-...al
Pop acaramelado... al Pop...
El
bullicio de la gente agolpada a lo largo de la avenida principal era
constante. Algunos se sentaban en las sillas de madera plegables que
ponía la Intendencia para la ocasión y muchos otros permanecían de
pie, detrás de los que estaban sentados, abarcando toda la vereda en
varias filas. Quedaba apenas un breve espacio para que pasaran otros
buscando un lugar para ver el desfile o armando alboroto medio
borrachos o en patotas metiéndose con las gurisas que pasaban con
poca ropa. Las luces de la calle estaban todas encendidas junto a los
adornos carnavaleros que mostraban caretas, serpentinas y arlequines
multicolores.
Algunas
niñas disfrazadas de Hada Madrina o Cenicienta eran la atracción de
sus padres y los varones vestidos de Pirata o como el Hombre-Araña,
correteaban inquietos y gritaban mojándose unos a otros mientras la
gente aguardaba impaciente el comienzo del desfile.
-¡Allá
viene el carro de la reina... -gritaban los chiquilines,
entusiasmados -y los cabezudos!
El
repiquetear de los tamboriles se volvía cada vez más fuerte
haciéndoles mover los pies a muchos de los espectadores que se
ponían ansiosos.
-¡A
la caretita, a la caretita; tengo la careta de Batman, de la Pantera
Rosa, de Frankenstein... a diez pesos la caretita...!
Al
paso lento de los tambores se alzaba el imponente estandarte rojo y
negro que decía: "Marabunta" -la comparsa lubola que abría
el desfile-. Detrás, el revoleo de las banderas, medias lunas y
estrellas; y una larga fila de bailarinas que sacudían sus trapos
verdes, negros y dorados cada una con sus copetes brillantes. El
escobero hacía proezas con su escobita, girándola sobre su cuerpo
tapado por cueros pintados, lanzándola al aire y atajándola con la
punta de uno de sus pies para continuar con los malabarismos. Los
chiquilines fascinados miraban todo el colorido y algunos corrían
lanzándole agua o papel picado a las bailarinas. La fuerza de los
tambores iba en aumento, acelerando los corazones a su compás. Las
vedettes casi desnudas con enormes tocados de plumas zarandeaban sus
carnes a un lado y a otro provocando el deseo de los hombres que no
paraban de mirarlas, mientras sus mujeres celosas trataban de
distraerlos preguntándoles tonterías. Sesenta tamborileros vestidos
con atuendos amplios, sombreros con flecos y alpargatas atadas a las
piernas con cordones blancos iban a paso cansino luchando con el peso
de sus tambores y golpeaban con sus palos y manos las lonjas
calientes ante el aplauso enfervorizado de la multitud.
-¡Pomos,
papel picado, serpentinas... a los pomos para mojar a las
chiquilinas...!
Detrás
de la comparsa venía el carro de las reinas. Una hermosa
construcción en madera y papel pintado simulaba una escalinata donde
iban sentadas cada una de las tres muchachas elegidas; en lo alto la
Reina del Carnaval y más abajo las dos vicerreinas que saludaban con
sus manos y tiraban besos a uno y otro flanco sin dejar nunca de
sonreír. A sus pies una fuente con chorros de agua y a sus lados
palmeras creaban el ambiente paradisíaco de la alegoría.
De
ambos lados de la avenida se escuchaban los silbidos y exclamaciones
de los hombres y volaban las bombas de agua que se estrellaban contra
el carro salpicando a las muchachas y haciéndolas sobresaltar -a
veces- pero refrescándolas un poco de tanto calor.
Rodeando
al carro de las reinas medio centenar de cabezudos daba topetazos de
un lado a otro con sus caras grotescas y locas. Muchos niños se
acercaban para mojarlos pero algunos se retiraban asustados cuando se
les venían encima.
-¡Hay
helados... palito, barrita, vasito, bombón, helado...!
Ya
comenzaba a escucharse el ritmo alegre y brillante de los platillos,
el bombo y el redoblante. Eran "Los Saltimbanquis" una de
las murgas más famosas que se acercaba animadamente. Con los rostros
pintados de brillantina y con trajes bordados en hilos de oro venían
los integrantes de la murga. Cada uno con su traje de pierrot de un
color diferente: rojo, azul, verde, naranja, violeta, amarillo,
celeste, blanco... Saltaban y corrían con los gurises divirtiéndose
y divertiéndolos. Una mujer desde la acera le gritaba a uno de los
componentes del conjunto para que la saludara. El hombre con su
sonrisa pintada la miró y se acercó a darle un beso. Perdió su
gorro en el camino y debió volver a buscarlo. Luego corrió para
continuar con los demás que le hacían señas de que se apurara.
Es
eso llegó una familia, venía con un par de banquitos para que se
pararan los gurises y pudieran ver el desfile. Debieron ponerse
detrás de varias filas de gente , que se molestaron cuando ellos
intentaron acercarse un poco más al cordón.
-¡Siempre,
lo mismo! ¡Te dije que te apuraras que íbamos a llegar tarde! -le
recriminó el marido a la mujer-. ¡Ya pasaron las reinas, y esto
está que no cabe más nadie.
La
mujer lo miró con cara torcida, pero no le dijo nada.
El
marido estiraba el cuello y se ponía en puntas de pie, acomodándose
para poder ver por algún hueco dejado por las cabezas de las otras
personas que estaban delante.
Los
dos niños saltaban de contentos.
-Mirá
papá, "Amantes al Engrudo" -decía el chiquilín más
grande, que ya se conocía de memoria los nombres de los conjuntos- y
atrás vienen "Los Patos Cabreros".
La
niña, más pequeña, quería la careta de "Batichica", que
había visto al pasar el vendedor.
-Bueno,
esperá que vuelva a pasar -le dijo el padre- y avisame. Voy a ver si
tengo plata.
-Y
yo quiero la de...
-No,
nene, vos ya estás grande para careta. Tu hermana sí porque es
chiquita.
-Ahh,
dále... -dijo el niño lloriqueando.
-Dále,
fijate que conjunto viene, que no puedo ver...
-Viene
una comparsa de negros, y atrás un carro alegórico. Está
buenísimo...
Otro
carro se acercaba y todos lo aguardaban contentos. Era un "verdadero
Carro Alegórico". Hermoso, enorme, como de cuatro metros de
alto, con vivos colores y mucha iluminación. Dos figuras de cartón
se balanceaban en un movimiento continuo. Eran caricaturas de
políticos que trataban de huir de un cocodrilo que los perseguía,
situado en la parte de atrás del carro. La gente reía al darse
cuenta lo que representaban y comentaban entre sí, lo cómico que
era y si podría ganar el premio de alegorías.
-¡...a
la manzana acaramelada...!
Un
cabezudo de enorme nariz y ojos desorbitados se aproximó demasiado a
la vereda y golpeó con su cabezota a los que estaban sentados en las
primeras filas. La niña que estaba con sus padres y su hermano se
puso a gritar asustada y se escondió tras las sillas, llorando. El
cabezudo se alejó torpemente para continuar bamboleando su cuerpo
rígido de metal y cartón pintado ante otra gente.
La
niña seguía escondida tras el banquito. Entonces el padre la alzó
y la tranquilizó. Ella volvió a mirar el desfile pero cada vez que
veía acercarse algún cabezudo se ponía a gritar.
Otros
conjuntos se aproximaban a ritmo lento. Parodistas vestidos con fracs
coloridos, revistas con sus integrantes realizando complicadas
coreografías en parejas, humoristas vestidos ridículamente y
realizando chistes visuales como nuevos payasos y otras murgas y
comparsas lubolas.
La
temperatura en la avenida subía cada vez más. El bullicio también.
Las risas se entremezclaban con los aplausos y los gritos con la
música estridente. De vez en cuando, se escuchaba la sirena de una
ambulancia que venía a reanimar algún desmayado a causa del calor y
el cansancio.
Los
chiquilines asomaban sus cabecitas sentados sobre los hombros de sus
padres. Otros -ya más grandes- subidos al monumento al Gaucho-
observaban con privilegio el desarrollo del desfile. Los que mejor
veían eran quienes vivían en los apartamentos que daban a 18 de
Julio que aprovechaban para mirar desde los balcones sentados en
cómodas reposeras y tomando alguna bebida fresca. O también los que
con meses de anticipación tenían reservada alguna mesa en la
terraza de la confitería.
Los
milicos -con sus palos a la cintura- iban y venían recorriendo la
avenida y por las aceras, imponiendo orden y respeto o corriendo a
los ladrones que se aprovechaban de los distraídos para robarlos.
Por
el altavoz se nombraba a varios niños que estaban perdidos y les
pedían que se acercaran al puesto de transmisión, para volver a
encontrarse con sus padres.
Los
conjuntos fueron pasando, el calor abrasaba, con las luces y el
apretuje de la gente pero por suerte, empezaba a aflojar. Ya había
pasado medio desfile y alguna gente cansada se iba y los que
esperaban a determinado conjunto aprovechaban luego de verlo pasar
para irse.
Un
bache en el desfile hizo que fueran quedando varias sillas libres que
inmediatamente ocuparon los que estaban de pie, detrás. Hacía como
diez minutos que no desfilaba ningún conjunto ni parecía que se
acercaran más.
-¡Otra
vez se cortó! -dijo el padre sentándose- ¡Todos los años es lo
mismo!. Pasan diez o veinte comparsas y termina cortándose.
-¡Si
-dijo su mujer -después estamos como media hora para poder ver algo
más. Para mi que es por culpa de la tele, los paran para hacer
entrevistas, los demoran y claro...!
-¡Está
mal organizado!. ¡Es culpa de la Intendencia, si les pusieran una
buena multa al que se retrasa iban a ver...! Yo siempre digo que no
vengo más, me cansa esto de esperar. Pero al final, vengo por los
nenes...-dijo el padre mientras la chiquita no paraba de llorar en
sus brazos
-Sí,
claro, ellos se divierten igual, corren, se tiran papel picado y
juegan con los pomos -aseguraba la madre.
-Bueno,
por lo menos nos pudimos sentar. Así, descansamos un rato.
La
gente iba y venía de un lado para el otro por la vereda y la calle.
Algunos se reían de los que pasaban disfrazados. Un par de muchachas
de minifalda eran asediadas por varios hombres que trataban de darle
alcance y le decían cosas. Ellas apuraban el paso y se reían
nerviosas.
De
pronto alguien gritó: "¡Ahí vienen!" e inmediatamente se
formó una pasarela de gente que se lanzó al centro de la calle. La
mayoría de las sillas de madera quedaron vacías y la muchedumbre se
agolpó de pie dejando menos de la mitad del ancho de la calle para
el pasaje de los conjuntos. Venía nada menos que "Llamarada
Colonial", con su ritmo arrollador. El porta estandarte no tuvo
mayores dificultades para transitar, pero los que venían con las
banderas, debían moverlas apenas ya que no tenían espacio para
zarandearlas. El bullicio volvió y los aplausos no se hicieron
esperar al ver pasar las bailarinas sacudiendo sus bellos cuerpos
morenos. Desfilaban de dos en dos, algo apretadas hasta que llegaron
los tamborileros, que venían en filas de a ocho y un poco a la
fuerza lograron que la mayor parte del público se retirara hacia
atrás, abriéndoles paso.
En
las aceras había gente que protestaba porque se habían quedado
sentados en sus sillas pagadas y no podían ver nada por culpa de los
que estaban en el medio de la calle.
Otro
carro alegórico volvió a ensanchar la calle para poder pasar. Los
cabezudos continuaban asestando cabezazos a diestra y siniestra. La
pequeña volvió a asustarse, su madre la alzó para que se calmara.
Su hermano se reía y el padre lo reprendió por reírse de su
hermanita.
Luego
llegó el turno de murgas como "Curtidores de Diablos", "La
Milonga Nacional" y "La Línea Maginot" cada una con
sus bellos trajes coloridos; y de parodistas "Los Gabys"
vestidos con smoquins rojos, cantando y bailando al compás de una
pequeña orquesta que venía delante de ellos sobre un camión todo
iluminado. También la revista "Candilejas" que realizaba
pasos de baile y acrobacias en pareja sobre patines de ruedas,
maravillaban al público que exclamaba asombrado.
Así
pasó media hora, con la gente de pie viendo desfilar los conjuntos
de tan cerca que podrían tocar a los integrantes. Hasta que se
volvió a cortar.
Entonces
la mayoría de la gente se fue, creyendo que se había terminado. Los
que sabían que todavía faltaban conjuntos por desfilar se quedaron
dando vueltas por ahí. Unos aprovechaban a entrar en los baños de
los bares, otros directamente se sentaban a comer algo, donde
encontraban mesas libres. El carrito de los frankfurters aprovechaba
para vender sin dar abasto a la demanda. Los puestos fijos que
vendían pomos y caretas también aprovechaban para "hacer el
mango". Mientras los niños continuaban mojándose y corriéndose
unos a otros.
-¡Ahh,
yo quiero ver los otros conjuntos! -suplicaba el niño de diez años,
mientras el padre se lo llevaba de la mano.
-¡Ya
se acabó, no hay más!. ¿Qué querés ver?
-Pero
no pasaron "7 a 7 es un empate", ni "La Escuelita del
Crimen", ni...
-¡Ah,
sí! -dijo su hermanita con los ojos llorosos todavía- yo también
quiero ver...
-¡Ya
se acabó, ya es tarde y nos vamos a quedar sin ómnibus para volver,
vámonos!-. El chico se fue mirando para atrás buscando alguna señal
de que se acercaba alguna otra comparsa.
-¿Y
a vos que más te gustó? -le preguntó la madre a su hija.
-A
mi, ¡los cabezudos! -dijo con inocencia la niña. Todos se pusieron
a reír.
La
ancha avenida se hallaba cubierta de papel picado blanco y por
doquier largas serpentinas, verdes, rojas y amarillas se
arremolinaban a causa de la brisa que se había levantado y se
enganchaban en las patas de las sillas o en los pies de los
transeúntes que iban y venían conversando. Los altoparlantes
emitían sus clásicos avisos y los vendedores ambulantes continuaban
ofreciendo sus productos antes que se fuera el resto de la gente.
Cuando
ya no quedaba casi nadie, se escuchó por fin el sonido de una
batería y quienes estaban en la vuelta aprovecharon para ver pasar a
las últimas murgas y conjuntos de parodistas y humoristas. Ya era de
madrugada cuando desfiló el último conjunto.
Inmediatamente,
al terminar su pasada, se subieron al camión que los llevaría de
vuelta a sus hogares.
La
luna brillaba en lo negro del cielo y el calor había amainado. La
avenida 18 de Julio, comenzaba a quedar desierta y los empleados de
la Intendencia, vestidos con mamelucos azules, iban recogiendo las
sillas de alquiler. Con un movimiento rápido las plegaban y las iban
tirando unas sobre otras produciendo un chasquido al chocar de las
maderas. Luego las levantaban y las arrimaban a los postes de luz o a
los árboles en grupos de cincuenta, les atravesaban una cadena
gruesa por entre el hueco formado por el asiento y el respaldo y las
ataban firmemente asegurándolas con un candado. Otros empleados iban
y venían barriendo el suelo con escobillones y echando todo en sus
carritos de basura.
Lentamente,
todo se iba volviendo silencioso y unos pocos automóviles comenzaban
a surcar la avenida.