lunes, 8 de marzo de 2021

Relax

 


I

Ana entró en el tanque plateado y quedó a oscuras. Treinta centímetros de agua y cuatrocientos kilogramos de sulfato de magnesio le permitirían "flotar" durante el tiempo deseado. El tanque se cerraba herméticamente -pero podía abrirse desde adentro- y su tamaño era de dos metros y medio de largo por uno y medio de ancho y otro tanto de altura.

Se agachó al entrar y se recostó sobre el agua superdensa. El frescor del agua y lo "mullido" de ella le permitieron relajarse casi instantáneamente. No se oía un solo sonido, no se veía ni una luz; era como flotar en medio del cosmos, pero sin estrellas.

Cerró los ojos y dejó que su mente se lanzara a divagar. No tenía tensión alguna. Sus pensamientos brotaron, uno tras otro como empujándose -en un principio- luego fueron deteniéndose de a poco; más lentos y más lentos y ya comenzaban a perder sentido. Voces sueltas, imágenes, luces que se iban distanciando unas de otras. Pronto pudo fijarse en los espacios entre las palabras y entre los pensamientos. El silencio interior se fue apoderando de su cuerpo y de su vida. Había dejado de sentir. Una enorme paz le invadió. Realmente la necesitaba, luego del estrés diario, de correr todo el día, de las imposiciones de los demás y de las críticas. Lo necesitaba. Por eso día tras día iba a la clínica y se internaba una hora en el tanque de aislamiento. No existía mejor terapia para su cuerpo y para su mente. La encargada siempre le tenía reservado el mismo turno.

Ana continuaba tumbada suave y deliciosamente pacífica. De pronto ante ella emergió una luz -estaba a oscuras allí- Una luz blanca que la bañaba totalmente. No parecía provenir de ninguna parte en particular. Una voz le dijo: "No temas, yo estoy siempre aquí". Entonces la luz blanca se transformó en una rosa de mil pétalos llenando el espacio. Realmente era hermosa.

Después comenzó a percibir cuchicheos que se transformaron en voces conocidas: ¿sus padres?, no podía ser, hacía años que habían muerto. Una alucinación, pensó. Sintió miedo y las voces inmediatamente se acallaron, la rosa se desvaneció y la luz pulsó varias veces hasta volver a la oscuridad total.

Cuando las campanitas que le avisaban que había terminado su turno empezaron a sonar, ella estaba completamente despierta y extrañada por la experiencia. ¿Habría sido un sueño?

El sonido era suave y relajante luego se iba transformando progresivamente en una música de mayor intensidad y frecuencia hasta activarle todo el cerebro. Otra persona afuera aguardaba su turno.

Abrió lentamente la puerta con el brazo semidormido. Vio la luz de la sala y escuchó el murmullo de la gente de la clínica. Se incorporó despacio y salió.

II

Luego de esa experiencia, Ana comenzó a sentirse extraña, como si no estuviera totalmente integrada a la realidad. A menudo tenía premoniciones y parecía percibir los cambios climáticos con gran exactitud, 48 horas antes de que ocurriesen. Si bien ella siempre había sido una mujer muy sensible y perceptiva que podía predecir ciertos sucesos con anterioridad, nunca se le ocurrió pensar que pudiera tener "poderes psíquicos".

Estos sucesos se tornaron más evidentes con las repetidas experiencias que tenía en el tanque de aislamiento. Era como si aquel primer suceso le hubiese activado alguna zona recóndita de su ser, desarrollándole facultades dormidas hasta entonces. Sentía temor. Por eso dejó de ir por un tiempo a la clínica.

Anotaba cada vez que tenía imágenes inquietantes en pleno día o en sus sueños lo más detalladamente posible. Estaba siempre alerta a esos sentimientos de certeza repentinos, acerca de eventos que aún no habían ocurrido. Y comprobó -no sin cierto temor- que gran parte de lo que anotaba se cumplía en pocos días. Como el asesinato del último líder israelí, la caída de un avión repleto de pasajeros en una remota zona de Asia o más cercanamente, la llegada de improviso de sus parientes. Y además, adivinaba cuando habría un temporal o una tormenta importante.

Juan -su marido- la tomaba a broma, decía que eran meras coincidencias, que esas cosas de la Parapsicología eran todos disparates. Hasta el día en que ella le advirtió que no fuera a trabajar porque presentía algo malo. Como siempre, él no le hizo caso y salió para el empleo. Pero la insistencia de ella le había retrasado. Cuando por fin llegó al trabajo se encontró con un mar de autos policiales, ambulancias y bomberos. Una bomba había explotado en las oficinas donde él trabajaba y varios de sus compañeros habían perecido o se hallaban heridos a causa de la explosión. Si hubiese llegado en hora probablemente él sería otra de las víctimas. Desde ese día Juan comenzó a creer en las visiones de Ana. Le debía la vida.

III

Después de un tiempo, Juan empezó a contarle a todo el mundo sobre los "poderes" de su mujer. Las amistades y los conocidos reaccionaban de maneras diversas, algunos no creían una palabra, otros en cambio se interesaron por lo ocurrido. Varias mujeres decidieron ir a la misma clínica, para ver si desarrollaban sus poderes, también, casi todas más para ver si podían pescar a sus maridos infieles en sus aventuras amorosas que por otra razón. Pero ninguna lo logró.

Ana comenzó a preguntarse si no sería ella que tenía esos "poderes" de antes y que las experiencias de relax solamente se los desarrollaron. Comenzó a preguntarse si no había tenido ya esas visiones y por eso se puso a recordar su vida, cada vez que algún suceso extraño le había sucedido. Al fin llegó a la conclusión de que sí los había tenido. Pocas veces, cosas a las que no le daba importancia o que creía que eran coincidencias. La vez que supo que el abuelo había fallecido antes que le avisaran por teléfono. La vez en que el muchacho con quien salía la iba a dejar por otra. El día en que quedó embarazada por primera vez, lo supo antes de hacerse el test que le daría positivo. Pero ahora tenía la impresión de que su mente se había ampliado, que podía ver sucesos de otros, o de lugares lejanos.

Su marido, ni corto ni perezoso para los números, vio el negocio enseguida y le propuso poner un consultorio de videncia. Ana se negó terminantemente. Ella no estaba dispuesta a sacarles dinero a los demás aunque pudiera "ver" lo que les sucedería. Pero Juan le decía que ella le había salvado la vida y que así también podría salvar a otros.

Entonces, su marido viendo que no conseguiría de su mujer una respuesta positiva se le ocurrió otra idea. Juntando dinero de sus amistades, compraron el equipamiento necesario para poner otra clínica. Alquilaron un local, consiguieron los tanques de aislamiento y armaron la propaganda. Juan estaba enloquecido intentando atraer a los futuros clientes.

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Y la clínica se llenó de gente.

Ana vivía a disgusto, no esperaba todo ese alboroto por algo de lo que ni siquiera sabía si era efectivo y siempre se preguntaba el "para qué". ¿Para qué quería la gente ser psíquica?, desde que ella lo había conseguido no lograba descansar en paz.

Cuando algunas personas viendo que no les ocurría nada extraño, empezaron a correr el rumor de que todo era un fraude, la clínica se fundió.


Ana volvió al tanque de aislamiento para realizar su terapia de desconexión del mundo y se dio cuenta de que lograba mayor poder. Pero un día se cansó de su marido y de todos esos planes de obtener dinero, conoció a un gurú y se fue a la India tras él para meditar.

Nunca más volvió.

Algunos dicen que se la ha visto trabajar ayudando a los niños pobres en una fundación religiosa pero nada más se sabe de ella ni de sus poderes.

viernes, 1 de enero de 2021

Fiebre de Pc

    


 Un cuento que tiene algunos años pero que hoy parece más vigente:

Desde que la empresa se modernizó E.Ficiente, A.Fanoso, D.Dicada y Su Misa no van más a trabajar, realizan el trabajo en su casa. La empresa le puso una terminal de computadora a cada uno en sus respectivos hogares y desde allí se comunican con sus jefes y con las sucursales en las otras ciudades del mundo.

Cada uno de ellos ha elegido su propio horario de trabajo. E. Ficiente luego de levantarse y desayunar se sienta en su estudio y comienza la redacción de los informes hasta la hora del almuerzo. Luego de descansar un par de horas continúa con su labor hasta la noche.

A.Fanoso hace lo mismo, aunque como es creativo siempre tiene el trabajo en la cabeza y a veces se le ocurren ideas cuando está almorzando o descansando, entonces interrumpe violentamente lo que está haciendo y se dedica a esbozar las ideas sobre la pantalla.

D.Dicada es soltera y vive sola. Generalmente es la que más trabaja. Pasa casi todo el día conectada a la red. Cuando no es por el trabajo -para divertirse- chateando con sus amigas o mirando alguna película.

Su Misa, en cambio, está casada por lo que se ha tenido que organizar de otra manera. Por lo general sus obligaciones con la empresa las realiza entre medio de las labores de la casa. Mientras se termina de cocinar la comida aprovecha para pasar los datos que el jefe le ha pedido y más tarde después que recogió a los chicos del colegio se dedica a comunicarse con los clientes en cualquier parte del mundo.

Lo bueno de esta nueva forma de trabajo es que ya no tienen que desplazarse hasta la empresa, ahorrando así tiempo y también dinero. El trabajo siempre estará allí, esperándolos para ser terminado en el cuarto de al lado.

viernes, 6 de noviembre de 2020

El Ignorante

 


Sólo sé que no sé nada.

No soy más que nadie pero tampoco menos.

Sé más que algunos pocos, en ciertos temas

y en otros no sé nada de nada.


Sólo sé que no sé nada”

dijo el viejo sabio griego.

Sólo sé que no sé nada”,

y por eso lo condenaron,

por corromper a la juventud;

le obligaron a elegir entre irse o tomar cicuta.


Sólo sé que estoy muy viejo, dijo

irme de aquí ya no me sirve para nada

prefiero la cicuta y morir en paz.


Sólo sé que no sé nada:

¿quién era el ignorante,

el viejo Sócrates que enseñaba a pensar

a los más jóvenes,

o los doctores que creían saberlo todo?


Sólo sabía que no sabía nada

Y con eso demostró que sabía más.

Hoy, nosotros te recordamos

por tu saber ejemplar.


Yo sólo sé que no sé nada,

mi viejo y querido maestro.

Por enseñármelo te doy las gracias.

Prefiero ser ignorante como tú

y no un sabio doctor que lo sabe todo.


(13/12/2008)

lunes, 7 de octubre de 2019

Hace 35 años...

        

        Las primeras elecciones nacionales en trece años se iban a llevar a cabo. Serían en noviembre y la gente clamaba por poder volver a votar otra vez luego de esa larga dictadura. 
En la televisión cada vez había más propaganda. Todo el día sonaban los jingles de los diferentes partidos, los colorados:"...la otra lista, la otra lista, la 89 Batllista, Flores Silva Senador, Sanguinetti presidente... Uruguay vencedor...!"; los blancos: "¡Una mano no basta, dame las dos!" y se veía la cara de Wilson Ferreira mientras se tomaban las manos Zumarán y Aguirre; y el Frente: "¡...vamos, vamos de frente, la vida puede ser diferente, no te detengas, vamos de frente, vamos de frente!" 
Los rostros de los candidatos desfilaban por cuanto programa nacional había en la TV hablando de las maravillosas propuestas que tenían para el futuro del país. 
Pero había otros partidos, como por ejemplo la Unión Cívica. 

Un claro odio hacia los militares iba en aumento, sobretodo entre la gente de izquierda. Pero el resto también quería que se fueran los “milicos”.

¡Al fin iba a haber Libertad, otra vez! Por fin, la gente podría salir a la calle sin miedo a que lo detuvieran y muchos cantaban las consignas de los distintos lemas en pugna.

Sólo algunos estaban molestos y criticaban la ausencia de ciertos candidatos en las elecciones. Uno estaba preso: Wilson y el otro, proscrito: Seregni. Por eso se tildaban de elecciones “tuteladas” o sucias con el fin de que ganaran otra vez los colorados. Pero en general se respiraba un aire pleno de optimismo y esperanza.

Por doquier se veían carteles de propaganda electoral pegados a las paredes de los edificios, o clavados en cuanto poste y árbol se encontrara en la vereda. Algunos árboles llegaban a tener tantos carteles con los números de las listas que alguna gente se quejaba de que matarían a los árboles al clavarle tantos clavos.
Y las pegatinas eran cosa de todos los días. Cada mañana amanecía con nuevas pintadas en muros y paredes con consignas, nombres de los candidatos y los números de las listas en pugna.

Los actos finales de cada agrupación fueron impresionantes. En todos hubo miles de personas, aunque el del Frente Amplio fue el más grande de todos y por eso muchos frentistas pensaban que ganarían las elecciones. 
Los "blancos" hicieron la "Caravana de la Victoria" que recorrió todo el país, departamento por departamento y que terminó en Montevideo. Cientos de autos sonaban sus bocinas mientras seguían al ómnibus donde viajaban Zumarán y Aguirre -la fórmula presidencial del partido Nacional- con banderas blancas y celestes por todas partes. La gente se agolpaba en las avenidas por donde iba pasando la caravana coreando consignas como: "mira qué bonito mi voto es, es azul y blanco, de Wilson es..." que era igual al del frente con un pequeño cambio en la letra: "mira que bonito mi voto es, rojo, azul y blanco, del Frente es..."..
El día de las elecciones fue un día lindo de noviembre, donde toda la gente andaba de buen humor y salvo algún desplante nadie ostentaba su orientación política pero se veía a la gente yendo a votar, feliz.
Los resultados se dieron por la noche luego de cerrar las mesas de votación y comenzar el conteo. Recién al otro día se supieron las cifras oficiales aunque faltaban contar los votos observados que serían estudiados y contabilizados en los siguientes días por la Corte Electoral. 
  Ganó la fórmula del partido Colorado: Sanguinetti-Tarigo. El Partido Nacional quedó en segundo lugar, lejos de los ganadores y el Frente Amplio salió tercero, más lejos aún.
En la televisión la euforia continuaba y en las calles muchos seguían  festejando. "...el Partido Colorado victoriosamente va..." cantaban.


El 1º de marzo de 1985 se hizo una fiesta mayúscula. Por la mañana la asunción de la fórmula presidencial Sanguinetti-Tarigo que recorrieron la avenida Libertador y 18 de Julio en un jeep descapotable del ejército con miles de personas que vivaban su paso con banderas coloradas y uruguayas y más tarde el acto en Casa de Gobierno frente a la Plaza Independencia. Todos los canales de televisión, las radios y los diarios cubrían la noticia con sus periodistas que iban y venían apurados. 
Por la noche se organizaron dos actos en sendos escenarios, uno en la plaza del Entrevero y otro en la Intendencia  con artistas de todo tipo. Los argentinos -Nito Mestre, Charly García, Los Abuelos de la Nada y Perales en el primero y todo el "cantopopu" en el otro. Ambos repletos de gente y de alegría, pues muchos artistas hacia mucho tiempo que no tocaban en el país, sobretodo los uruguayos que regresaron luego del largo exilio, como Los Olimareños.
En el interior hubo también festejos de todo tipo en distintas ciudades y la gente salía a las calles rebosante de felicidad por el retorno de la Democracia.

sábado, 31 de agosto de 2019

El hombre que respetaba las señales de tránsito


Había una vez, un señor que era muy respetuoso de todas las normas que le imponía su sociedad.
Cuentan quienes le conocieron que desde su infancia fue un niño muy agradable y sumiso; su madre lo adoraba porque pensaba que sería el ejemplo para los demás.
Un día su mamá lo llevó a una esquina donde había semáforos para el tránsito y le explicó como debía proceder ante tales aparatos. Le dijo que siempre que viera la luz verde cruzara sin miedo pero mirando y escuchando atentamente a ambos lados (no fuera que algún "loco de esos" lo atropellara con su coche). También le indicó que la luz amarilla era de advertencia y que no cruzara si veía que no le daría tiempo a llegar al otro lado. Pero le advirtió severamente e incluso lo amenazó con castigarlo -y él sabía que lo haría- si llegaba a cruzar con la luz roja:
-¡Jamás cruces con la luz roja! -le dijo. Y él obedeció.

En la escuela era un niño que siempre estaba solo; durante la clase no hablaba con nadie y siempre atendía a lo que su maestra le enseñaba. Nunca jugaba con los demás niños en el recreo y cuando salía de la escuela lo hacía en último lugar, para no correr ni cansarse; porque "¡Dios no lo permita, que transpire y le quede ese olor inmundo bajo los brazos, una verdadera ofensa para los demás!".
Siempre estaba bien peinado y perfumado, su madre se preocupaba de que su túnica estuviera impecable, sin una mancha ni una arruga. Todo esto le valió las burlas de sus compañeros que lo acosaban y lo llamaban "el almidonado".
Todos los domingos iba a misa con su madre, decía sus oraciones al irse a dormir y jamás hablaba sin permiso.

A medida que fue creciendo los muchachos de su edad se fueron alejando de él. Vivía con su mamá; leía solamente lo que le estaba permitido y se acostaba a las diez, todas las noches.
No tenía amigos ni amigas, a no ser por unos primos, tan educados como él. Tampoco tenía novia; lo que le valió el apodo de "mariposón".
Cuando comenzó a trabajar mantuvo su conducta ejemplar. Llegaba al trabajo quince minutos antes de su horario y no faltaba ni siquiera en los días de paro -lo que le valió el apelativo de "carnero"- porque para él, el trabajo era sagrado y no se debía poner en cuestión las decisiones del patrón.
Dicen que cuando por fin se casó contaba con cuarenta años. A su esposa la eligió su mamá un domingo en la iglesia. Fue entonces cuando él se le declaró en el momento de comulgar.
Ella había sido educada en un ambiente familiar muy puritano y de no ser por él, hubiera terminado de monja.
Luego de un formal noviazgo que duró tres años, los padres de ambos hicieron los preparativos para la boda.
Después de casados se fueron a vivir a la casa de él, junto con su madre. No tuvieron hijos y durante varios años vivieron felices los tres, en su ordenada vida.

Una noche muy fría de invierno tuvo que quedarse a trabajar hasta muy tarde y al regreso sufrió un infortunio que le costó la vida. Salió, llovía a cántaros, había viento fuerte y ni los perros se asomaban por la calle. Caminó una cuadra, se acercó a la esquina y como siempre esperó a que cambiara la luz...
Lo encontró un taxista a las tres de la madrugada, acurrucado al pie del semáforo en rojo que no funcionaba. Debió haber esperado demasiado...


Mención de Honor "IV Concurso Internacional de Cuento" (1995) Revista Cultural "Punto de Encuentro".


sábado, 20 de julio de 2019

Apollo





La silueta blanca bajó la escalerilla de metal muy despacio, primero un escalón, luego otro y al fin un salto hasta la superficie polvorienta. El hombre enfundado en su traje de astronauta profirió una frase que tradujo el locutor: "Es un pequeño paso para el hombre, pero un enorme paso para la humanidad".

El niño miraba la enorme pantalla en blanco y negro, sentado muy quieto y atento, mientras su familia sentada a la mesa del comedor miraba al rincón donde se hallaba el aparato marrón de madera lustrada y grandes perillas doradas.

-¡Qué fantástico! ¡A lo que ha llegado el Hombre! – dijo el padre.
-¡Bah, -opinaba el abuelo- mire si van a ir a la Luna! Es todo un set de televisión-.
-¡No! -decía la madre- ¡Mirá que es en serio, papá, están allá arriba!
-¡Mentira, es una película para embaucar a los giles! -y continuaba riéndose.

La huella del primer humano quedaría para siempre impresa sobre la superficie lunar…
Unos minutos más tarde, otro hombre vestido con su traje espacial bajaba por la escalerilla del módulo hasta la superficie y se unía al primer hombre. Armstrong y Aldrin, civil y militar -ambos realizando un sueño largamente acariciado-. El hombre era capaz de llegar a otro cuerpo celeste y sobrevivir.
La transmisión no era perfecta, por momentos la imagen se perdía y luego de unos instantes reaparecía, y el sonido también se entrecortaba, pero es que estaban transmitiendo nada menos que de la Luna, a cientos de miles de kilómetros y a través de los satélites que giraban alrededor de la Tierra las imágenes volvían a formarse para que cientos de millones de personas en todo el mundo pudieran presenciar el hecho más trascendente de toda la historia de la humanidad hasta entonces.

El niño tomó una bandera de los Estados Unidos y clavó en el suelo lunar su mástil. Los colores azul, rojo y blanco no flamearon, la bandera se mantuvo rígida para permanecer así por toda la eternidad.


El niño correteaba vestido con el traje blanco, por sobre la superficie plateada del satélite polvoriento, como cuando jugaba en la arena de la playa. Sólo que aquí no había olas que rompieran sobre la costa; todo estaba quieto y silencioso. El cielo negro con miles de estrellas brillando, como orificios en un paño color azabache. Y la Tierra asomando por detrás, tan azul...

Los Estados Unidos, por fin le habían ganado a los comunistas de la Unión Soviética; ellos habían ganado la carrera por llegar a la Luna, después que el presidente Kennedy lo prometiera al mundo entero y después que los rusos les hubieron ganado al poner un hombre en órbita.

El niño nada sabía de todo aquello, sólo caminaba junto a las dos figuras albinas como un astronauta más entre el polvo blanco de aquel disco plateado que su padre le había enseñado a identificar en el cielo nocturno.




sábado, 29 de junio de 2019

Un cuento premiado hace unos cuanto años




ELEFANTES EFERVESCENTES


Salió de la facultad y cruzó la calle en silencio. Miró a lo alto y vio una enorme luna amarillenta que se asomaba por encima de los nuevos edificios con forma de cohete. No pudo dejar de pensar si los humanos que la habitaban nos estarían viendo. 

Continuó sus pasos hasta la parada de ómnibus mientras se maravillaba por la luz que emitía el satélite en la noche. Un gran elefante rosado y fluorescente surcó el cielo con su anuncio de antiácido: "ELEFANT - El sabor que levanta". Era otro de los globos aerostáticos de propaganda que cada vez se volvían más comunes.

Por fin llegaba el ómnibus, repleto de lucecitas de colores. Los números brillantes de la cabecera lo iluminaron al acercarse. Le hizo señas. Cuando se detuvo se trepó a él. Puso la ficha en la ranura de la puerta giratoria- hacía años que ya no tenían guarda- y se encaminó a uno de los asientos libres. El coche continuó su recorrido.

***

Por doquier podían verse grandes globos luminosos anunciando todo tipo de productos. Fueron los primeros. Después comenzaron a poner carteles aéreos en las grandes avenidas, sostenidos por cuerdas desde lo alto de los edificios de la ciudad. Y el cielo se cubrió de ellos. Las estrellas desaparecieron. Y las constelaciones sólo podían observarse desde las afueras

***

-¡Mirá papá! -exclamó el niño señalando al cielo. El padre alzó los ojos y vio negras nubes que se acercaban amenazantes y rápidas oscureciendo el día. Un trueno larguísimo resonó haciendo temblar el suelo. Inmediatamente una nave plateada emergió de entre las nubes y se aproximó al lugar. Tenía forma de cigarro y se desplazaba por el aire. De pronto se detuvo. El trueno cesó y fue sustituido por una música estridente. Un gran anuncio fluorescente se encendió en la base de la nave promocionando una conocida marca de refrescos. De en medio del vehículo se abrió una compuerta y apareció un ser verdoso y cabezón con una botella en la mano. Enseguida el ser bajó por una escalerilla metálica hasta el suelo mientras la nave continuaba suspendida en el aire emitiendo la atronadora música. Luego bajaron otros seres, desplegaron una mesa y colocaron un cartel que decía: "PRUEBE AHORA EL SABOR DEL FUTURO".


El niño que aún continuaba con su padre observando el espectáculo salió corriendo hacia donde estaban los hombrecillos. El padre resignado se acercó también.

Los hombrecillos verdes llenaron varios vasos con forma de cono invertido -que parecía ser de alguna roca cristalina- con una bebida de color violáceo. El niño bebió un largo sorbo y luego otro. Los ojos comenzaron a darle vueltas en las órbitas y se puso a saltar enloquecido -al igual que las otras personas que habían probado de la singular bebida.

El padre intentó retirar a su hijo en vano. El niño continuaba pidiendo más y más y el hombrecillo le servía una y otra vez. Por fin, el padre lo tomó de un brazo con fuerza y le obligó a irse con él, ante las súplicas del infante. 

-efqwpwfjcv `p pacjkpja- dijo el hombrecillo molesto por la actitud del padre que podría hacer que otras personas siguieran su ejemplo. Entonces para evitar problemas comenzaron a repartir pegotines a todos los que se animaran a probar el refresco. La gente continuó haciendo cola y bailando al compás de la música.

***

Un grupo de operarios instalaba un enorme anuncio de desodorante en aerosol. Los hombres subidos a las escaleras sobre las azoteas de dos edificios que estaban separados por la avenida se aseguraban que el cartel no corriera riesgo de caer sobre la gente. Después descendieron de las escaleras y con el control remoto lo encendieron. Una hermosa mujer desnuda pulverizaba el producto a lo largo y ancho de su cuerpo, con movimientos muy sensuales. Al mismo tiempo emitía gemidos de placer. Luego guardaba el desodorante en un bolso que estaba a un lado y decía: "¡HAZME FELIZ, POR FAVOR, CÓMPRAME DESODOREX!". Y al cabo de unos instantes repetía la operación y pronunciaba el aviso en inglés, luego en portugués y en otros idiomas- para los miles de turistas que venían a la capital cada año.

Frente a este cartel habían colocado otro, con la imagen de un musculoso hombre, que usaba el mismo desodorante y se lo extendía por el cuerpo -ocultando su sexo tan sólo con su pierna flexionada. Y luego repetía una y otra vez, en varios idiomas: "¡MAMITA, SI ME LO COMPRÁS TE HAGO FELIZ...!

Todo esto había comenzado veinte años atrás -siguiendo la moda de otros países- en medio de uno de los peores gobiernos que se recuerden. Pese a las protestas de los grupos ecologistas que se oponían, se votó el decreto que autorizaba a cubrir zonas del espacio aéreo con publicidad. Era todo un territorio no explotado por la propaganda, así que en pocos meses se llenó de anuncios de todo tipo. El cielo se convirtió en un gran collage de marcas y productos donde apenas quedaba alguna hendidura para que por allí los astros jugaran a las escondidas. 

Se juntaron miles de firmas pidiéndole al gobierno que no permitiera más anuncios flotantes. Pero seguramente las firmas fueron guardadas en un cajón y olvidadas. Las empresas multinacionales dejaban mucho dinero y además respaldaban las campañas de los políticos.

Con el tiempo la gente se acostumbró a ver los avisos de whisky, de cigarrillos o de golosinas en vez de la Constelación de Orión y el último modelo de vaquero o de automóvil en vez de la Cruz del Sur.

Sin embargo no todos se acostumbraron. Había individuos que por la madrugada, cuando nadie los veía, se subían a las azoteas de los edificios más altos y arrojaban flechas incendiarias hacia los cartelones que inmediatamente ardían en colosales llamaradas sobre la oscuridad del cielo. Pero estos hechos fueron rápidamente reprimidos. El gobierno alegaba que los carteles no molestaban, porque si alguien no quería verlos alcanzaba con no levantar la vista al cielo y el ruido no era mayor que lo que podría hacer la gente con sus equipos de audio.

Cuando se acercaban las elecciones recrudecía la propaganda. A las radios y televisoras, el Cable, INTERNET y demás medios de comunicación, se sumaba la propaganda flotante, cubriendo el cielo con los rostros de los candidatos políticos. Rostros de decenas de metros, con miradas suplicantes o amenazadoras y con sonrisas estudiadas y falsas -cual dioses del Olimpo- que intentaban convencer a sus posibles votantes, vociferándoles sus maravillosas propuestas pre-electorales. Era como un gran coro mal armado, donde distintas tonadas se entrecruzaban intentando acallar las voces de sus adversarios superponiéndose unas a otras en una escalada que parecía no tener fin.

Por la noche era peor, ya que al disminuir el sonido del tráfico, el coro le caía a uno sobre la cabeza como una gran catarata sonora.

Mucha gente deseaba acabar con esa locura. Querían volver a caminar tranquilos por la calle, pasear por los parques con la familia, volver a la playa y ver brillar la luz del Sol en todo su esplendor. Querían contemplar el cielo en una noche estrellada y ser bañados por la blanca luz de la Luna. Pero nada de eso era posible. Por eso comenzaron a comunicarse por las terminales de computadora. Se mandaban mensajes de un lado al otro del planeta, primero intentando olvidarse de la situación y más tarde proponiendo alternativas. En otros países ocurría la misma situación y poco a poco se fue sumando gente que de todas partes tenían algo para decir.

***

-¡Tenemos que hacer algo para terminar con esto! -protestó un jardinero mientras regaba las flores de su patrona. Ya ni siquiera podemos ver el cielo y las plantas claman por un poco de sol, igual que nosotros.

-Tiene razón- le aseguró la vecina que venía de la feria-¡esto ya no se aguanta más! Está bien que con el problema de la capa de ozono nos tenemos que cuidar, pero esto...

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***

-¡Ay, que bonito! -dijo una mujer fascinada al ver los anuncios nuevos- Mirá ese cielo tan lleno de colores. ¿No es precioso? ¡Con todas esas marcas!

-Sí -le dijo su amiga- ¡El cielo azul es tan aburrido!

***

Ante tantas voces discordantes se firmó el contrato con la empresa constructora que diseñó la enorme cúpula que cubriría toda la ciudad. La idea era que la cúpula creada en material resistente, traslúcido y flexible a la vez, techara a una altura considerable la ciudad -sustituyendo los carteles y los antiguos globos- construida como un gran tablero semiesférico donde cada celda serviría de lugar para un aviso diferente que se encendería alternativamente emitiendo música y mensajes de propaganda las veinticuatro horas. Así -decían sus defensores- el cielo se volvería mucho más bonito y la lluvia y los rayos ultravioletas no afectarían a los transeúntes y todo el mundo podría ir y venir a gusto u organizar fiestas al aire libre sin temor.

La empresa comenzó los trabajos con gran presteza. Nuevamente los grupos ecologistas y gente de la oposición pusieron el grito en el cielo. Los atentados recrudecieron pero en la cúpula no surtían efecto. 

El gobierno decía: ¡el que no esté de acuerdo que se vaya a vivir al campo!

Uno de aquellos tantos días en que el sol filtrado llegaba apenas al suelo, un montón de gente se puso a caminar por el medio de la calle. El tránsito se detuvo y quienes manejaban los automóviles fueron bajando y uniéndose a la marcha. Eran miles de personas que caminaban en silencio. Algunas llevaban pancartas reclamando el sol y el cielo limpio. 

Al paso de la multitud los transeúntes distraídos, se volvían a mirar a la gente que avanzaba calma y decidida y se les unían, sin preguntar...

Cortado el paso por la policía, la gente se detuvo sin emitir palabra. Potentes altavoces ordenaron disolver la manifestación. 

Intentando amedrentar a la multitud, los oficiales dieron orden a sus tropas de prepararse.

-¡Si no se retiran nos obligaran a dispersarlos por la fuerza!

La gente miraba la boca de los fusiles con una sonrisa en el rostro y en silencio. El conteo comenzó:

-TRES. Por favor, no queremos emplear la fuerza, pero si no se van, no nos quedará otra opción. ¿Es lo que quieren?

-¡Queremos el Sol! -gritaron algunos. ¡Queremos vivir en paz! -dijeron otros. Y volvieron a callar.

-DOS -se escuchó por los altoparlantes.

La gente continuaba silenciosa e inmóvil.

-UNO. ¡Váyanse por donde vinieron!

Nadie se movió...

Había llegado la orden de no reprimir. Por los altavoces se escuchó al Presidente que anunciaba la limitación de los espacios de propaganda, a petición de las grandes empresas que al ver lo que estaba ocurriendo aquí y en otras partes del mundo decidieron aceptar el pedido de la gente.

En pocos minutos llegaron camiones cargados de operarios y helicópteros y comenzaron a desarmar la cúpula parte por parte. El ruido de los altavoces se acalló por fin mientras el sol poco a poco volvía a iluminar la ciudad plenamente.

La gran masa de gente se dispersó y los policías se retiraron.

Muchos hombres y mujeres se fueron caminando tomados de la mano para admirar el fascinante cielo del atardecer y se quedaron hasta la noche junto con sus familias contemplando el firmamento que otra vez aparecía tachonado de estrellas...

Y por el horizonte, un gran elefante rosado volvió a surcar el cielo, con su habitual anuncio de antiácido.


1er. Premio - XXIII Concurso Dr. A. Manini Ríos (A.E.D.I) 

(Publicado por el diario Ultimas Noticias en su edición del día 7 de abril de 2001).

Editado en el libro "Crónicas del Tercer Milenio" - 2007.








domingo, 10 de junio de 2018

En el aire




Como todas las tardes a esa misma hora, me senté en el sillón del living a escuchar mi programa musical preferido. Se trataba de los grandes genios del Rock and Roll. Músicos y bandas de los años cincuenta, sesenta y setenta desfilaban a lo largo de esa hora, retrotrayéndome en el tiempo, haciéndome recordar viejas épocas.
Me gustaba escuchar el programa, con el termo a un lado, saboreando un buen mate amargo que solía acompañar con algún pan con grasa o galletas dulces recién comprados en la panadería de enfrente. Entonces me ponía a recordar viejos amores, la época de la psicodelia y los hippies, las asambleas y las marchas estudiantiles, los grandes ideales… luchábamos por un mundo mejor... Ahora parece que todo eso se acabó; sólo me resta escuchar la radio y recordar, solo, en este apartamento alquilado.
De repente en medio de una canción escuché un crujido que provenía del radiograbador. Miré. La rejilla del parlante se había partido. Me puse de pie para ver mejor, algo sobresalía… ¡Es increíble, pero parecía el mástil de una guitarra! Inmediatamente emergió del parlante el resto del instrumento y con el… quien lo ejecutaba. Pensé que se trataba de una alucinación o algo así. Después, otros integrantes de la banda que estaba sonando en la radio fueron apareciendo de a uno, retorciéndose para intentar pasar los instrumentos. El baterista sólo trajo los palillos y un tambor pequeño. Uno de ellos alzó la mano y me dijo: “¡Hello!”. Yo le devolví el saludo, sin salir de mi sorpresa y los invité a sentarse.
Eran mis músicos preferidos y estaban allí conmigo, pensé que era un sueño. Un sueño del que despertaría en cualquier momento.
Cuando terminó de sonar la canción el locutor anunció otras más de la misma época. Y entonces la escena volvió a repetirse: los músicos que las ejecutaban fueron atravesando el parlante y entrando al living de mi casa. Me empecé a sentir muy perturbado. En pocos minutos había más de veinte personas en mi apartamento. Unos conversaban entre ellos, otros miraban asombrados el lugar que no conocían. Entonces yo me presentaba y los invitaba a sentarse. Como no tenía mucho que ofrecerles decidí llamar al supermercado para que me enviaran un cajón de cervezas. En cuanto me lo trajeron se pusieron a destaparlas y a beber una tras otra.
Jimmy –observándome con curiosidad- me preguntó qué era lo que yo tomaba y me pidió para probar. Seguramente creyó que era algún alucinógeno. Chupó de la bombilla con curiosidad. En seguida otros hicieron lo mismo. Les expliqué lo que era y muy pronto algunos se pusieron a tomar con fruición. Excepto David que puso cara de asco y prefirió continuar con la cerveza.
El termo estaba vacío. Me levanté y mientras esperaba en la cocina a que el agua se calentara trataba de entender lo que estaba ocurriendo. Ellos estaban allí no sé por qué razón, con sus atuendos floreados, sus pantalones anchos y el pelo largo. Veinte años atrás me hubiera sentido muy feliz al poder estar frente a frente con mis ídolos, dialogar con ellos, intercambiar opiniones acerca de su música y de la situación del mundo. Sin embargo, ahora una vaga sensación de angustia me invadía poco a poco sabiendo que esa época ya no existe y que los ideales se hicieron pedazos.
Los veía con sus veinte años, con su inconciencia y su fervor. Probando hierbas raras o hablando de gurúes orientales. Intentando tocar la cítara como si fuera una guitarra eléctrica. Era como ver una película por segunda vez conociendo el final. Peor aún, lo veía a Jimmy, enloquecido tomando de mi mate y me acordaba de la sobredosis que lo mataría después. ¿Debía decírselo?. ¿Debía decirle a John que un loco lo asesinaría en plena Nueva York?
Eric se acercó a mí para pedirme otra cerveza, se la alcancé y con el termo lleno nos fuimos al living nuevamente. El resto estaba sentado en el suelo formando una ronda, probando sonidos y parloteando animosamente.
La radio se había quedado muda, así que les pedí que tocaran algo para mi y así lo hicieron. Pasamos un largo rato; ellos cantando y yo acompañándolos cuando conocía la letra. Sin darme cuenta le pedí a Mick que cantara un tema que aún no había compuesto. Yo me olvidé de su edad; todos ellos todavía estaban en los años sesenta. Entonces al darme cuenta de la delirante confusión de lo que nos sucedía, les expliqué que estábamos en otra época y cité datos actuales de algunas revistas. No quería desilusionarlos pero tampoco mentirles. Les traje mis discos más recientes y libros con sus biografías. Todos se pusieron ansiosos por ver lo que les deparaba el destino. Leían con avidez pasando páginas y más páginas para saber de su futuro. Creo que a algunos no les gustó demasiado porque optaron por dejar los libros a un lado y continuar bebiendo.
Paul me preguntó: “Pero en serio, ¿voy a dejar la banda para lanzarme como solista?” y Eric me pidió que le pusiera uno de mis discos para copiar la melodía con su guitarra, asombrado de su propia y futura composición.
El tiempo transcurrió rápidamente Ya era de madrugada cuando alguien dijo: “Tenemos que volver”. Entonces les pedí que me dieran sus autógrafos y hasta intercambié alguno de mis discos por sus objetos personales.
Me preguntaba como harían para irse y no romper más mi radio, aunque no fue difícil. El primero introdujo el pie por el parlante, luego se retorció un poco y desapareció. Lo mismo hicieron los demás.
El apartamento quedó silencioso y vacío. Me acerqué al radiograbador y lo observé: detrás de la rejilla rota se veía el cono del parlante intacto. Sentía una profunda desazón al darme cuenta que esa época no volvería nunca más, pero les agradecía que hubieran irrumpido en mi apartamento porque me habían mostrado -sin saberlo- todo lo que significó para mi y es por eso que sigo escuchando el programa todos las tardes.


Gerardo Alvarez Benavente
del libro “Trans-formaciones” - 1997

sábado, 31 de marzo de 2018

Allá cerca había una guerra


Era el 2 de abril de 1982. Vimos en la televisión la noticia de que el ejército argentino tomó por la fuerza las islas Malvinas y le declaró la guerra al Reino Unido.
Mi padre exclamó:
-¡Ay, justo ahora que ya tenemos los pasajes para ir a Buenos Aires, mañana!-
Mi madre y yo pensamos lo mismo. Ya estábamos acomodando la ropa y demás objetos que íbamos a llevar para el viaje en nuestros bolsos.
El temor de la guerra que se vendría nos invadía a todos. En la televisión las imágenes mostraban al dictador Leopoldo Fortunato Galtieri en el balcón de la Casa Rosada siendo vivado por el pueblo argentino reunido enfrente, en la Plaza de Mayo y los comentarios de gente que era entrevistada sobre el tema. “Las Malvinas son argentinas” decían orgullosos y desafiantes.
Una semana antes, Galtieri estando en el mismo lugar enfrentaba a la multitud que se hallaba en la misma plaza pero demandando y protestando por las condiciones de vida y contra la dictadura.

El día 3 de abril salimos rumbo a la agencia de viajes cargando nuestros bolsos pensando que después de todo las Malvinas estaban muy lejos de Buenos Aires, a miles de kilómetros y que si los ingleses enviaban tropas demorarían en llegar.
Tomamos el ómnibus que nos llevaría a Colonia donde haríamos el transbordo al barco que nos cruzaría el Rio de la Plata.
Yo tenía entonces 17 años y no conocía la capital argentina.
Recuerdo que en el barco el comentario general de todo el mundo giraba en torno a la Toma de las Malvinas. Algunos aplaudían el hecho, otros lo criticaban pero en general había cierto temor sobre el problema que se avecinaba si se desataba la guerra.
-Si quieren venir, que vengan... le presentaremos batalla - había dicho Galtieri desafiando al gobierno de Margaret Thatcher, la “Dama de Hierro” como se la conocía.
Llegamos al puerto de Buenos Aires una tardecita apenas fresca y para mi todo era novedad. Desembarcamos, yo, con mi ansiedad de conocer esa ciudad que a mis padres les encantaba.
Luego de pasar por la aduana y las revisaciones de rutina tomamos un taxi, de la larga fila que se concentraban allí para trasladar a los visitantes a sus destinos respectivos. En nuestro caso, nos alojaríamos en un hotel del centro.
No bien arrancó el taxi me puse a mirar por la ventanilla los edificios, las plazas, la gente. Lo primero que me llamó la atención fue la cantidad de banderas argentinas que se veían en muchos edificios.
El taxista, un hombre de mediana edad, morocho, hablaba con alegría y nos preguntaba por nuestro viaje. Mi padre y mi madre le explicaban que estábamos por unos días y que yo era la primera vez que llegaba a la ciudad. En un determinado momento, con tono exultante dijo el taxista: - Y... ¿qué se dice allá en Uruguay sobre lo de las Malvinas? -
Mi padre le contestó algo que supongo hasta hoy se ha de estar acordando.
- Que una guerra se sabe como empieza pero no se sabe como ni cuando termina-.
El taxista se rió como quitándole importancia pero la frase no pareció caerle muy bien.

Llegamos al hotel, situado en Avenida de Mayo a poca distancia de 9 de Julio. Era un edificio antiguo pero bien conservado. La habitación que nos tocó era confortable y amplia, con muebles de estilo y muy buen gusto.
Desde la ventana de mi habitación que daba a la calle podía verse una larga fila de muchachos apenas un poco mayores que yo, con 18 o 20 años que desde la mañana temprano se acercaban a la oficina de enrolamiento para ir a “pelear a las Malvinas”, con aspecto de quienes van de campamento o de paseo, sin siquiera sospechar lo que les esperaba.
Esos días anduvimos por distintos lugares recorriendo las avenidas y los comercios y siempre se veía a la gente con aspecto de contenta, se oían comentarios sobre la guerra con voz de esperanza y de desafío. En los kioscos, las revistas tenían impresos en su margen superior izquierdo una franja con la bandera argentina y la leyenda “Las Malvinas son Argentinas”. Ya se tratara de Patoruzú, Gente o El Gráfico, todas decían lo mismo al igual que los diarios.
Recorrimos la calle Corrientes con sus teatros y confiterías, caminamos por Lavalle -la calle de los cines- y anduvimos por Florida, recorriendo las múltiples tiendas. Me maravillé al andar en Subte, algo que nosotros no tenemos y era toda una aventura transitar por los túneles subterráneos y tomar los diversos trenes que por allí pasaban.
Verdaderamente Buenos Aires era una fiesta. Toda la ciudad estaba iluminada y embanderada. Legiones de transeúntes andaban por las veredas y los restaurantes y comercios estaban repletos de gente hasta altas horas de la noche. La ciudad contagiaba alegría.
Compramos algunas cosas para llevar de recuerdo. El cambio estaba bastante parejo entre nuestra moneda -el nuevo peso- y el argentino, aunque en algunas cosas nos favorecía.

Volvimos a Montevideo contentos y más tranquilos -sobretodo mis padres- porque en casa parecía que ya no habría peligro si se desataba la guerra. Pero luego las noticias dijeron que la Thatcher había mandado barcos con tropas para defender las Islas Falklands -como las llaman ellos- y las cosas se estaban poniendo complicadas. Estados Unidos apoyaba a Gran Bretaña -algo que a Galtieri le falló en el cálculo- y al parecer la URSS se ponía del lado de los argentinos. Nuevamente el peligro de una guerra mundial se cernía sobre todo el mundo.
Pero a los argentinos, en general, eso parecía no importarles, su patriotismo estaba totalmente exaltado, y ya nadie o casi nadie se acordaba de los problemas económicos, ni que seguían viviendo bajo una dictadura. Pronto comenzaron las primeras escaramuzas cuando las tropas británicas llegaron a las islas.
Pasaron los meses, y comenzaron a verse las enormes diferencias entre un ejército mal preparado de jóvenes inexperientes contra un ejército profesional acostumbrado a pelear en las grandes guerras. Llegó el invierno y los pobres muchachos argentinos pasaban frio a pesar de las múltiples capas de ropa que se ponían, sufrían el hambre y el miedo. Se habló de los “gurkas” un grupo de soldados asesinos que mandarían los ingleses, capaces de degollar a sus enemigos. Y yo no podía dejar de recordar a los jóvenes que vi desde la ventana del hotel yendo ingenuamente a enrolarse para hacerse matar por una dictadura que trataba de perpetuarse en el poder.
En Argentina, la euforia continuaba, las radios tenían prohibido pasar música en inglés y el llamado rock nacional y el folclore tuvieron una difusión y un crecimiento enormes. Había que apoyar lo argentino. Aunque Charly cantara “No bombardeen Bs. As.”
Como la mayor parte de los uruguayos, yo “hinchaba por nuestros hermanos”, pero cada vez era más evidente que la lucha era demasiado desigual y pronto llegó la derrota inevitable.

Cuando la guerra terminó, se vio la cara más cruel de la guerra. Padres que lloraban la muerte de sus hijos, otros que volvían con secuelas físicas o psicológicas terribles que hasta hoy cargan.
Luego de la derrota, la dictadura tocaba a su fin, ya no había ningún acto de pseudo - patriotismo que la sostuviera. Los problemas económicos se agudizaron y la moneda se devaluó.
Por este motivo, muchos uruguayos volvimos a Argentina porque ahora sí el cambio nos favorecía y muchos íbamos a tratar de comprar barato las mismas cosas que acá estaban dos o tres veces más caras.
A mediados de setiembre, volví con mis padres a Buenos Aires. Pero todo había cambiado. La alegría había desaparecido de los rostros de la gente dando paso a una sensación de depresión generalizada. Las banderas argentinas habían desaparecido de los edificios y muchos comercios cerraban más temprano. La mayor parte de la gente que andaba por las calles, menos iluminadas de noche, éramos sobre todo los turistas.
Realmente me impactó el cambio, era como visitar otra ciudad.

Cuando regresamos a nuestro país, veníamos todos muy abrigados en el ómnibus. Con buzos y casi todos con gamulanes recién comprados, a pesar que ya empezaba a hacer calor. Pero no queríamos que en la aduana nos quitaran lo que habíamos comprado barato. Algunos que traían botellas de whisky o licor las abrían y tomaban un poco para que no se las requisaran.
Y así llegamos a Montevideo. Yo tenía una extraña sensación, mezcla de la alegría que deja todo paseo y tristeza por ver cómo había quedado Buenos Aires luego de la guerra.