viernes, 30 de enero de 2026

¡Viva Momo!

 

-...al Pop acaramelado... al Pop...

El bullicio de la gente agolpada a lo largo de la avenida principal era constante. Algunos se sentaban en las sillas de madera plegables que ponía la Intendencia para la ocasión y muchos otros permanecían de pie, detrás de los que estaban sentados, abarcando toda la vereda en varias filas. Quedaba apenas un breve espacio para que pasaran otros buscando un lugar para ver el desfile o armando alboroto medio borrachos o en patotas metiéndose con las gurisas que pasaban con poca ropa. Las luces de la calle estaban todas encendidas junto a los adornos carnavaleros que mostraban caretas, serpentinas y arlequines multicolores.

Algunas niñas disfrazadas de Hada Madrina o Cenicienta eran la atracción de sus padres y los varones vestidos de Pirata o como el Hombre-Araña, correteaban inquietos y gritaban mojándose unos a otros mientras la gente aguardaba impaciente el comienzo del desfile.

-¡Allá viene el carro de la reina... -gritaban los chiquilines, entusiasmados -y los cabezudos!

El repiquetear de los tamboriles se volvía cada vez más fuerte haciéndoles mover los pies a muchos de los espectadores que se ponían ansiosos.

-¡A la caretita, a la caretita; tengo la careta de Batman, de la Pantera Rosa, de Frankenstein... a diez pesos la caretita...!

Al paso lento de los tambores se alzaba el imponente estandarte rojo y negro que decía: "Marabunta" -la comparsa lubola que abría el desfile-. Detrás, el revoleo de las banderas, medias lunas y estrellas; y una larga fila de bailarinas que sacudían sus trapos verdes, negros y dorados cada una con sus copetes brillantes. El escobero hacía proezas con su escobita, girándola sobre su cuerpo tapado por cueros pintados, lanzándola al aire y atajándola con la punta de uno de sus pies para continuar con los malabarismos. Los chiquilines fascinados miraban todo el colorido y algunos corrían lanzándole agua o papel picado a las bailarinas. La fuerza de los tambores iba en aumento, acelerando los corazones a su compás. Las vedettes casi desnudas con enormes tocados de plumas zarandeaban sus carnes a un lado y a otro provocando el deseo de los hombres que no paraban de mirarlas, mientras sus mujeres celosas trataban de distraerlos preguntándoles tonterías. Sesenta tamborileros vestidos con atuendos amplios, sombreros con flecos y alpargatas atadas a las piernas con cordones blancos iban a paso cansino luchando con el peso de sus tambores y golpeaban con sus palos y manos las lonjas calientes ante el aplauso enfervorizado de la multitud.

-¡Pomos, papel picado, serpentinas... a los pomos para mojar a las chiquilinas...!

Detrás de la comparsa venía el carro de las reinas. Una hermosa construcción en madera y papel pintado simulaba una escalinata donde iban sentadas cada una de las tres muchachas elegidas; en lo alto la Reina del Carnaval y más abajo las dos vicerreinas que saludaban con sus manos y tiraban besos a uno y otro flanco sin dejar nunca de sonreír. A sus pies una fuente con chorros de agua y a sus lados palmeras creaban el ambiente paradisíaco de la alegoría.

De ambos lados de la avenida se escuchaban los silbidos y exclamaciones de los hombres y volaban las bombas de agua que se estrellaban contra el carro salpicando a las muchachas y haciéndolas sobresaltar -a veces- pero refrescándolas un poco de tanto calor.

Rodeando al carro de las reinas medio centenar de cabezudos daba topetazos de un lado a otro con sus caras grotescas y locas. Muchos niños se acercaban para mojarlos pero algunos se retiraban asustados cuando se les venían encima.

-¡Hay helados... palito, barrita, vasito, bombón, helado...!

Ya comenzaba a escucharse el ritmo alegre y brillante de los platillos, el bombo y el redoblante. Eran "Los Saltimbanquis" una de las murgas más famosas que se acercaba animadamente. Con los rostros pintados de brillantina y con trajes bordados en hilos de oro venían los integrantes de la murga. Cada uno con su traje de pierrot de un color diferente: rojo, azul, verde, naranja, violeta, amarillo, celeste, blanco... Saltaban y corrían con los gurises divirtiéndose y divertiéndolos. Una mujer desde la acera le gritaba a uno de los componentes del conjunto para que la saludara. El hombre con su sonrisa pintada la miró y se acercó a darle un beso. Perdió su gorro en el camino y debió volver a buscarlo. Luego corrió para continuar con los demás que le hacían señas de que se apurara.

Es eso llegó una familia, venía con un par de banquitos para que se pararan los gurises y pudieran ver el desfile. Debieron ponerse detrás de varias filas de gente , que se molestaron cuando ellos intentaron acercarse un poco más al cordón.

-¡Siempre, lo mismo! ¡Te dije que te apuraras que íbamos a llegar tarde! -le recriminó el marido a la mujer-. ¡Ya pasaron las reinas, y esto está que no cabe más nadie.

La mujer lo miró con cara torcida, pero no le dijo nada.

El marido estiraba el cuello y se ponía en puntas de pie, acomodándose para poder ver por algún hueco dejado por las cabezas de las otras personas que estaban delante.

Los dos niños saltaban de contentos.

-Mirá papá, "Amantes al Engrudo" -decía el chiquilín más grande, que ya se conocía de memoria los nombres de los conjuntos- y atrás vienen "Los Patos Cabreros".

La niña, más pequeña, quería la careta de "Batichica", que había visto al pasar el vendedor.

-Bueno, esperá que vuelva a pasar -le dijo el padre- y avisame. Voy a ver si tengo plata.

-Y yo quiero la de...

-No, nene, vos ya estás grande para careta. Tu hermana sí porque es chiquita.

-Ahh, dále... -dijo el niño lloriqueando.

-Dále, fijate que conjunto viene, que no puedo ver...

-Viene una comparsa de negros, y atrás un carro alegórico. Está buenísimo...

Otro carro se acercaba y todos lo aguardaban contentos. Era un "verdadero Carro Alegórico". Hermoso, enorme, como de cuatro metros de alto, con vivos colores y mucha iluminación. Dos figuras de cartón se balanceaban en un movimiento continuo. Eran caricaturas de políticos que trataban de huir de un cocodrilo que los perseguía, situado en la parte de atrás del carro. La gente reía al darse cuenta lo que representaban y comentaban entre sí, lo cómico que era y si podría ganar el premio de alegorías.

-¡...a la manzana acaramelada...!

Un cabezudo de enorme nariz y ojos desorbitados se aproximó demasiado a la vereda y golpeó con su cabezota a los que estaban sentados en las primeras filas. La niña que estaba con sus padres y su hermano se puso a gritar asustada y se escondió tras las sillas, llorando. El cabezudo se alejó torpemente para continuar bamboleando su cuerpo rígido de metal y cartón pintado ante otra gente.

La niña seguía escondida tras el banquito. Entonces el padre la alzó y la tranquilizó. Ella volvió a mirar el desfile pero cada vez que veía acercarse algún cabezudo se ponía a gritar.

Otros conjuntos se aproximaban a ritmo lento. Parodistas vestidos con fracs coloridos, revistas con sus integrantes realizando complicadas coreografías en parejas, humoristas vestidos ridículamente y realizando chistes visuales como nuevos payasos y otras murgas y comparsas lubolas.

La temperatura en la avenida subía cada vez más. El bullicio también. Las risas se entremezclaban con los aplausos y los gritos con la música estridente. De vez en cuando, se escuchaba la sirena de una ambulancia que venía a reanimar algún desmayado a causa del calor y el cansancio.

Los chiquilines asomaban sus cabecitas sentados sobre los hombros de sus padres. Otros -ya más grandes- subidos al monumento al Gaucho- observaban con privilegio el desarrollo del desfile. Los que mejor veían eran quienes vivían en los apartamentos que daban a 18 de Julio que aprovechaban para mirar desde los balcones sentados en cómodas reposeras y tomando alguna bebida fresca. O también los que con meses de anticipación tenían reservada alguna mesa en la terraza de la confitería.

Los milicos -con sus palos a la cintura- iban y venían recorriendo la avenida y por las aceras, imponiendo orden y respeto o corriendo a los ladrones que se aprovechaban de los distraídos para robarlos.

Por el altavoz se nombraba a varios niños que estaban perdidos y les pedían que se acercaran al puesto de transmisión, para volver a encontrarse con sus padres.

Los conjuntos fueron pasando, el calor abrasaba, con las luces y el apretuje de la gente pero por suerte, empezaba a aflojar. Ya había pasado medio desfile y alguna gente cansada se iba y los que esperaban a determinado conjunto aprovechaban luego de verlo pasar para irse.

Un bache en el desfile hizo que fueran quedando varias sillas libres que inmediatamente ocuparon los que estaban de pie, detrás. Hacía como diez minutos que no desfilaba ningún conjunto ni parecía que se acercaran más.

-¡Otra vez se cortó! -dijo el padre sentándose- ¡Todos los años es lo mismo!. Pasan diez o veinte comparsas y termina cortándose.

-¡Si -dijo su mujer -después estamos como media hora para poder ver algo más. Para mi que es por culpa de la tele, los paran para hacer entrevistas, los demoran y claro...!

-¡Está mal organizado!. ¡Es culpa de la Intendencia, si les pusieran una buena multa al que se retrasa iban a ver...! Yo siempre digo que no vengo más, me cansa esto de esperar. Pero al final, vengo por los nenes...-dijo el padre mientras la chiquita no paraba de llorar en sus brazos

-Sí, claro, ellos se divierten igual, corren, se tiran papel picado y juegan con los pomos -aseguraba la madre.

-Bueno, por lo menos nos pudimos sentar. Así, descansamos un rato.

La gente iba y venía de un lado para el otro por la vereda y la calle. Algunos se reían de los que pasaban disfrazados. Un par de muchachas de minifalda eran asediadas por varios hombres que trataban de darle alcance y le decían cosas. Ellas apuraban el paso y se reían nerviosas.

De pronto alguien gritó: "¡Ahí vienen!" e inmediatamente se formó una pasarela de gente que se lanzó al centro de la calle. La mayoría de las sillas de madera quedaron vacías y la muchedumbre se agolpó de pie dejando menos de la mitad del ancho de la calle para el pasaje de los conjuntos. Venía nada menos que "Llamarada Colonial", con su ritmo arrollador. El porta estandarte no tuvo mayores dificultades para transitar, pero los que venían con las banderas, debían moverlas apenas ya que no tenían espacio para zarandearlas. El bullicio volvió y los aplausos no se hicieron esperar al ver pasar las bailarinas sacudiendo sus bellos cuerpos morenos. Desfilaban de dos en dos, algo apretadas hasta que llegaron los tamborileros, que venían en filas de a ocho y un poco a la fuerza lograron que la mayor parte del público se retirara hacia atrás, abriéndoles paso.

En las aceras había gente que protestaba porque se habían quedado sentados en sus sillas pagadas y no podían ver nada por culpa de los que estaban en el medio de la calle.

Otro carro alegórico volvió a ensanchar la calle para poder pasar. Los cabezudos continuaban asestando cabezazos a diestra y siniestra. La pequeña volvió a asustarse, su madre la alzó para que se calmara. Su hermano se reía y el padre lo reprendió por reírse de su hermanita.

Luego llegó el turno de murgas como "Curtidores de Diablos", "La Milonga Nacional" y "La Línea Maginot" cada una con sus bellos trajes coloridos; y de parodistas "Los Gabys" vestidos con smoquins rojos, cantando y bailando al compás de una pequeña orquesta que venía delante de ellos sobre un camión todo iluminado. También la revista "Candilejas" que realizaba pasos de baile y acrobacias en pareja sobre patines de ruedas, maravillaban al público que exclamaba asombrado.

Así pasó media hora, con la gente de pie viendo desfilar los conjuntos de tan cerca que podrían tocar a los integrantes. Hasta que se volvió a cortar.

Entonces la mayoría de la gente se fue, creyendo que se había terminado. Los que sabían que todavía faltaban conjuntos por desfilar se quedaron dando vueltas por ahí. Unos aprovechaban a entrar en los baños de los bares, otros directamente se sentaban a comer algo, donde encontraban mesas libres. El carrito de los frankfurters aprovechaba para vender sin dar abasto a la demanda. Los puestos fijos que vendían pomos y caretas también aprovechaban para "hacer el mango". Mientras los niños continuaban mojándose y corriéndose unos a otros.

-¡Ahh, yo quiero ver los otros conjuntos! -suplicaba el niño de diez años, mientras el padre se lo llevaba de la mano.

-¡Ya se acabó, no hay más!. ¿Qué querés ver?

-Pero no pasaron "7 a 7 es un empate", ni "La Escuelita del Crimen", ni...

-¡Ah, sí! -dijo su hermanita con los ojos llorosos todavía- yo también quiero ver...

-¡Ya se acabó, ya es tarde y nos vamos a quedar sin ómnibus para volver, vámonos!-. El chico se fue mirando para atrás buscando alguna señal de que se acercaba alguna otra comparsa.

-¿Y a vos que más te gustó? -le preguntó la madre a su hija.

-A mi, ¡los cabezudos! -dijo con inocencia la niña. Todos se pusieron a reír.


La ancha avenida se hallaba cubierta de papel picado blanco y por doquier largas serpentinas, verdes, rojas y amarillas se arremolinaban a causa de la brisa que se había levantado y se enganchaban en las patas de las sillas o en los pies de los transeúntes que iban y venían conversando. Los altoparlantes emitían sus clásicos avisos y los vendedores ambulantes continuaban ofreciendo sus productos antes que se fuera el resto de la gente.

Cuando ya no quedaba casi nadie, se escuchó por fin el sonido de una batería y quienes estaban en la vuelta aprovecharon para ver pasar a las últimas murgas y conjuntos de parodistas y humoristas. Ya era de madrugada cuando desfiló el último conjunto.

Inmediatamente, al terminar su pasada, se subieron al camión que los llevaría de vuelta a sus hogares.

La luna brillaba en lo negro del cielo y el calor había amainado. La avenida 18 de Julio, comenzaba a quedar desierta y los empleados de la Intendencia, vestidos con mamelucos azules, iban recogiendo las sillas de alquiler. Con un movimiento rápido las plegaban y las iban tirando unas sobre otras produciendo un chasquido al chocar de las maderas. Luego las levantaban y las arrimaban a los postes de luz o a los árboles en grupos de cincuenta, les atravesaban una cadena gruesa por entre el hueco formado por el asiento y el respaldo y las ataban firmemente asegurándolas con un candado. Otros empleados iban y venían barriendo el suelo con escobillones y echando todo en sus carritos de basura.

Lentamente, todo se iba volviendo silencioso y unos pocos automóviles comenzaban a surcar la avenida.



lunes, 15 de diciembre de 2025

Un viaje en tren

 



Al atardecer llegamos a la Estación Central, mis padres y yo. Viajábamos al interior para reunirnos con el resto de la familia y pasar juntos las fiestas. Afuera, a la entrada, había cinco estatuas, cuatro eran de célebres inventores y científicos y en el centro se destacaba la estatua de Artigas de pie y con el sombrero en una mano, entre medio de las columnas que daban al pórtico.


Al entrar al gran hall donde la gente iba y venía apurada con valijas y paquetes, se escuchaban los sonidos de los pitos de los ferrocarriles y de las enormes máquinas a vapor que llegaban o partían. En la pared del frente había un precioso vitreaux por donde entraba la luz del sol que se reflejaba sobre el piso de baldosas de la estación.

Tras las rejas negras que separaban el hall del resto de la estación se hallaban los andenes numerados por donde corrían las vías. Al principio de cada uno había dos enormes topes de metal iguales a los que tenían las locomotoras al frente y que chocaban suavemente cuando frenaban.

Un par de kioskos de diarios, y la boletería completaban los servicios del lugar.

Por un pasaje separado de la estación a la izquierda se encontraba el famoso "Restaurante del Ferrocarril".

Al fondo del andén, donde terminaba el techo curvo de chapa y vidrio podía verse el cielo celeste y a lo lejos las vías perdiéndose entre los postes de las señales y semáforos que servían para ordenar la llegada y partida de los ferrocarriles.


Nuestro tren llegó con su característico ruido cadencioso. Tenía varios vagones adosados a la enorme y maciza locomotora, todos de madera de color marrón oscuro. Por los altoparlantes nombraron nuestro destino "Paysandú" y el número de andén que nos correspondía. Mi padre agarró las valijas que llevábamos para el viaje y nos apuró a mi madre y a mi.

Nos acercamos a la plataforma de hormigón, el foso que quedaba entre andén y andén era profundo, pero el ferrocarril quedaba bien arrimado a ambos lados de las plataformas, de modo que era fácil subir por la escalerita de metal cromado que tenía cada vagón.

Una vez dentro, nos ubicamos en los asientos colocados contra las ventanillas. El ancho pasillo atravesaba el vagón hasta la puerta del fondo y a ambos lados se ubicaban los asientos de cuero que eran dobles, de manera que algunos pasajeros viajaban mirando hacia adelante, y otros de espaldas. Eso fue lo que más me llamó la atención porque en los ómnibus en que estaba acostumbrada a viajar los asientos iban mirando hacia adelante.

A los pocos minutos de acomodarnos sonó el silbato y el guarda de la estación dio el último aviso de partida para que se apuraran a subir los pasajeros retrasados. El tren comenzó a moverse lento, al principio, con sus resoplidos y luego fue ganando velocidad. Salimos a la luz del atardecer.

Me sentía feliz por ir a visitar a mis tíos y porque me gustaba pasear.

Luego de un rato el murmullo de la gente fue disminuyendo. Salvo cuando llegábamos a una estación en que el tren se detenía y subían algunos pasajeros, luego volvía a quedar todo más tranquilo. Las luces principales del vagón se apagaron.

Cuando salimos de Montevideo las estaciones estaban más alejadas y el tren ya no se detenía mucho. El traqueteo del ferrocarril era constante, el sonido que producía el golpeteo de las ruedas sobre las vías me adormecía pero a pesar de eso, todos dormían, salvo yo. Afuera, la noche iba cayendo, la luna todavía no había salido y la oscuridad del campo era monótona. El hamacarse del ferrocarril parecía el mecerse en los brazos de una madre. Cuando ya estaba casi dormida comencé a vislumbrar algo que me llamó la atención. Estaba lejos, al costado de la vía y parecía acercarse hacia nosotros. Una pequeña luz que se levantaba y se estiraba hacia arriba, luego se achataba y ensanchaba. Otra vez se levantaba y estiraba e inmediatamente se achataba y ensanchaba. Así una y otra vez. Parecía un fantasma.

Yo, desde la ventana del vagón miraba esa luz extraña en medio de la oscuridad. Era algo muy raro y comenzaba a sentir temor. Cada vez parecía más cercana y continuaba ensanchándose y estirándose. El traquetear del tren no dejaba escuchar más sonidos y la luz –fuera lo que fuera- ya estaba casi encima de nosotros. El tren iba a alcanzarla en cualquier momento y a cada momento me ponía más nerviosa porque no sabía lo que era. Decidí cerrar bien la ventana y correr la cortina para protegerme pero al mismo tiempo sentía una curiosidad que me impedía esconderme del todo. Por eso dejé una rendija en la cortinita para poder ver lo que era aquello. Ya casi estaba arriba nuestro y se había vuelto mucho más grande, parecía una figura humana que se estiraba y aplastaba bajo la luz, y al nivel del suelo podía verse algo que giraba como una rueda extraña con rayos claros y oscuros.

El silbato del tren sonó sobresaltándome en mi asiento, justo unos segundos antes de alcanzar aquella figura fantasmal... que no resultó otra cosa que un gaucho al galope sobre su caballo. Con una mano dominaba a su corcel y con la otra traía colgando un farol que iluminaba también las patas en movimiento del animal y el poncho que subía y bajaba al compás del propio jinete.

Lo vi pasar frente a mi ventana y continué mirando como se alejaba mientras me reía para mis adentros por mi ingenuidad y por el susto que pasé. El jinete siguió su camino en sentido opuesto a nuestro tren y su figura se fue perdiendo en la oscuridad de la noche tal como había aparecido.

Más tranquila me fui quedando dormida mientras el traquetear del tren me mecía suavemente, otra vez.

A la mañana siguiente me desperté con ganas de ir al baño. Toda la noche allí, era demasiado. Así que me levanté y fui hacia el otro vagón. Pero al abrir la puerta de madera y salir quedé paralizada. Para pasar de un vagón al otro debía atravesar un tramo sin techo que para mi era muy largo. Sentía el vientito que soplaba en mi rostro. Todo se movía: la plataforma, el vagón en el que yo iba y el siguiente. El tren se sacudía de un lado a otro y los durmientes de madera, allá abajo, pasaban a gran velocidad. Comencé a marearme. No podía cruzar. ¿Y si me caía a las vías? Las piernas se me aflojaron y debí aferrarme fuertemente de la baranda de metal. Me di la vuelta y volví a entrar al vagón donde viajaba y cerré la puerta. Mi padre fue quien me ayudó a cruzar al otro vagón agarrándome de la mano cuando le conté lo que me sucedía. Al fin pude entrar al baño y salí asombrada al ver que la taza higiénica se abría sobre las vías directamente, ¡pero qué alivio al final!


El día comenzaba a clarear. Sentí con placer el olor del café con leche que llevaban mis padres en un termo y con algunos bizcochos que compramos en la panadería antes de salir pudimos satisfacer el hambre del viaje. Los demás pasajeros se iban despertando también y conversaban o desayunaban alguna cosa. Unos chiquilines correteaban a lo largo del vagón o se asomaban a las ventanas para mirar el paisaje. Yo también me puse a mirar por la ventanilla mientras mis padres conversaban. Podía ver el campo verde e interminable y las cuchillas a lo lejos. Las vacas pastando tranquilas en la llanura. Algunas miraban el ferrocarril cuando pasábamos muy cerca de donde estaban pero no parecían inmutarse.

Hacía calor pues ya estábamos en verano. El cielo celeste se iba volviendo más azul a medida que el sol iba ascendiendo y montones de nubes blanquecinas se deslizaban suavemente agrupándose como rebaños de ovejas.

El traqueteo del tren continuaba, mientras nos mecía interminablemente. Pasamos el cruce de una ruta. Algunos coches esperaban tras la barrera para continuar su camino. El pito del tren resonó agudo avisando a los distraídos. Un peón a caballo nos miró pasar junto a sus ovejas, más adelante.

El boletero -un señor vestido de gris- llegó adonde estábamos nosotros y nos pidió los boletos del viaje. Mi padre los sacó del bolsillo del chaleco donde los llevaba y se los entregó. Él, sacó una especie de pinza y le fue haciendo unos agujeros a cada uno. Luego se los dio a mi padre nuevamente, inclinando la cabeza y tocándose la gorra. Mi padre le preguntó a qué hora llegaríamos. Él le contestó: “Si no hay retraso llegaremos a las nueve”. El hombre siguió revisando los boletos de los demás pasajeros.

Luego de un buen rato anunciaron la llegada a la estación donde debíamos bajarnos. Enseguida mi padre agarró las valijas del maletero que estaba contra la pared del vagón, bien arriba de nuestras cabezas y apuró a mi madre que se acomodaba el sombrero, para que estuviéramos listas.

El tren se fue deteniendo lentamente con sus pitidos y resoplidos. La larga estación de madera y techo rojo a dos aguas nos aguardaba. Algunas personas esperaban con valijas y bolsos en la plataforma, de pie o sentados en los bancos de madera lustrada que estaban contra la pared de la estación, listos para subir o esperando a familiares que llegaban como nosotros.

Por fin se detuvo totalmente. La tía y mi primo mayor nos saludaron con la mano al vernos. Bajamos los escalones de metal del vagón, uno a uno.

El resto de la gente hacía lo mismo y la estación se llenó de conversaciones y exclamaciones, pasos apurados y sonidos de carritos de metal empujados por algún maletero que hacía su trabajo llevando valijas desde o hacia el tren.

La hermosa cachila verde del tío estaba estacionada a la vuelta de la estación. Caminamos hasta allí conversando mientras el pito del ferrocarril se escuchaba otra vez. Me di vuelta para verlo partir. De a poco comenzó el chu chu de su andar, acelerando progresivamente. El humo de la locomotora dibujaba en el cielo una larga nube blanca y los vagones de madera se alejaron nuevamente por la vía.

¡Qué lindo qué fue todo!. Ahora sólo quería volver a subir al tren, para nuestro viaje de regreso a Montevideo.


Nota:

Los 4 científicos que se hallan a la entrada de la Estación Central son:

-Denis Papin - Físico francés inventor de la máquina a vapor.

-Alessandro Volta - Físico italiano que se hizo célebre por inventar la Pila eléctrica.

-George Stephenson - Ingeniero inglés que inventó la primera locomotora.

-James Watts - Ingeniero escocés que perfeccionó la máquina a vapor.

Fuente: "Montevideo en bronce y mármol" Col. El País (Octubre 2002 - Marzo 2003)





lunes, 27 de octubre de 2025

Me lo dijo una gitana

 


Vestida con sus amplias polleras rojas, verdes y blancas, un pañuelo floreado sobre la cabeza, pulseras y collares y con unos ojos renegridos, andaba por las calles "adivinando la suerte" a hombres y mujeres.

Debía tener unos veinticinco años y su cuerpo era algo rollizo y sensual -idéntica a su madre- quien le enseñó esas artes. Igual que su tía y las otras mujeres de la familia; siempre viajando de un lado a otro, deambulando por alguna nueva ciudad y obteniendo algo de dinero por sus trabajos.

Nómadas perpetuos, iban en sus carromatos. No eran muy bien vistos por la gente, en general, pues tenían fama de ladrones -en especial los hombres- que se decía eran pendencieros y sabandijas-. Siempre con una navaja lista a usar contra quien los desafiara.


Muchos años atrás, una tarde gris y fría, a una mujer que caminaba por la vereda de la avenida principal se le acercó una gitana:

-Te veo cara de preocupada -le dijo -¿Es por qué no tienes hijos?

La mujer la miró algo asombrada pero no contestó.

-Dame tu mano -continuó la gitana. -Te voy a leer la suerte pero no te voy a cobrar nada. -Le tomó la mano entre las suyas y observando las líneas de la palma sentenció -¡No te preocupes por eso, vas a tener dos hijos, primero una niña y luego un varón!

La mujer la volvió a mirar abriendo mucho los ojos. Dijo: -gracias -y abrió la cartera para sacar dinero-. La gitana mirándola a los ojos agregó: -No te cobro nada, ve tranquila -y dándose la vuelta desapareció entre la gente que caminaba apurada por la avenida.

Tiempo después la mujer quedó embarazada y tuvo a una niña y un par de años más tarde a un varón. Ese varón era él. La predicción se había cumplido exactamente. Pero ¿cómo diablos lo había sabido aquella gitana que ni siquiera conocía a su madre?


Muchos años después, otras gitanas recorrían las calles. A veces una sola, otras en grupos de dos o tres, siempre adivinándole la suerte a los transeúntes.

-Yo te puedo adivinar el futuro, muéstrame la palma de tu mano... ¡No, la otra! –le dijo una de ellas cuando se le acercó.

Él, se la extendió sin mucha convicción. Los ojos penetrantes y oscuros de la gitana joven lo cautivaron. Tenía las pestañas largas y arqueadas y un rostro muy bello.

-Veo que no tienes novia pero pronto conocerás a una mujer con la que serás muy feliz -le sonrió y él se sintió reconfortado. -Pero ten cuidado -continuó ella -también veo algunos problemas económicos que te generarán muchos dolores de cabeza, te conviene ahorrar porque se viene una crisis en el país. No gastes de más si quieres pasar los próximos años tranquilos.

El hombre escuchaba con atención, no demasiado convencido de lo que ella le decía pero con cierta curiosidad pues era cierto que andaba en busca de novia y en cuanto al dinero temía por quedarse sin trabajo.

La gitana le tomó la mano entre las suyas y luego lo miró a sus ojos con cierta picardía o al menos a él eso le pareció. ¿Sería una invitación? Ella era muy hermosa como suelen serlo las de su raza. Pero les tenía algo de temor pues su madre siempre le advertía acerca de los gitanos en general que eran peligrosos y sabandijas…


Varias veces se la cruzó. Ella siempre andaba por la plaza y como él trabajaba en un banco cerca de allí, la observaba cada vez que salía.

Una tarde de verano muy calurosa se le acercó. Ella lo observó con curiosidad. Y él la invitó a tomar algo en el bar más cercano. Quería que le contara más acerca de su destino y por supuesto, quería verla de cerca otra vez pues cuando lo hacía, le latía más fuerte el corazón.

Ella aceptó, pues parecía gustarle. Charlaron un rato sentados a la mesa del bar mientras bebían un par de refrescos. El murmullo de la gente se escuchaba apagado y el sol de la tarde entraba por los amplios ventanales que daban a la avenida.

-¿Alguna vez le prestaste atención a tus manos? –le hablaba como en un susurro -¿Alguna vez observaste con atención las líneas que allí aparecen? Revelan tu destino. Toda tu vida está escrita allí. Igual que los astros, te muestran tu futuro y tu pasado.

Él la escuchaba y le preguntaba una y otra vez y ella le leía todo lo que podía ver:

-La línea de la vida… tendrás una vida muy larga; la línea del corazón… ¡uhm… parece que serás muy feliz! Te casarás y tendrás dos niñas... La línea de la cabeza… uhmm, tienes inteligencia... –se las iba señalando con la mano entre las suyas y rozando su palma con la punta de los dedos.

–Aquí está er monte de Venus, y estas cruces señalan problemas...

-¿Por qué son así? –le preguntó asombrado.

-Bueno, eso… na' lo sabe. Pero allí está todo escrito para quien lo sepa leer.


Luego, mirándose a los ojos se dieron cuenta que entre ellos había algo más que curiosidad. Él pagó la cuenta y llamando a un taxi la llevó a su apartamento.

Allí pasaron una tarde apasionada. Sus formas se entremezclaron cadenciosamente. Esos ojos renegridos lo hechizaban. Y sus muslos poderosos, sus caderas y sus pechos abundantes lo llevaron a la gloria.

La noche los sorprendió dormidos. Ella se despertó primero, se levantó despacio, se vistió y se fue por la puerta sin hacer ruido. Cuando despertó él, solo halló el pañuelo floreado con su perfume. La gitana había partido. Nunca más la volvería a ver.


Veinte años después, estando con su familia en un parque, el hombre vio aparecer por el sendero, entre los árboles, a dos gitanas vestidas con sus tradicionales ropas coloridas. Una era muy joven y se parecía enormemente a la otra que era entrada en años. Seguramente eran madre e hija. La mayor parecía estar aconsejándole algo a la más joven. Él las vio acercarse al banco de tablones donde se encontraban sentados, descansando del largo día de paseo al aire libre.

La gitana menor era muy hermosa, le recordó a aquella con quien había tenido un fugaz romance. Esos ojos tan renegridos y esas pestañas arqueadas... y su figura tan sensual... Pero la madre... la madre... ¡se parecía aún más! Si bien habían pasado tantos años... ¿Sería la misma que él amó una vez y que nunca olvidó?

-Una vez una gitana me dijo que tendría dos niñas... -les susurró él poniéndose de pie, con el corazón en un puño cuando pasaron a su lado -...y aquellas son mis hijas... -y les señaló a las niñas que jugaban sobre el pasto con sus muñecas-.

-Te felicito -sentenció en tono indiferente la gitana mayor y continuó sus pasos junto a la otra-.

Él las vio alejarse mientras el sol se iba escondiendo tras los árboles y el cielo se oscurecía, con miles de preguntas en su cabeza.

Entonces, su mujer se le acercó para abrazarlo mientras las niñas continuaban jugando.

-¿Y te dijo que serías feliz?

-Sí... -salió del ensimismamiento. Abrazó a su mujer - ¡Muy feliz!

-Bueno, ¡entonces no hay problema! ¿Nos vamos? -lo apuró ella -está refrescando y tenemos que volver a casa.

¿Sería la misma gitana? Y la más joven ¿sería su hija? Nunca lo sabría.

viernes, 1 de agosto de 2025

"El álbum de figuritas" (un recuerdo de infancia)

 

Yo conservo un álbum de figuritas que quiero mucho: “El Zoo color”. Pero no fue el primero que tuve; a los 7 años me compraron “El por qué de las cosas”. Como decía su título se trataba de una serie de preguntas sobre cantidad de temas. Los fenómenos naturales, la ley de la gravedad, las estaciones espaciales, los sueños, siempre realizando la pregunta “¿por qué…?” y luego contestándola en las figuritas correspondientes. De modo que al ir completando cada página se iban respondiendo las preguntas.

Pero el Zoo Color, era magnifico –aún lo guardo- ya que traía animales de todo el mundo. Al abrirlo se veían hermosos paisajes a doble página, pintados a todo color, de los distintos hábitats del mundo: la sabana africana, la estepa asiática, el altiplano americano, los bosques de Europa, las zonas polares... En los paisajes se adivinaban las figuras de los animales que allí vivían pues en cada página estaban sus siluetas en blanco con el número correspondiente y así al pegar las figuritas se terminaba de completar la imagen del paisaje a la manera de un verdadero cuadro multicolor.

Con el álbum venían dos o tres sobrecitos de nylon con tres figuritas cada uno.

Con gran entusiasmo rompí los sobres para ver cuáles eran los primeros animales que podría completar.

Allí apareció el tigre de bengala que iba en la doble página de la jungla asiática. Estaba echado sobre la hierba con sus rayas oscuras y anaranjadas, la cabeza en alto, vigilante y su recia prestancia. A su alrededor había varias cañas de bambú y árboles exóticos y se veía la orilla de un río azul. Y en otro de los sobres también venía un tapir y un bicho muy raro que yo no conocía: el fenec -una especie de zorro del desierto africano-. En blanco quedaban aún las figuras que sólo podía adivinar por los nombres que se encontraban a pie de página junto a una pequeña reseña sobre el clima y sus características que completaba la información.


Era una alegría cuando mi madre o mi padre me daban unas monedas para que me comprara las figuritas. Me iba hasta el saloncito de la vuelta de casa y le pedía a Don Manuel los sobrecitos del Zoo Color. Después, volvía corriendo a casa para ver los números y las iba pegando en el álbum con goma líquida o cascola, o cuando no tenía o había poca plata, con engrudo que mi madre me enseñó a preparar con un poco de harina y agua.

Poco a poco, éste iba tomando forma. Lo interesante era que los animales aparecían en actitudes muy naturales, algunos cazando, otros subidos a los árboles, las aves volando por el cielo azul...

En el desierto de Norteamérica, por ejemplo, que tenía el cielo del atardecer pintado de rojos y anaranjados se encontraba una docena de animales: un coyote, un zorrillo con su cola parada, un lince subido a un gran cactus verde, una víbora de cascabel enrollada en un tronco...

El problema era que las figuritas venían de manera aleatoria y por lo general se repetían. Eran 300 figuritas y por lo tanto, cuanto más sobrecitos compraba más se repetían. Entonces empezaba la segunda etapa: ir juntando las repetidas para cambiarlas con los amigos del barrio o los compañeros de la escuela que coleccionaran también el álbum.

Provisto de un mazo de figuritas que llevaba en el bolsillo de la túnica todos los días me aprestaba a cambiárselas en los recreos de la escuela. O a veces a ganármelas jugando a la "levantadita".

-Te cambio la 12 que la tengo repetida y la 85, ¿cuáles tenés vos?

-Yo tengo la 25 y te la cambio por la 12.

-Bueno. También tengo la número 222 y me faltan la 225, la 48...

Y así iba juntando y llenando las páginas.

Pero aún así, había figuritas muy difíciles que no salían en los sobrecitos. Esas las teníamos que comprar a los que las revendían.

Los domingos iba con mis padres a la feria de Tristán Narvaja para conseguir comida para las gallinas y los conejos que teníamos en el fondo de casa.

En la feria, el bullicio de la gente era continuo. Entre los puestos de frutas y verduras también estaban los que vendían discos de vinilo, mesas con libros y antigüedades, algunas mascotas como hamsters en sus jaulitas y un largo etcétera. Los pregones de los puesteros se mezclaban con las conversaciones de la gente y también con las músicas de quienes probaban discos.

En la vereda, contra la pared de alguna casa se ponían los revendedores de figuritas. Generalmente usaban una valijita o un cajoncito con reparticiones donde tenían las de los distintos álbumes que se estaban coleccionando en ese momento.

Había más de un vendedor, cada tantos metros se hallaba alguno y mi padre iba preguntando por las figuritas que me faltaban. A veces no las tenían o pedían demasiado por ellas. Yo le iba cantando los números a mi padre y él me compraba cinco o seis, según los precios.

-Esta sale 10 pesos -decía el vendedor. -La 28, no la tengo... la 201 es muy difícil, está a 30 pesos...

Yo llevaba la lista de todos los números que me faltaban y los iba tachando a medida que los conseguíamos.

A la semana siguiente volveríamos, para comprar más si no tenía suerte de conseguirla con mis amigos durante la semana.


Pasados algunos meses y cuando ya vencía el plazo para el sorteo final, tratamos de completar el álbum como fuera porque debíamos llevarlo con todas las figuritas pegadas para que lo sellaran y pudiéramos participar del sorteo.

"Nuestro Mundo" se llamaba la empresa que lo distribuía. Estaba en una de las calles que salen a 8 de octubre y Bulevar Artigas.

El día que fuimos, creo que era un sábado de mañana, estaba gris y amenazaba lluvia y era el último día de plazo. Con mis padres hicimos la larga cola en la vereda donde se mezclaban adultos y niños con los ejemplares del Zoo Color en la mano. Todos ansiosos por llegar al mostrador -dentro del local- donde revisaban los álbumes. Cuando por fin nos tocó a nosotros, el hombre pasó cada página rápidamente para comprobar que no faltara ninguna figurita y luego procedió a estamparle un sello de goma con el logo de la empresa.

Recién ahí pudimos llenar los cupones para el sorteo que se realizaría algunos días después y con los que mi padre esperaba compensar con algún premio. Pero no tuvimos suerte.

A mi, en realidad, lo que me gustaba era mirar el álbum y ahora más, con los 300 animales que lucían en los diferentes paisajes. Cada uno con el nombre común y el nombre científico, en latín, entre paréntesis en la parte de abajo de la página.

El jerbo, una especie de ratón de cola larga y saltarín del desierto africano; o el frinocéfalo, que es una especie de lagartija verde pero con cabeza roja de la estepa asiática. Me encantaba mirar los "bichos raros" de Oceanía, como el emú -una especie de avestruz pero de cuerpo más largo-, el lobo marsupial -con su aspecto feroz- y el Koala con su cría fuertemente asida a su lomo en lo alto de un eucaliptos. Pero la estrella sin duda de esa página era el ornitorrinco, un mamífero con pico de pato que a pesar de ser real parece salido de un libro fantástico, animal tan inverosímil como difícil de pronunciar.

Desde entonces, cada tanto vuelvo a admirar el álbum que tan difícil me fue llenar pero que me encanta porque me retrotrae a la infancia, esa época en que todo estaba por descubrir...





sábado, 7 de junio de 2025

"Fantasmas a la hora de la siesta"

 

Aquella tarde soleada muy temprano estaban terminando de armar el escenario del tablado de la esquina cuando comenzó a cimbrear. Se sacudía lentamente y un repiqueteo suave acompañaba el movimiento. El repiqueteo fue en aumento hasta que se volvió inconfundible: tamboriles. Y una silueta grande comenzó a bailar sobre el tablado, con su traje de luces y vistosas plumas verdes y azules. Sacudía su cuerpo y sus grandes pechos se bamboleaban de un lado a otro en un vaivén contrario al de sus caderas. Los brazos semiextendidos a los lados y sus pies con paso corto, adelante y atrás completaban el movimiento. Su blanca sonrisa resaltaba sobre la piel oscura. Detrás, emergieron una veintena de morenos con coloridos trajes golpeando las lonjas con palos y manos. Varias mamas viejas a su alrededor con sombrillas y abanicos multicolores danzaban al compás y sus parejas -gramilleros- con largas barbas blancas de algodón, sombrero de copa y bastón se sacudían frenéticos, cortejándolas. Un escobero, vestido con un taparrabos de cuero repleto de espejitos hacía malabarismos increíbles con su larga escobita...

Terminé el vaso de caña de un sorbo y ya me disponía a marchar hacia el escenario de enfrente cuando lo vi. Era un hombre alto, canoso, que vestía un largo sobretodo. Se acercó al tablado, dio un rodeo por entre las filas de sillas y luego de elegir una, se sentó. Observaba atentamente el escenario. Entonces comenzó a reir. Una murga se hallaba ahora sobre el tablado.

-...Un saludo cordiaaal... cantan los asaltantes... y a su paso triunfaaal... de caballero andante...-


Me sentía maravillado por lo que ocurría. Fui hasta el lugar, pero al llegar sólo hallé sillas vacías y mal acomodadas y un escenario de tablas repleto de obreros que iban y venían apurados con herramientas y baldes de pintura.

Volví al boliche. Entré y me acerqué al mostrador.

-¿Vos viste, lo mismo que yo, Pedro? – le pregunté al bolichero y antes que éste pudiera responder, un hombre se acercó a la barra. Vestía traje de malevo, sombrero gacho y un pañuelito atado al cuello.

-¡Dame una agüita fresca!- pidió.

-¡Caaarlitos! -exclamó Pedro- Pero muchacho, ¿qué andás haciendo por acá? -El hombre lo miró y se sonrió. -¿No querés un medio y medio?

-¡No, pibe! Te agradezco pero debo cuidarme el garguero, es lo que me da de comer.

-¡Cantate un tangazo, hermano!. Haceme el gusto -dijo el bolichero.

El otro se acodó al mostrador, se acomodó el sombrero, entornó los ojos y comenzó a cantar "El día que me quieras"

Yo no lo podía creer. Primero el tablado y ahora ésto. No me pude aguantar y me uní al "Mago" en un dueto inolvidable.

-¡Shssst, dejá oir la radio! -me gritaron los de una mesa y prosiguieron jugando al truco. Se oyó la voz del locutor de radio Clarín. El cantor había desaparecido.


Me volví a la mesa que daba a la ventana y me puse a leer el diario. Entre las noticias deportivas estaban los resultados de la Vuelta Ciclista del Uruguay. Iba ganando... ¡Atilio François... y segundo Luis Modesto Soler!. Entonces escuché una melodía conocida que silbaba alguien. Miré por la ventana y vi pasar una caravana de ciclistas que doblaban la esquina. Todos iban montados sobre bicicletas negras, antiguas. Usaban pantaloncitos negros y camisetas blancas con un número grande pegado sobre ellas y un gorrito negro de tiras.

...de la patria/ se regocija en un clamor triunfal/ al desfilar la airosa caravana/ que forman los campeones del pedal... -escuché y la caravana se esfumó a la vuelta de la esquina tan deprisa como había surgido.

Volví a mirar hacia el tablado. Todavía estaba sentado el hombre del sobretodo y junto a él estaba Gardel.

Sobre el escenario un gordito de traje y corbata anunció: "El Loro Collazo y su Troupe Ateniense" y de inmediato una docena de actores comenzaron a bailar y a cantar...

"...la piqueta fatal del progreso..."


Continué leyendo el diario mientras me tomaba otra cañita. “Estalló la guerra” decía un titular en la primera página y mostraba fotos en blanco y negro de ciudades bombardeadas.

-¡Che, otra vez la guerra!- exclamé -¡no puede ser! Y me dediqué a leer lo que comentaban sobre el conflicto armado.

Al rato, un gordito simpático se acercó a la barra.

-¿Cómo te va Quique?- le preguntó Pedro.

-¡Fenómeno!. Ando con ganas de sacar de vuelta "Los Favios", para este carnaval.

-Me voy a ensayar, Pedro-. Dicho esto se tomó la copa de un sorbo y se fue-.

No me dio tiempo a reaccionar.


Un joven de pelo negro engominado, escribía en unas servilletas de papel, sentado solo, en una mesa al fondo del salón. Parecía entusiasmado. Garabateaba ansioso, como si estuviese en un rapto de inspiración. Pasados unos minutos, se levantó, se dirigió al mostrador y le dijo al bolichero:

-Che, Pedro ¿Cómo te suena éste título?: "El cocodrilo". Es sobre un tipo que vende medias de mujer y como no le compran no se le ocurre nada mejor que ponerse a llorar y entonces al verlo así el dueño de la tienda se compadece y le encarga dos docenas de medias...

-Está bueno, Felisberto... seguí que puede salir.


-Al boliche lo van a demoler, lo van a convertir en un banco, o algo así -me dijo el bolichero con tono de resignación en la voz- así que aprovechá hoy, que a lo mejor es la última vez...-

Pedro me dijo que ya no podía pagar los impuestos y ganar lo suficiente para vivir, todo estaba tan difícil y cuando vinieron los gringos a ofrecerle los verdes para comprarle la esquina no pudo negarse.

Yo, resignado, le dije que no importaba porque en el fondo sentía que ya no pertenecía a este mundo. Las casas viejas desaparecían dejando lugar a torres de apartamentos que nunca se poblaban del todo y los antiguos almacenes y bares se convertían en bancos y supermercados.

Pero ¿Qué sería de los fantasmas que deambulaban alrededor del boliche llenando nuestras tardes de jubilados de bellos recuerdos?


De pronto, se me acercó una mujer joven que me resultó levemente conocida. -¿Vamos? –me dijo.

-¿Adónde? –pregunté yo, algo confundido pues no recordaba haber estado esperando a nadie.

-A casa, papá, que nos están esperando.

-Dejá que me despida de Pedro y los demás.

-¡Ay, papá! ¿Otra vez soñando con el boliche? ¿Ya no te acordás que hace como dos años que lo demolieron?

Salimos del banco, subimos al coche y éste arrancó. Nos alejamos y al mirar por el espejo retrovisor pude ver que donde se suponía estaba el viejo boliche se alzaba un nuevo edificio, todo vidrio y metal.


De mi libro: "Eran los Orientales..." (2013)