha de ser algún amigo...
-Bueno, no te preocupes, hoy es la noche de la nostalgia... y mientras estén bailando al lado nuestro no pueden hacer nada malo.
-Sí, claro...
-Además, yo también estoy casada. -Carlos la miró a los ojos para saber si era verdad, ella continuó- Mi marido está trabajando en la empresa...
Carlos tuvo toda la intención de decirle que lo había visto hacía un rato bailando con una rubia, pero después recordó que todo era una fantasía suya y se cayó la boca.
 
¡¡...TU DE WOK OF LAIV! beibi ¡TU DE WOK OF LAIV...!!
 
          Al fin, el animador anunció otra canción... y se acabó el picadito, todos se soltaron para alivio de Carlos.
-Vamos a tomar algo -propuso Julia y Mónica la imitó. Los cuatro marcharon a la barra-.
Allí, todo era barullo, entre risotadas de algunos pasados de copas y cantos de amigos que se encontraban y recordaban viejos tiempos. La música de fondo se mezclaba con el tintineo de las copas y vasos. El barman llenaba a toda velocidad una tras otra, para satisfacer a la clientela que se apretujaba contra el mostrador.
En un rincón, un hombre vestido de traje gris y totalmente calvo ya, lloraba abrazado a una botella semi-vacía de whisky, de una manera que daba pena.
Otro hombre, un poco más joven, a su lado lo consolaba con voz de ebrio.
-Y que le vas a hacer, Cachito, la vida es así. Si tu mujer te dejó, ya encontrarás otra... Mirá cuantas minas que hay...
El otro seguía sollozando y bebiendo sin prestarle atención.
                                                                 
 Rápidamente, Mónica y Julia se hicieron amigas y no paraban de hablar; de pronto Carlos se vio envuelto en una conversación con el amigo de su mujer. Palabras van, copas vienen, y de pronto Carlos se abalanzó contra él y le quiso pegar.
Enseguida varios de los que estaban allí los separaron. Julia furiosa le recriminó a su marido su comportamiento.
-Perdoname Julita, es que no me gusta ese tipo, estaba apretando contigo.
-¿Y vos qué, te fuiste y me dejaste sola y cuando voy a la pista te encuentro bailando con cara de baboso con otra mujer... y ahora me entero que fueron novios. ¿Qué querías que hiciera?
-Perdoná Julia, yo tuve la culpa -intervino Mónica tratando de calmar los ánimos- lo invité a que se quedara conmigo y le di filo. No sabía que estaba casado.
-Bueno, está bien pero Enrique no tiene la culpa tampoco, el era un compañero del liceo con quien nunca más nos vimos.
Al rato los cuatro se pusieron a bailar otra vez como buenos amigos bajo las luces de colores y la música Disco que volvía a sonar.
 
¡¡...BAI DE RIVERS OF BABILON...!!!
 
         Cuando eran las cinco de la mañana, los cánticos habían subido de volumen y el alcohol hacía estragos. A varios hombres  se los tuvieron que llevar entre dos o tres, porque ya no podían ni caminar.   
 A la salida del baile lloviznaba, los ecos de la música quedaban sonando en las cabezas de los que se iban en sus coches haciendo chistes y comentando sobre todo el mundo, prometiendo volver el año entrante. Otros en parejas, se iban tomados de la mano, a paso rápido para no mojarse, las que se habían "arreglado" por primera vez aquí y las que se reencontraban luego de años.
Carlos salió del brazo de su mujer, soñando con volver a encontrarse con Mónica. Ella, por su parte, salió con sus amigas, riendo y pensando en contarle a su marido lo bien que la había pasado sin él.
Los últimos estertores de la música disco se extinguían tras los cristales del local, lejanos...
 
...ai never can sei gud baaii...nouu...nouu...
 
         Aníbal y Fernando preparaban todo para irse, contentos del éxito obtenido esa noche y jurando intentarlo de nuevo, al año siguiente. Todavía tenían que desenchufar los equipos, guardar los discos en los sobres. Después habría que devolver los equipos de audio y las luces y por fin podrían irse a dormir.
Aníbal aprovechó para tomar y comer algo en la barra, semidesierta, donde quedaban algunos hombres y mujeres festejando su reencuentro, a medio camino entre la lucidez y la curda.
Fernando, dejó sonando algunos temas viejos que no había dado el tiempo para pasar esta vez, a medio volumen, con las luces blancas del local encendidas.
En medio de la pista todavía quedaban varias parejas tratando de gastar sus últimas energías antes de que los echaran. Era una barra de jóvenes que entusiasmados por la fiesta no pararían de bailar hasta que se apagara el último eco, como si conocieran la música de siempre.
 
-¡Dale, pasanos el tema aquel de Queen...! -pedían.
 
Cuando por fin todos se fueron, amanecía. Ya no llovía y un viento helado soplaba pero la mayoría de la gente no lo notaba. Las altas temperaturas que llevaban en sus cuerpos debido al ejercicio y al alcohol, disminuían la sensación del frío.
 
Y se cruzaban los automóviles por las avenidas, cargados de treintañeros y cuarentones que volvían de las diversas fiestas y se saludaban a bocinazos o se gritaban de un auto a otro como si todos se conocieran, porque ésta era la noche de la nostalgia.


martes, 8 de marzo de 2016

Un cuento para este Día de la Mujer


Cruzando al otro lado
 Para Adela
 
Había llegado hacía dos meses a Montevideo. Tuve que dejar a mis padres allá lejos y adaptarme a vivir sola. la primera noche cuando me acosté a dormir me vino al pánico. Todo era diferente: la cama, la habitación, la ciudad, todo. Y yo estaba sola, sin conocer a nadie. Estaba dispuesta a volverme. Haría las valijas y me iría a la agencia de ómnibus a esperar uno que me llevara a casa otra vez. Pero después lo pensé, si me volvía, nunca más iba a regresar a Montevideo. Yo quería estudiar, hacer una carrera. Si no pasaba esa noche perdería mi futuro.
Fue difícil pero lo conseguí. Dormí con la luz encendida, tuve pesadillas pero la noche pasó.
Al otro día me encontraba más calmada. Salí a la calle con el dinero en la cartera. Dieciocho de Julio me asustaba, en aquella época a partir de Ejido no tenía semáforos. Todo era rápido, los autos zumbaban ante mi. Caminé por la acera sur rumbo a la Universidad para apuntarme en los cursos de Derecho. Estaba lleno de gente. Demasiadas caras nuevas en la ciudad.
Siempre iba y volvía por la misma acera sin atreverme a cruzar la avenida. Conocía la ciudad pero sólo de un lado.
Poco a poco me fui adaptando a la nueva vida. Tuve que aprender a lavarme la ropa. Recuerdo que el primer día que me lavé las sábanas tuve que tirarme a descansar, todo el cuerpo me dolía. Yo estaba viviendo con una tía vieja a la que apenas le daba para hacer sus cosas. No tenía estufa así que en invierno pasé frío. Como tampoco tenía calefón me debía bañar con agua fría.
Todo el primer mes fue duro y el dinero que me enviaba mi padre se me fue en quince días. Le escribí para que me mandara más. Tuve que aprender a administrarme mejor porque él me advirtió que sólo me mandaría una vez por mes.

Una tarde de lluvia me tomé un ómnibus para ir a clase. Aguardé en la parada, nerviosa, bajo el paraguas que chorreaba. Cuando se acercó el ómnibus le hice señas como había visto hacer a otras personas y con el dinero en la mano pagué el boleto. Le pedí al guarda que me avisara donde me tenía que bajar. Me senté en el único asiento libre que había y comencé a mirar por la ventanilla para conocer el recorrido. Al volver ya no llovía así que me fui caminando a casa. Ese día me planteé que debía cruzar Dieciocho de Julio. Con el resto de las calles no tenía problemas, pero con ésta no podía. Miraba pasar los coches a toda velocidad. No había nadie que regulara el tránsito y cada vez que ponía un pie debajo del cordón de la vereda me estremecía toda al pensar que un auto podría matarme. Estaba allí pensando que en mi ciudad no existían esos peligros y que quizás no debía haber venido. Todos parecían locos, sabía que ocurrían muchos accidentes aquí. Pero me decidí, ¡tenía que hacerlo!.

Esperé hasta ver un claro entre los coches y entonces crucé hasta la mitad con el paso acelerado. Un motor rugió detrás de mi. Otros coches se aproximaban en sentido contrario. Estaba en el medio de la calle y no podía continuar. Más coches se acercaban peligrosamente de ambos lados y el ruido me parecía tremendo. Por unos segundos quedé paralizada allí, sintiendo el viento que se levantaba a mi alrededor, con los ojos cerrados; luego los abrí. En ese momento parecía que los coches estaban más distanciados, entonces aproveché a correr hasta la acera de enfrente. Al subir a la vereda sentí un alivio muy grande. Había realizado una hazaña. Fue cuando empecé a conocer el otro lado de la ciudad.


 Publicado en el libro: "Eran los Orientales..." año 2013
 

martes, 13 de octubre de 2015

¡Cumplimos 7 años!


Este mes cumplimos 7 años. Desde que empezamos en el año 2008 con esta nueva forma de comunicar la literatura han pasado muchas cosas. Hemos sacado libros nuevos y publicado aquí mismo algunos cuentos inéditos…
Gracias a todos los que entran a ver el blog y que comentan en Faceook. Seguiremos adelante, con otras novedades.
Algunos recuerdos:

En el año 2008 recién había salido “Crónicas del Tercer Milenio”, un libro futurista que habla sobre el Uruguay, con una visión desde un particular canal de televisión. Por allí desfila el arte, la ciencia, los deportes, los inventos y hasta las religiones.
En el año 2013 se publicó el último libro a la fecha: “Eran los Orientales” que es al revés un libro que habla del pasado, a través de cuentos, anécdotas del Uruguay que ya se fue. Algunas historias son reales, otras son más o menos inventadas pero tratando de retratar la sociedad de entonces.
Ambos libros, están ilustrados por mi compañera de todas las horas, Adela.

Bueno, seguimos adelante preparando nuevo material para un futuro libro.  

sábado, 13 de junio de 2015

Una noche en la gran ciudad

video
De "Eran los orientales..."

En la foto aparecen Mirtha Miriam Sorondo y Mario Doval.

Leído en el local de AEDI, en 2010.


miércoles, 17 de diciembre de 2014

El Adicto


Sergio Canapé era un hombre joven que había caído en la desgracia –como tantos otros- de volverse un adicto. Debía recurrir a las artimañas más retorcidas a fin de obtener la mercancía tan codiciada.

Una fría noche se quedó sin sustancia. Salió a la calle, presuroso, con creciente ansiedad ya que no había conseguido nada para fumar y los síntomas se hacían evidentes. La abstinencia obligada lo ponía muy nervioso y tenía dificultades para pensar. Había poco movimiento -salvo los autos que circulaban por 18 de Julio- no andaba nadie por la calle. Caminó en silencio. Creyó divisar la silueta desgarbada del “Cuzco” –que como era habitual disimulaba la venta ilegal en el puesto de garrapiñada-. Sergio no tenía mucho dinero pero regateando quizás consiguiera lo suficiente para pasar la noche más tranquilo.

Miró a todos lados y se aseguró que nadie lo viera acercarse. Alguien más se había arrimado al vendedor. ¿Sería otro comprador o algún milico de particular que intentaba atraparlo? Sergio esperó unos segundos, simuló mirar la vidriera de uno de los comercios que había en la cuadra y aguardó expectante. Por fin, el otro hombre se fue – el peligro había pasado- entonces continuó sus pasos hasta el garrapiñero. El aroma a cacao tostado le llegaba con suavidad.

-Hola –le dijo intentando disimular su temblor al hablar –necesito más de aquello que me diste la semana pasada-.

-Está bien –le contestó secamente el otro – pero te va a salir más caro esta vez.

-Pero, por favor… es que estoy con los síntomas.

-Vos sabés, la cosa está difícil. La cana nos sigue los pasos y hay que coimearlos para que te dejen tranquilo. Hace poco agarraron otro “transporte”.

-Sí, está bien. Decime cuanto –balbuceó Sergio, que ya no podía aguantar la desesperación.

-Veinte –replicó el otro.

-Mirá, tengo quince nomás, esta semana ha estado muy dura.

El “Cuzco” lo miró de arriba abajo y le dijo –por eso no puedo darte más que un par.

-Sí, no importa, ¡pero dale porque no aguanto más! –Le dio el dinero.

El otro miró disimuladamente a ambos lados por si se acercaba alguien y sacó un paquete ya armado de garrapiñada. –Están dentro –dijo en voz baja y se lo entregó. Y subiendo la voz dijo –¡A la más rica garrapiñada del país… calentita la garrapiñada! –para que oyeran los del auto que pasaba justo en ese instante delante de ellos.

Sergio corrió hasta su edificio con el paquete en la mano; subió la escalera de dos en dos y entró rápidamente al apartamento, casi sin aliento. La luz de la calle entraba a través de la persiana. Algunos granos se desparramaron por el suelo en el apuro al abrir el paquete y entonces vio los dos cigarrillos de color blanco que se destacaban entre la garrapiñada. Los miró unos segundos con ansiedad y buscó el encendedor oculto detrás de un zócalo del living. Se sentó en el suelo. Puso el cigarrillo en su boca con los dedos temblorosos y pulsó la ruedita del encendedor con el pulgar. Inmediatamente surgió una llamita amarilla que se puso a bailar ante sus ojos. La acercó al cigarrillo y aspiró profundamente. Sintió el sabor acre del tabaco y lo saboreó. Ya se sentía mejor.

domingo, 30 de marzo de 2014

La Yapa


La yapa era un premio que se le daba a los clientes por parte de los comercios como agradecimiento por comprar allí. Era un plus que dejaba contenta a la gente que la recibía. Generalmente era algo así como una golosina o algo de poco valor monetario, o un poco más del producto que se compraba, y cuando no se daba se sentía su ausencia.

La yapa se fue como el vintén, aquellas moneditas de 2 centésimos, luego de 20 que servían para comprar alguna cosa de poco valor. Un vintén pa’l Judas, pedían los niños antes de Navidad. Desapareció junto con las cachilas, que hoy valen fortunas como coches de colección y que eran muy fuertes aunque, claro, no desarrollaban mucha velocidad. También desaparecieron los tranvías que transitaban sobre los rieles de las calles con su característico sonido a metal y el olor a madera y cuero de su interior, y cero contaminación ya que eran eléctricos –los más antiguos, más chicos y los tiraban caballos-. Años más tarde también se irían los Trolleybuses, también eléctricos que surcaron las avenidas durante muchos años con sus colores azul-celeste y rojo.

Se fueron las cocinas a leña y los Primus, aquellas cocinillas doradas al que había que poner alcohol para encender su hornalla y darle bomba para que funcionaba y que cada tanto había que “destaparle el oído” con una aguja de lata especial para tal tarea.

Ya no están las viejas vitrolas y los discos de 78 revoluciones por minuto y las radios a válvula. Las cataplasmas y las ventosas para la salud, los biombos y tantas otras cosas que hoy son piezas de museo.

Los hombres no usan pantalones con tiradores ni las mujeres enaguas bajo las faldas.

Desaparecieron muchos juegos infantiles, donde se podía correr y jugar en grupo, como la mancha o la escondida y también los oficios más comunes: el talabartero, el zapatero remendón, el lustrabotas, las tejedoras a mano…

Los almuerzos en familia, el buen trato entre los vecinos, la siesta de todas las tardes, la vida tranquila…

Las empresas donde uno entraba a trabajar siendo joven, ascendía y se jubilaba después de 40 años de labor.

El respeto a la palabra dada, dar las gracias y tener la puerta abierta todo el día sin miedo a los ladrones.

Los “asaltos” de Carnaval, donde caía gente desconocida a una casa cualquiera, disfrazados y hasta con máscaras y celebraban con comida y bebida que el dueño de casa ofrecía.

Arrasadas por el “progreso” estas y otras cosas desaparecieron.