domingo, 26 de junio de 2022

Del libro "Trans-formaciones"

 


Cuando ganemos el 5 de Oro


Estaban juntos alrededor de la mesa, atentos al locutor que mostraba las cifras en el tablero luminoso. Casi todos tenían alguna boleta del 5 de Oro.

-Yo los quiero mucho -pensaba el dueño de casa- pero si llegara a sacar no sé si les diría algo. Tendría que disimular delante de todos. Pero si gano y no les digo nada capaz que se enteran igual. Y si les digo, seguro que me manguean. Ellos son buenos pero tienen sus problemas, tienen deudas, caprichos -como todo el mundo- y... pajaritos en la cabeza...

-¡Ah, si yo saco, me compro una casa en Carrasco -dijo la gorda -me voy a vivir ahí y no laburo más!

-Sí, yo tampoco -acotó su cuñado. -Lo primero que hago es poner la guita en el banco y me voy de viaje. Después veo lo que hago con el resto.

-¡Ah, no! -dijo Carlos -Yo pongo un negocio.

-¿Para qué querés un negocio? -le dijo su mujer.

-Para tener más plata -le respondió él.

-¡Vos estás loco!, seguir laburando después que tenés medio millón de dólares.

-Y... no es tanto -dijo la Tota -Mirá que después tenés otros gastos, otro estilo de vida. ¡No te dá pa' nada!

-¡Qué no te va a dar! -le retrucaron varios.

-Y sí -les respondió ofendida. -Tenés otras amistades, fiestas, regalos caros... Se va enseguida.


Él, los miraba a todos. Se peleaban por un dinero que no existía. Nunca van a verla -pensaba -porque yo me voy a ganar esa guita. Hace tres años que vengo siguiendo los mismos números y según las estadísticas tengo que sacar un día de estos. Ya tengo todo calculado: casa nueva, auto, yate, cuenta en el banco, viajar por todo el mundo. Podría comprar todas las cosas que añoré durante años...

La niña cantora pronunció el primer número, con su voz fuerte y clara.

-... es uno de los míos -pensó. -Podré aguantarme la emoción, sin duda. Yo soy un tipo muy tranquilo...

La segunda bolilla también la tenía.

-¡Yo las tengo! -exclamó el novio de la hija. -Ahora voy a poder crear el instituto.

-...¡Qué mala suerte!, tener que compartir el premio con este nabo, que es capaz de regalar la plata a los pobres. ¡A mí no me va asacar mi dinero!

La tercera bolilla rodó por el tubo de acrílico y chocó con la anterior. Tenía las tres.

-¡Ah, esa no la tengo! -exclamó el novio.

-...¡Qué suerte! Ahora toda la guita es para mí. Lo primero que voy a hacer es comprarme una pantalla de televisión de las más grandes, un súper equipo de audio con mil watts de potencia y con carrousell para compactos y una filmadora y voy a cambiar todo el mobiliario y voy a instalar un yacuzzi y...

La cuarta bolilla cayó. También la tenía. Iban las cuatro al hilo. El locutor hizo una pausa para aumentar el suspenso y recordó la cantidad en juego.

-...y voy a hacer negocios importantes y entonces voy a tener más plata y voy a comer en los mejores restaurantes y me voy a comprar los gabanes de piel de camello y voy a tener muchos sirvientes para mandar...

En la sala se hizo un silencio absoluto. Todos esperaban la última bolilla. Todos miraban el televisor para ver si por lo menos podían desquitar la jugada.

-...y no voy a tener que laburar más y voy a poder mandar al jefe a cagar y no voy a tener que verle más la cara a estos estúpidos y...

Y salió la quinta...

-¡Gané, gané! -gritaba y comenzó a dar vueltas alrededor de la sala -¡Gané, giles! ¡Soy RICO!

Todos lo miraron sorprendidos. A algunos se les subió la bronca a la cara. Pero igual lo felicitaron. Su mujer lo abrazaba.

-Bueno, ahora supongo que nos vas a invitar a tu nueva casa -le dijo el cuñado.

-Y nos vas a tirar unos mangos para la operación de la nena -le dijo la gorda -y después para mi tratamiento para adelgazar.

-¡NO! -exclamó enfurecido -¡No les voy a dar nada! ¡Es mía, toda mía!

-¡Nuestra! -le recordó su mujer -No me podés negar mi parte, la ley lo exige. Ahora me voy a poder comprar el tapado de armiño y el brazalete y el anillo... y me vas a poner una sirvienta para que cocine y haga las cosas de la casa. ¡Yo ahora no hago nada más!

-¡NO! -volvió a gritar el hombre. -¡ES MI DINERO! ¡ME VOY A IR A UNA ISLA A VIVIR SOLO Y A VOS NO TE VOY A DAR NADA PORQUE ME VOY A DIVORCIAR!

-¡No podés hacernos esto! -gritó la hija. ¡También es mi dinero! Además yo me quiero casar.

-¡QUÉ EL VAGO DE TU NOVIO TRABAJE Y TE MANTENGA! ¡YO NO LE VOY A DAR PLATA A NADIE!

Todo el grupo comenzó a rodearlo y a acercársele amenazante.

-¡DAME LA BOLETA! - vociferó la mujer.

El hombre volvió a gritar que no y trató de escabullirse. Pero los demás habían formado un cerco a su alrededor. Su mujer se fue a la cocina y volvió con el palo de amasar.

-¿DÓNDE ESTÁ LA BOLETA? -preguntó la mujer decidida.

-No te lo voy a decir -respondió burlonamente el hombre.

-Dale, ¡aflojá! No te hagás el vivo. Mirá que si no esto va a terminar mal -le advirtió su cuñado. -¡Dejate de pavadas!

El hombre viendo que no podía zafar se cruzó de brazos y se quedó mudo. Entonces la mujer se le abalanzó con el palo en la mano mientras los demás abrían el cerco para que ella pasara. La tensión era tremenda. Alguien dijo:

-¡HAY QUE REVISARLO! y enseguida le vaciaron los bolsillos buscando la ansiada boleta.

El hombre intentó resistirse pero no pudo. Al final la encontraron y comenzaron a saltar y a bailar. El hombre estaba rabioso y cuando los demás se descuidaron, él se abalanzó contra su mujer y se la quitó.

Pero entonces los otros volvieron a arrojarse sobre él para sacársela una vez más, el papel voló... y fue a parar a la estufa que estaba encendida. En pocos segundos quedó tan chamuscado que aunque lo rescataron fue imposible siquiera adivinar la jugada.


Mención de Honor XIX Concurso Dr. A. Manini Ríos (1997) organizado por A.E.D.I. - Uruguay. 



martes, 30 de noviembre de 2021

"Canis Familiaris" - (A Kafka)

 


I

Una noche se despertó Gilberto Zonzo convertido en perro. Sentía su cuerpo muy extraño y tenía calor. Una gran comezón en la espalda le hizo rascarse instintivamente con una pata. Después se quedó pensando en lo que acababa de hacer. Trató de encender la luz de la veladora pero no pudo: sus manos no le respondían, notaba los dedos cortos y las uñas largas. Asustado comenzó a tocarse; parecía tener una gran masa de pelos que le cubría todo el cuerpo, inclusive la cabeza. Al tanteársela notó que su nariz y sus mandíbulas se habían estirado, formando un hocico. Intentó gritar pero de su boca lo único que salió fue un par de ladridos. Ya sin saber que hacer y totalmente aterrado se acurrucó sobre la almohada, como un niño pequeño buscando la protección de su madre. Se puso a llorar a pesar de sus casi diecisiete años y pasó así largo rato mientras su cuerpo tiritaba, hasta que se durmió.

Cuando volvió a despertarse se filtraba un haz de luz por la ventana. Se desperezó suavemente y recordó con ligera amargura lo que creía haber sido un mal sueño. Pero entonces se vio: las manos totalmente peludas al igual que el resto del cuerpo. Nuevamente el terror le asaltó y el corazón le latió enloquecido como para salírsele del pecho. Saltó de la cama y cayó sobre sus cuatro patas, caminó lentamente, cruzó el pasillo y se dirigió al baño para observarse en el espejo. Al entrar comprobó que estaba demasiado alto para poder verse; así que con mucho esfuerzo trató de arrastrar un banco que allí había. Despacio empujando con su hocico y ayudándose con dos patas delanteras logró ponerlo enfrente del lavatorio, encima del cual se encontraba el espejo. De un salto logró colocarse sobre el banco y desde allí contempló su nueva figura. Tenía las orejas largas, dos manchas marrones a ambos lados del cuerpo que contrastaban con el resto del pelaje; su cabeza también era marrón y el aspecto general resultaba algo cómico. Movió la cola como intentando contentarse pero pronto la volvió a dejar quieta, decepcionado. El miedo ya había desaparecido y se había transformado en amargura y resignación. Sólo le quedaba por saber como reaccionaría su familia al verlo así.

Salió del baño, miró a todos lados y se puso a recorrer la casa. No encontró a nadie. Correteó un poco y contempló como la casa había crecido; el techo estaba más lejos de él y los muebles lo contemplaban amenazadores. Luego de un rato comenzó a sentir hambre, fue a la cocina en busca de algo de comida pero sólo encontró un poco de pan viejo encima de la mesa. La heladera permanecía inaccesible para él. Miró y vió nuevamente el pedazo de pan, se encaramó a la silla que estaba al lado y de allí subió a la mesa. Comía con dificultad, ayudándose con las patas delanteras. De pronto sintió un estruendo que lo sobresaltó, acababa de pegarle a una jarra que allí había y sus pedazos se esparcieron por el suelo dejando además un gran charco. A los pocos minutos, Gilberto sintió voces acercándose e inmediatamente después el ruido de una llave girando en la cerradura. Rápidamente corrió a esconderse y casi se cayó debido a los vidrios y el agua desparramada sobre el piso de la cocina. Sorteando los obstáculos se escondió bajo el sofá del living y allí se quedó. Eran sus padres que regresaban con su hermana de diez años. Sólo veía los zapatos y escuchaba sus voces. Esperó en silencio.

-¡Pero qué es este desastre! -gruñó el padre al entrar en la cocina. -¡No se puede dejar solo a Gilberto, ya rompió algo!

Gilberto aún escondido empezó a ponerse nervioso, como siempre que su padre lo rezongaba. Deseó salir para aclarar el asunto pero temió que fuera demasiado pronto.

La madre ahora barría el piso de la cocina, mientras el padre iba al cuarto de su hijo para reprenderlo.

-¡Gilberto...Gilberto! -gritó -¿dónde se habrá metido este boludo?

Sus padres lo buscaron por unos minutos, llamándole pero en vista de que no aparecía pensaron que habría salido con alguno de sus amigos.

A los pocos minutos llegó Gabriela, su hermana mayor. Gilberto decidió salir de su escondite; ella lo miró, lo acarició sin saber de quien se trataba y siguió para su cuarto mientras él la miraba alejarse.

-No me reconoció -pensó tristemente -quizás sea mejor así.

-¡Qué lindo perrito! -dijo Andrea, su hermana menor. Y se acercó también a tocarlo.

Él, la miró con sus ojos tristes como intentando explicarle lo que había ocurrido, pero ella tampoco parecía reconocerlo. Por fin, Gilberto decidió ir a su propio cuarto. Corrió hasta allí y luego saltó encima de su cama. Apareció su padre una vez más y con él, el resto de la familia. Allí estaba el perro ladrando como desesperado, saltando de la cama al piso y del piso a la cama. Todos lo quedaron mirando sin entender que era lo que quería decirles.

-¿Podemos quedarnos con el perrito? - preguntó la más chica. -Es muy lindo.

-¡No! -dijo el padre. -No quiero animales en nuestra casa.

-¡Dale, sí... por favor! -insistió la niña.

-¡No! -volvió a decir el padre -Además ya viste lo que hizo en la cocina. Lo voy a sacar de la casa.

-La verdad es que nos puede ser útil como guardián -intervino la madre -sugiero que se ponga a votación.

Gilberto las miraba atento y ladraba como aprobando lo que decían su hermana y su madre. Ahora se había bajado de la cama y estaba al lado de sus hermanas.

-No podemos -aseguró el padre -falta Gilberto; además yo ya dije que no. No sabemos de dónde salió ese perro. Si es de alguien o si está enfermo.

Gilberto se acercó a su biblioteca y poniéndose en dos patas intentó sacar un libro de la estantería. Gabriela vio que intentaba sacar el libro preferido de su hermano. Se preguntó qué diablos podría querer ese perro. La discusión proseguía y Gilberto no lograba hacerles entender quien era él. Al final ganó el padre y se dispuso a echar el perro a la calle. Todavía nadie entendía como había entrado a la casa, pero de todas formas debería irse. El perro corrió asustado a esconderse pero el padre que lo seguía de cerca lo vio cuando se metía bajo el sofá de la sala. Corrió el mueble para atraparlo, a lo que Gilberto respondió con tal tarascón que por poco le come la mano. El padre ya enfurecido fue por un palo y lo obligó a salir. El perro bajó la cabeza y se marchó lentamente por el medio de la calle. La puerta se cerró de golpe.


II

En la casa todo el mundo volvió a sus tareas. El clima era, sin embargo, tenso. Cuando se sentaron a comer, nadie mencionó palabra, todos se encontraban sumidos en sus pensamientos acerca de lo ocurrido y a la vez preocupados por la ausencia del hijo. El padre había salido a buscarlo por el barrio sin hallarlo. No se encontraba en la casa de ninguno de sus amigos, ni en la sala de "maquinitas" que tanto le gustaba frecuentar. Al llegar la noche sus padres avisaron a la policía y en los días que siguieron la labor fue intensa pero no encontraron rastros de su hijo ni en los hospitales, ni en las seccionales de policía; simplemente había desaparecido.

Gilberto por su parte, trató de sobrevivir como pudo durante varios días. Vagó por las calles, revolviendo bolsas de basura para comer algo pero todo le resultaba inmundo. Pasó hambre y se mojó. Una tarde se reunió con una jauría que seguía a una ovejera alemán muy "seductora". Tenía deseos sexuales pero no se atrevía a satisfacerlos con una perra, por más que él fuera un perro ahora. Terminó siguiendo a una bonita rubia de minifalda y se contentó con frotar su pelaje en las suaves piernas de la muchacha.

De noche se refugiaba en la entrada de alguna casa. Una noche se acurrucó en un pequeño porche, allí durmió un buen rato hasta que llegaron los dueños. Ambos estaban borrachos, el hombre se le acercó y le pegó una patada que le hizo temblar todo el esqueleto. Saltó asustado con un dolor penetrante en las costillas y se lo quedó mirando. El hombre era grande como un rancho y su mirada le hizo temer más golpes. Se sentía el olor a alcohol y las risotadas de la mujer. El hombre le gritó que se fuera y Gilberto obedeció.

Cansado de tantos rodeos, Gilberto decidió volver a su casa con la esperanza de que al verlo alguna de sus hermanas lo dejaran entrar a dormir, aunque fuera por una noche.

Después de caminar un buen rato en la oscuridad, logró llegar a su querido hogar. Su estado era lamentable: estaba sucio, tan flaco que le saltaban algunas costillas y además muy cansado. Pensando en que su familia se habría dormido comenzó a rascar la puerta con una de las patas y a gemir débilmente. Al cabo de unos pocos minutos alguien le abrió la puerta, era su hermana menor. Al verlo se le iluminó el rostro. Lo dejó entrar y rápidamente fue a traerle una manta con que cubrirlo. Después se quedó contemplándolo unos instantes mientras le rascaba el lomo. El se quedó allí, cerca de la puerta, durmiendo hasta que amaneció. Cuando se despertó fue a su viejo cuarto, sigilosamente... y allí encontró una sala de estar; ninguno de sus muebles estaba, ni la cama, ni la biblioteca, ni nada más. Entristecido volvió a echarse sobre la manta en la que había dormido.

El resto de la familia se fue levantando y cuando lo vieron comenzaron las discusiones nuevamente. Al final, el padre cedió y Gilberto se pudo quedar con ellos. El ambiente estaba cambiado, ya nada era como antes; su madre se notaba más triste y apagada, sus hermanas lo extrañaban y su padre parecía preocupado y más débil. La adquisición de ese perro quizás sirviera para alegrar un poco más la casa.


III

Los meses fueron pasando lentamente y de a poco la casa fue tomando un nuevo color. Ya casi no se mencionaba al hijo muerto y Gilberto debió con dificultad ir aprendiendo todas las costumbres de un verdadero perro. Aprendió a jugar a la pelota con sus hermanas: mordiéndola la traía y la llevaba y cuando quería impulsarla con el hocico. Tuvo que ayudarse con las patas para comer lo que le preparaba su madre. Enterraba los huesos en el fondo, bajo la higuera. Extrañaba a sus amigos, el liceo y las tardes sin hacer nada. No lo dejaban entrar a la casa más que en ocasiones especiales. Su padre le construyó una linda cucha con unas maderas; tenía techo a dos aguas pintado de blanco y el resto de color rojo; le había dado un almohadón que hacía las veces de cama y una frazada para los días de invierno. Para él, ese era su nuevo refugio.

Gilberto ya había desistido de todo intento de hacerles saber quien era. A veces cuando Gabriela estudiaba en verano bajo la frondosidad del sauce, él se le acercaba despacito para que lo acariciara. Le tomaba parte del refresco que acostumbraba beber mientras leía. Ella lo miraba con los ojos tiernos, le acariciaba la cabeza y él se acurrucaba a su lado hasta quedarse dormido.

Una tarde soleada Gilberto estaba echado bajo la sombra de los naranjos y de pronto se le ocurrió una idea: trataría de escribir su nombre en el piso de tierra para que lo vieran. Revolvió en el fondo hasta encontrar un palito lo suficientemente duro como para que no se quebrara y se acercó a Gabriela y a Andrea que estaban jugando en otra parte del terreno. Comenzó a ladrarles para que lo siguieran; al no entender qué era lo que su perro quería, las muchachas no le prestaron atención. Él prosiguió con sus intentos y mordió el bajo del pantalón de su hermana mayor, tirando con fuerza. Cuando consiguió llevarlas hasta donde quería tomó la ramita con su boca y fue escribiendo una a una las letras de su real nombre. Sin demostrar demasiado interés las muchachas miraron lo que el perro hacía. Después se dieron cuenta de lo que ocurría: estaba escribiendo la palabra "Gilberto". Las letras no salieron muy perfectas pero se notaban lo suficiente como para entenderlas. Por un momento ambas se quedaron atónitas. El ladrido del perro las sacó de ese estado. Lo abrazaron y comenzaron a llorar. El perro ladró nuevamente y juntos los tres intentaron comunicarse.

-¿Sos Gilberto? -le preguntó su hermana mayor. A lo que el perro movió la cabeza como asintiendo.

-¡Yo quiero que vuelva a ser mi hermano! -gritó su hermanita, sollozando.

-No puede -le dijo Gabriela a Andrea. -Ahora es perro y no puede volver a ser persona. -A continuación le preguntó a Gilberto. -¿Te sentís bien, así?

El perro volvió a mover la cabeza de forma que pareciera un no.

Continuaron comunicándose de esa forma por un largo rato y le prometieron ayudarlo para que su vida no fuera tan penosa. A pesar de que los padres no creyeron la historia de su transformación cuando intentaron explicársela, consiguieron que lo dejaran entrar más a la casa y que la madre le preparara mejores comidas. Cuando los padres no las veían, le traían libros para que leyera y el walkman para que pudiera escuchar su música preferida. Dentro de la casa toda la familia, incluido Gilberto, miraban la televisión.

Al pasar el tiempo la vida del ahora perro volvió a parecerse un poco más a su vieja vida de humano. Aún seguía durmiendo en su cucha y enterrando sus huesos en el fondo pero ahora tenía mejores cosas para hacer y ya casi no se aburría.

Un día, a petición de las muchachas le festejaron el cumpleaños dentro de la casa; comió en el piso pero en plato nuevo, un gran trozo de carne y como postre le sirvieron un pedazo de torta que habían hecho en su honor.


IV

Una tarde de primavera, la familia decidió salir a pasear. Fueron al parque cercano y por supuesto Gilberto los acompañó en plan de perro. Pasaron una tarde muy bella; los trinos de los pájaros se oían como nunca, los árboles llenos de verde y de flores de colores alegraban el día. Gilberto estaba contento, iba y venía correteando, tratando de mirar todo lo que tenía a su alrededor. Hacía mucho tiempo que no veía tanto movimiento ni tanta gente. En su casa la vida era más sosegada y de vez en cuando venían algunas visitas que movían un poco más el clima formal de la familia. Pero hoy veía chicos corriendo como él, por allí; algunos jugaban a la pelota y otros iban en bicicleta de un lado para el otro. También, después de mucho tiempo podía ver jóvenes de su edad y recordar los tiempos en que tenía una barra de amigos.

Luego, al caer la tarde y comenzar a refrescar, la familia reanudó la caminata de regreso. Iban contentos hablando unos con otros mientras el perro se les adelantó ladrando, por la vereda.

Habían disfrutado de esa tarde y sobre todo Gilberto que volvió a sentirse como un humano. Ya en la casa la sensación persistía, pero no se trataba solamente de eso, sino que en efecto se estaba transformando de nuevo. En pocos segundos volvió a ser un muchacho, un poco más robusto y parecía más maduro que en la época de su desaparición. Los padres lo observaron atónitos. No sabían que hacer, se limitaban a mirarlo. Luego comenzaron a abrazarlo y besarlo mientras sus hermanas aplaudían felices. Gilberto les contó su rara historia.

Decidieron organizarle una fiesta y la madre le preparó su torta preferida, rellena de dulce de leche y bañada en chocolate.

Sin embargo y a pesar de que pasaron los años, hubo algunos hábitos que Gilberto no perdió: la costumbre de dar vueltas alrededor de la cama antes de irse a dormir y el deseo de lamer un buen hueso con la comida.


2º Premio - XX Concurso Literario Dr. Alberto Manini Ríos (1998) - organizado por la Asociación Escritores del Interior (AEDI-Uruguay)

Ilustrado por: Adela Brouchy


lunes, 8 de marzo de 2021

Relax

 


I

Ana entró en el tanque plateado y quedó a oscuras. Treinta centímetros de agua y cuatrocientos kilogramos de sulfato de magnesio le permitirían "flotar" durante el tiempo deseado. El tanque se cerraba herméticamente -pero podía abrirse desde adentro- y su tamaño era de dos metros y medio de largo por uno y medio de ancho y otro tanto de altura.

Se agachó al entrar y se recostó sobre el agua superdensa. El frescor del agua y lo "mullido" de ella le permitieron relajarse casi instantáneamente. No se oía un solo sonido, no se veía ni una luz; era como flotar en medio del cosmos, pero sin estrellas.

Cerró los ojos y dejó que su mente se lanzara a divagar. No tenía tensión alguna. Sus pensamientos brotaron, uno tras otro como empujándose -en un principio- luego fueron deteniéndose de a poco; más lentos y más lentos y ya comenzaban a perder sentido. Voces sueltas, imágenes, luces que se iban distanciando unas de otras. Pronto pudo fijarse en los espacios entre las palabras y entre los pensamientos. El silencio interior se fue apoderando de su cuerpo y de su vida. Había dejado de sentir. Una enorme paz le invadió. Realmente la necesitaba, luego del estrés diario, de correr todo el día, de las imposiciones de los demás y de las críticas. Lo necesitaba. Por eso día tras día iba a la clínica y se internaba una hora en el tanque de aislamiento. No existía mejor terapia para su cuerpo y para su mente. La encargada siempre le tenía reservado el mismo turno.

Ana continuaba tumbada suave y deliciosamente pacífica. De pronto ante ella emergió una luz -estaba a oscuras allí- Una luz blanca que la bañaba totalmente. No parecía provenir de ninguna parte en particular. Una voz le dijo: "No temas, yo estoy siempre aquí". Entonces la luz blanca se transformó en una rosa de mil pétalos llenando el espacio. Realmente era hermosa.

Después comenzó a percibir cuchicheos que se transformaron en voces conocidas: ¿sus padres?, no podía ser, hacía años que habían muerto. Una alucinación, pensó. Sintió miedo y las voces inmediatamente se acallaron, la rosa se desvaneció y la luz pulsó varias veces hasta volver a la oscuridad total.

Cuando las campanitas que le avisaban que había terminado su turno empezaron a sonar, ella estaba completamente despierta y extrañada por la experiencia. ¿Habría sido un sueño?

El sonido era suave y relajante luego se iba transformando progresivamente en una música de mayor intensidad y frecuencia hasta activarle todo el cerebro. Otra persona afuera aguardaba su turno.

Abrió lentamente la puerta con el brazo semidormido. Vio la luz de la sala y escuchó el murmullo de la gente de la clínica. Se incorporó despacio y salió.

II

Luego de esa experiencia, Ana comenzó a sentirse extraña, como si no estuviera totalmente integrada a la realidad. A menudo tenía premoniciones y parecía percibir los cambios climáticos con gran exactitud, 48 horas antes de que ocurriesen. Si bien ella siempre había sido una mujer muy sensible y perceptiva que podía predecir ciertos sucesos con anterioridad, nunca se le ocurrió pensar que pudiera tener "poderes psíquicos".

Estos sucesos se tornaron más evidentes con las repetidas experiencias que tenía en el tanque de aislamiento. Era como si aquel primer suceso le hubiese activado alguna zona recóndita de su ser, desarrollándole facultades dormidas hasta entonces. Sentía temor. Por eso dejó de ir por un tiempo a la clínica.

Anotaba cada vez que tenía imágenes inquietantes en pleno día o en sus sueños lo más detalladamente posible. Estaba siempre alerta a esos sentimientos de certeza repentinos, acerca de eventos que aún no habían ocurrido. Y comprobó -no sin cierto temor- que gran parte de lo que anotaba se cumplía en pocos días. Como el asesinato del último líder israelí, la caída de un avión repleto de pasajeros en una remota zona de Asia o más cercanamente, la llegada de improviso de sus parientes. Y además, adivinaba cuando habría un temporal o una tormenta importante.

Juan -su marido- la tomaba a broma, decía que eran meras coincidencias, que esas cosas de la Parapsicología eran todos disparates. Hasta el día en que ella le advirtió que no fuera a trabajar porque presentía algo malo. Como siempre, él no le hizo caso y salió para el empleo. Pero la insistencia de ella le había retrasado. Cuando por fin llegó al trabajo se encontró con un mar de autos policiales, ambulancias y bomberos. Una bomba había explotado en las oficinas donde él trabajaba y varios de sus compañeros habían perecido o se hallaban heridos a causa de la explosión. Si hubiese llegado en hora probablemente él sería otra de las víctimas. Desde ese día Juan comenzó a creer en las visiones de Ana. Le debía la vida.

III

Después de un tiempo, Juan empezó a contarle a todo el mundo sobre los "poderes" de su mujer. Las amistades y los conocidos reaccionaban de maneras diversas, algunos no creían una palabra, otros en cambio se interesaron por lo ocurrido. Varias mujeres decidieron ir a la misma clínica, para ver si desarrollaban sus poderes, también, casi todas más para ver si podían pescar a sus maridos infieles en sus aventuras amorosas que por otra razón. Pero ninguna lo logró.

Ana comenzó a preguntarse si no sería ella que tenía esos "poderes" de antes y que las experiencias de relax solamente se los desarrollaron. Comenzó a preguntarse si no había tenido ya esas visiones y por eso se puso a recordar su vida, cada vez que algún suceso extraño le había sucedido. Al fin llegó a la conclusión de que sí los había tenido. Pocas veces, cosas a las que no le daba importancia o que creía que eran coincidencias. La vez que supo que el abuelo había fallecido antes que le avisaran por teléfono. La vez en que el muchacho con quien salía la iba a dejar por otra. El día en que quedó embarazada por primera vez, lo supo antes de hacerse el test que le daría positivo. Pero ahora tenía la impresión de que su mente se había ampliado, que podía ver sucesos de otros, o de lugares lejanos.

Su marido, ni corto ni perezoso para los números, vio el negocio enseguida y le propuso poner un consultorio de videncia. Ana se negó terminantemente. Ella no estaba dispuesta a sacarles dinero a los demás aunque pudiera "ver" lo que les sucedería. Pero Juan le decía que ella le había salvado la vida y que así también podría salvar a otros.

Entonces, su marido viendo que no conseguiría de su mujer una respuesta positiva se le ocurrió otra idea. Juntando dinero de sus amistades, compraron el equipamiento necesario para poner otra clínica. Alquilaron un local, consiguieron los tanques de aislamiento y armaron la propaganda. Juan estaba enloquecido intentando atraer a los futuros clientes.

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Y la clínica se llenó de gente.

Ana vivía a disgusto, no esperaba todo ese alboroto por algo de lo que ni siquiera sabía si era efectivo y siempre se preguntaba el "para qué". ¿Para qué quería la gente ser psíquica?, desde que ella lo había conseguido no lograba descansar en paz.

Cuando algunas personas viendo que no les ocurría nada extraño, empezaron a correr el rumor de que todo era un fraude, la clínica se fundió.


Ana volvió al tanque de aislamiento para realizar su terapia de desconexión del mundo y se dio cuenta de que lograba mayor poder. Pero un día se cansó de su marido y de todos esos planes de obtener dinero, conoció a un gurú y se fue a la India tras él para meditar.

Nunca más volvió.

Algunos dicen que se la ha visto trabajar ayudando a los niños pobres en una fundación religiosa pero nada más se sabe de ella ni de sus poderes.

viernes, 1 de enero de 2021

Fiebre de Pc

    


 Un cuento que tiene algunos años pero que hoy parece más vigente:

Desde que la empresa se modernizó E.Ficiente, A.Fanoso, D.Dicada y Su Misa no van más a trabajar, realizan el trabajo en su casa. La empresa le puso una terminal de computadora a cada uno en sus respectivos hogares y desde allí se comunican con sus jefes y con las sucursales en las otras ciudades del mundo.

Cada uno de ellos ha elegido su propio horario de trabajo. E. Ficiente luego de levantarse y desayunar se sienta en su estudio y comienza la redacción de los informes hasta la hora del almuerzo. Luego de descansar un par de horas continúa con su labor hasta la noche.

A.Fanoso hace lo mismo, aunque como es creativo siempre tiene el trabajo en la cabeza y a veces se le ocurren ideas cuando está almorzando o descansando, entonces interrumpe violentamente lo que está haciendo y se dedica a esbozar las ideas sobre la pantalla.

D.Dicada es soltera y vive sola. Generalmente es la que más trabaja. Pasa casi todo el día conectada a la red. Cuando no es por el trabajo -para divertirse- chateando con sus amigas o mirando alguna película.

Su Misa, en cambio, está casada por lo que se ha tenido que organizar de otra manera. Por lo general sus obligaciones con la empresa las realiza entre medio de las labores de la casa. Mientras se termina de cocinar la comida aprovecha para pasar los datos que el jefe le ha pedido y más tarde después que recogió a los chicos del colegio se dedica a comunicarse con los clientes en cualquier parte del mundo.

Lo bueno de esta nueva forma de trabajo es que ya no tienen que desplazarse hasta la empresa, ahorrando así tiempo y también dinero. El trabajo siempre estará allí, esperándolos para ser terminado en el cuarto de al lado.

viernes, 6 de noviembre de 2020

El Ignorante

 


Sólo sé que no sé nada.

No soy más que nadie pero tampoco menos.

Sé más que algunos pocos, en ciertos temas

y en otros no sé nada de nada.


Sólo sé que no sé nada”

dijo el viejo sabio griego.

Sólo sé que no sé nada”,

y por eso lo condenaron,

por corromper a la juventud;

le obligaron a elegir entre irse o tomar cicuta.


Sólo sé que estoy muy viejo, dijo

irme de aquí ya no me sirve para nada

prefiero la cicuta y morir en paz.


Sólo sé que no sé nada:

¿quién era el ignorante,

el viejo Sócrates que enseñaba a pensar

a los más jóvenes,

o los doctores que creían saberlo todo?


Sólo sabía que no sabía nada

Y con eso demostró que sabía más.

Hoy, nosotros te recordamos

por tu saber ejemplar.


Yo sólo sé que no sé nada,

mi viejo y querido maestro.

Por enseñármelo te doy las gracias.

Prefiero ser ignorante como tú

y no un sabio doctor que lo sabe todo.


(13/12/2008)

lunes, 7 de octubre de 2019

Hace 35 años...

        

        Las primeras elecciones nacionales en trece años se iban a llevar a cabo. Serían en noviembre y la gente clamaba por poder volver a votar otra vez luego de esa larga dictadura. 
En la televisión cada vez había más propaganda. Todo el día sonaban los jingles de los diferentes partidos, los colorados:"...la otra lista, la otra lista, la 89 Batllista, Flores Silva Senador, Sanguinetti presidente... Uruguay vencedor...!"; los blancos: "¡Una mano no basta, dame las dos!" y se veía la cara de Wilson Ferreira mientras se tomaban las manos Zumarán y Aguirre; y el Frente: "¡...vamos, vamos de frente, la vida puede ser diferente, no te detengas, vamos de frente, vamos de frente!" 
Los rostros de los candidatos desfilaban por cuanto programa nacional había en la TV hablando de las maravillosas propuestas que tenían para el futuro del país. 
Pero había otros partidos, como por ejemplo la Unión Cívica. 

Un claro odio hacia los militares iba en aumento, sobretodo entre la gente de izquierda. Pero el resto también quería que se fueran los “milicos”.

¡Al fin iba a haber Libertad, otra vez! Por fin, la gente podría salir a la calle sin miedo a que lo detuvieran y muchos cantaban las consignas de los distintos lemas en pugna.

Sólo algunos estaban molestos y criticaban la ausencia de ciertos candidatos en las elecciones. Uno estaba preso: Wilson y el otro, proscrito: Seregni. Por eso se tildaban de elecciones “tuteladas” o sucias con el fin de que ganaran otra vez los colorados. Pero en general se respiraba un aire pleno de optimismo y esperanza.

Por doquier se veían carteles de propaganda electoral pegados a las paredes de los edificios, o clavados en cuanto poste y árbol se encontrara en la vereda. Algunos árboles llegaban a tener tantos carteles con los números de las listas que alguna gente se quejaba de que matarían a los árboles al clavarle tantos clavos.
Y las pegatinas eran cosa de todos los días. Cada mañana amanecía con nuevas pintadas en muros y paredes con consignas, nombres de los candidatos y los números de las listas en pugna.

Los actos finales de cada agrupación fueron impresionantes. En todos hubo miles de personas, aunque el del Frente Amplio fue el más grande de todos y por eso muchos frentistas pensaban que ganarían las elecciones. 
Los "blancos" hicieron la "Caravana de la Victoria" que recorrió todo el país, departamento por departamento y que terminó en Montevideo. Cientos de autos sonaban sus bocinas mientras seguían al ómnibus donde viajaban Zumarán y Aguirre -la fórmula presidencial del partido Nacional- con banderas blancas y celestes por todas partes. La gente se agolpaba en las avenidas por donde iba pasando la caravana coreando consignas como: "mira qué bonito mi voto es, es azul y blanco, de Wilson es..." que era igual al del frente con un pequeño cambio en la letra: "mira que bonito mi voto es, rojo, azul y blanco, del Frente es..."..
El día de las elecciones fue un día lindo de noviembre, donde toda la gente andaba de buen humor y salvo algún desplante nadie ostentaba su orientación política pero se veía a la gente yendo a votar, feliz.
Los resultados se dieron por la noche luego de cerrar las mesas de votación y comenzar el conteo. Recién al otro día se supieron las cifras oficiales aunque faltaban contar los votos observados que serían estudiados y contabilizados en los siguientes días por la Corte Electoral. 
  Ganó la fórmula del partido Colorado: Sanguinetti-Tarigo. El Partido Nacional quedó en segundo lugar, lejos de los ganadores y el Frente Amplio salió tercero, más lejos aún.
En la televisión la euforia continuaba y en las calles muchos seguían  festejando. "...el Partido Colorado victoriosamente va..." cantaban.


El 1º de marzo de 1985 se hizo una fiesta mayúscula. Por la mañana la asunción de la fórmula presidencial Sanguinetti-Tarigo que recorrieron la avenida Libertador y 18 de Julio en un jeep descapotable del ejército con miles de personas que vivaban su paso con banderas coloradas y uruguayas y más tarde el acto en Casa de Gobierno frente a la Plaza Independencia. Todos los canales de televisión, las radios y los diarios cubrían la noticia con sus periodistas que iban y venían apurados. 
Por la noche se organizaron dos actos en sendos escenarios, uno en la plaza del Entrevero y otro en la Intendencia  con artistas de todo tipo. Los argentinos -Nito Mestre, Charly García, Los Abuelos de la Nada y Perales en el primero y todo el "cantopopu" en el otro. Ambos repletos de gente y de alegría, pues muchos artistas hacia mucho tiempo que no tocaban en el país, sobretodo los uruguayos que regresaron luego del largo exilio, como Los Olimareños.
En el interior hubo también festejos de todo tipo en distintas ciudades y la gente salía a las calles rebosante de felicidad por el retorno de la Democracia.

sábado, 31 de agosto de 2019

El hombre que respetaba las señales de tránsito


Había una vez, un señor que era muy respetuoso de todas las normas que le imponía su sociedad.
Cuentan quienes le conocieron que desde su infancia fue un niño muy agradable y sumiso; su madre lo adoraba porque pensaba que sería el ejemplo para los demás.
Un día su mamá lo llevó a una esquina donde había semáforos para el tránsito y le explicó como debía proceder ante tales aparatos. Le dijo que siempre que viera la luz verde cruzara sin miedo pero mirando y escuchando atentamente a ambos lados (no fuera que algún "loco de esos" lo atropellara con su coche). También le indicó que la luz amarilla era de advertencia y que no cruzara si veía que no le daría tiempo a llegar al otro lado. Pero le advirtió severamente e incluso lo amenazó con castigarlo -y él sabía que lo haría- si llegaba a cruzar con la luz roja:
-¡Jamás cruces con la luz roja! -le dijo. Y él obedeció.

En la escuela era un niño que siempre estaba solo; durante la clase no hablaba con nadie y siempre atendía a lo que su maestra le enseñaba. Nunca jugaba con los demás niños en el recreo y cuando salía de la escuela lo hacía en último lugar, para no correr ni cansarse; porque "¡Dios no lo permita, que transpire y le quede ese olor inmundo bajo los brazos, una verdadera ofensa para los demás!".
Siempre estaba bien peinado y perfumado, su madre se preocupaba de que su túnica estuviera impecable, sin una mancha ni una arruga. Todo esto le valió las burlas de sus compañeros que lo acosaban y lo llamaban "el almidonado".
Todos los domingos iba a misa con su madre, decía sus oraciones al irse a dormir y jamás hablaba sin permiso.

A medida que fue creciendo los muchachos de su edad se fueron alejando de él. Vivía con su mamá; leía solamente lo que le estaba permitido y se acostaba a las diez, todas las noches.
No tenía amigos ni amigas, a no ser por unos primos, tan educados como él. Tampoco tenía novia; lo que le valió el apodo de "mariposón".
Cuando comenzó a trabajar mantuvo su conducta ejemplar. Llegaba al trabajo quince minutos antes de su horario y no faltaba ni siquiera en los días de paro -lo que le valió el apelativo de "carnero"- porque para él, el trabajo era sagrado y no se debía poner en cuestión las decisiones del patrón.
Dicen que cuando por fin se casó contaba con cuarenta años. A su esposa la eligió su mamá un domingo en la iglesia. Fue entonces cuando él se le declaró en el momento de comulgar.
Ella había sido educada en un ambiente familiar muy puritano y de no ser por él, hubiera terminado de monja.
Luego de un formal noviazgo que duró tres años, los padres de ambos hicieron los preparativos para la boda.
Después de casados se fueron a vivir a la casa de él, junto con su madre. No tuvieron hijos y durante varios años vivieron felices los tres, en su ordenada vida.

Una noche muy fría de invierno tuvo que quedarse a trabajar hasta muy tarde y al regreso sufrió un infortunio que le costó la vida. Salió, llovía a cántaros, había viento fuerte y ni los perros se asomaban por la calle. Caminó una cuadra, se acercó a la esquina y como siempre esperó a que cambiara la luz...
Lo encontró un taxista a las tres de la madrugada, acurrucado al pie del semáforo en rojo que no funcionaba. Debió haber esperado demasiado...


Mención de Honor "IV Concurso Internacional de Cuento" (1995) Revista Cultural "Punto de Encuentro".


sábado, 20 de julio de 2019

Apollo





La silueta blanca bajó la escalerilla de metal muy despacio, primero un escalón, luego otro y al fin un salto hasta la superficie polvorienta. El hombre enfundado en su traje de astronauta profirió una frase que tradujo el locutor: "Es un pequeño paso para el hombre, pero un enorme paso para la humanidad".

El niño miraba la enorme pantalla en blanco y negro, sentado muy quieto y atento, mientras su familia sentada a la mesa del comedor miraba al rincón donde se hallaba el aparato marrón de madera lustrada y grandes perillas doradas.

-¡Qué fantástico! ¡A lo que ha llegado el Hombre! – dijo el padre.
-¡Bah, -opinaba el abuelo- mire si van a ir a la Luna! Es todo un set de televisión-.
-¡No! -decía la madre- ¡Mirá que es en serio, papá, están allá arriba!
-¡Mentira, es una película para embaucar a los giles! -y continuaba riéndose.

La huella del primer humano quedaría para siempre impresa sobre la superficie lunar…
Unos minutos más tarde, otro hombre vestido con su traje espacial bajaba por la escalerilla del módulo hasta la superficie y se unía al primer hombre. Armstrong y Aldrin, civil y militar -ambos realizando un sueño largamente acariciado-. El hombre era capaz de llegar a otro cuerpo celeste y sobrevivir.
La transmisión no era perfecta, por momentos la imagen se perdía y luego de unos instantes reaparecía, y el sonido también se entrecortaba, pero es que estaban transmitiendo nada menos que de la Luna, a cientos de miles de kilómetros y a través de los satélites que giraban alrededor de la Tierra las imágenes volvían a formarse para que cientos de millones de personas en todo el mundo pudieran presenciar el hecho más trascendente de toda la historia de la humanidad hasta entonces.

El niño tomó una bandera de los Estados Unidos y clavó en el suelo lunar su mástil. Los colores azul, rojo y blanco no flamearon, la bandera se mantuvo rígida para permanecer así por toda la eternidad.


El niño correteaba vestido con el traje blanco, por sobre la superficie plateada del satélite polvoriento, como cuando jugaba en la arena de la playa. Sólo que aquí no había olas que rompieran sobre la costa; todo estaba quieto y silencioso. El cielo negro con miles de estrellas brillando, como orificios en un paño color azabache. Y la Tierra asomando por detrás, tan azul...

Los Estados Unidos, por fin le habían ganado a los comunistas de la Unión Soviética; ellos habían ganado la carrera por llegar a la Luna, después que el presidente Kennedy lo prometiera al mundo entero y después que los rusos les hubieron ganado al poner un hombre en órbita.

El niño nada sabía de todo aquello, sólo caminaba junto a las dos figuras albinas como un astronauta más entre el polvo blanco de aquel disco plateado que su padre le había enseñado a identificar en el cielo nocturno.




sábado, 29 de junio de 2019

Un cuento premiado hace unos cuanto años




ELEFANTES EFERVESCENTES


Salió de la facultad y cruzó la calle en silencio. Miró a lo alto y vio una enorme luna amarillenta que se asomaba por encima de los nuevos edificios con forma de cohete. No pudo dejar de pensar si los humanos que la habitaban nos estarían viendo. 

Continuó sus pasos hasta la parada de ómnibus mientras se maravillaba por la luz que emitía el satélite en la noche. Un gran elefante rosado y fluorescente surcó el cielo con su anuncio de antiácido: "ELEFANT - El sabor que levanta". Era otro de los globos aerostáticos de propaganda que cada vez se volvían más comunes.

Por fin llegaba el ómnibus, repleto de lucecitas de colores. Los números brillantes de la cabecera lo iluminaron al acercarse. Le hizo señas. Cuando se detuvo se trepó a él. Puso la ficha en la ranura de la puerta giratoria- hacía años que ya no tenían guarda- y se encaminó a uno de los asientos libres. El coche continuó su recorrido.

***

Por doquier podían verse grandes globos luminosos anunciando todo tipo de productos. Fueron los primeros. Después comenzaron a poner carteles aéreos en las grandes avenidas, sostenidos por cuerdas desde lo alto de los edificios de la ciudad. Y el cielo se cubrió de ellos. Las estrellas desaparecieron. Y las constelaciones sólo podían observarse desde las afueras

***

-¡Mirá papá! -exclamó el niño señalando al cielo. El padre alzó los ojos y vio negras nubes que se acercaban amenazantes y rápidas oscureciendo el día. Un trueno larguísimo resonó haciendo temblar el suelo. Inmediatamente una nave plateada emergió de entre las nubes y se aproximó al lugar. Tenía forma de cigarro y se desplazaba por el aire. De pronto se detuvo. El trueno cesó y fue sustituido por una música estridente. Un gran anuncio fluorescente se encendió en la base de la nave promocionando una conocida marca de refrescos. De en medio del vehículo se abrió una compuerta y apareció un ser verdoso y cabezón con una botella en la mano. Enseguida el ser bajó por una escalerilla metálica hasta el suelo mientras la nave continuaba suspendida en el aire emitiendo la atronadora música. Luego bajaron otros seres, desplegaron una mesa y colocaron un cartel que decía: "PRUEBE AHORA EL SABOR DEL FUTURO".


El niño que aún continuaba con su padre observando el espectáculo salió corriendo hacia donde estaban los hombrecillos. El padre resignado se acercó también.

Los hombrecillos verdes llenaron varios vasos con forma de cono invertido -que parecía ser de alguna roca cristalina- con una bebida de color violáceo. El niño bebió un largo sorbo y luego otro. Los ojos comenzaron a darle vueltas en las órbitas y se puso a saltar enloquecido -al igual que las otras personas que habían probado de la singular bebida.

El padre intentó retirar a su hijo en vano. El niño continuaba pidiendo más y más y el hombrecillo le servía una y otra vez. Por fin, el padre lo tomó de un brazo con fuerza y le obligó a irse con él, ante las súplicas del infante. 

-efqwpwfjcv `p pacjkpja- dijo el hombrecillo molesto por la actitud del padre que podría hacer que otras personas siguieran su ejemplo. Entonces para evitar problemas comenzaron a repartir pegotines a todos los que se animaran a probar el refresco. La gente continuó haciendo cola y bailando al compás de la música.

***

Un grupo de operarios instalaba un enorme anuncio de desodorante en aerosol. Los hombres subidos a las escaleras sobre las azoteas de dos edificios que estaban separados por la avenida se aseguraban que el cartel no corriera riesgo de caer sobre la gente. Después descendieron de las escaleras y con el control remoto lo encendieron. Una hermosa mujer desnuda pulverizaba el producto a lo largo y ancho de su cuerpo, con movimientos muy sensuales. Al mismo tiempo emitía gemidos de placer. Luego guardaba el desodorante en un bolso que estaba a un lado y decía: "¡HAZME FELIZ, POR FAVOR, CÓMPRAME DESODOREX!". Y al cabo de unos instantes repetía la operación y pronunciaba el aviso en inglés, luego en portugués y en otros idiomas- para los miles de turistas que venían a la capital cada año.

Frente a este cartel habían colocado otro, con la imagen de un musculoso hombre, que usaba el mismo desodorante y se lo extendía por el cuerpo -ocultando su sexo tan sólo con su pierna flexionada. Y luego repetía una y otra vez, en varios idiomas: "¡MAMITA, SI ME LO COMPRÁS TE HAGO FELIZ...!

Todo esto había comenzado veinte años atrás -siguiendo la moda de otros países- en medio de uno de los peores gobiernos que se recuerden. Pese a las protestas de los grupos ecologistas que se oponían, se votó el decreto que autorizaba a cubrir zonas del espacio aéreo con publicidad. Era todo un territorio no explotado por la propaganda, así que en pocos meses se llenó de anuncios de todo tipo. El cielo se convirtió en un gran collage de marcas y productos donde apenas quedaba alguna hendidura para que por allí los astros jugaran a las escondidas. 

Se juntaron miles de firmas pidiéndole al gobierno que no permitiera más anuncios flotantes. Pero seguramente las firmas fueron guardadas en un cajón y olvidadas. Las empresas multinacionales dejaban mucho dinero y además respaldaban las campañas de los políticos.

Con el tiempo la gente se acostumbró a ver los avisos de whisky, de cigarrillos o de golosinas en vez de la Constelación de Orión y el último modelo de vaquero o de automóvil en vez de la Cruz del Sur.

Sin embargo no todos se acostumbraron. Había individuos que por la madrugada, cuando nadie los veía, se subían a las azoteas de los edificios más altos y arrojaban flechas incendiarias hacia los cartelones que inmediatamente ardían en colosales llamaradas sobre la oscuridad del cielo. Pero estos hechos fueron rápidamente reprimidos. El gobierno alegaba que los carteles no molestaban, porque si alguien no quería verlos alcanzaba con no levantar la vista al cielo y el ruido no era mayor que lo que podría hacer la gente con sus equipos de audio.

Cuando se acercaban las elecciones recrudecía la propaganda. A las radios y televisoras, el Cable, INTERNET y demás medios de comunicación, se sumaba la propaganda flotante, cubriendo el cielo con los rostros de los candidatos políticos. Rostros de decenas de metros, con miradas suplicantes o amenazadoras y con sonrisas estudiadas y falsas -cual dioses del Olimpo- que intentaban convencer a sus posibles votantes, vociferándoles sus maravillosas propuestas pre-electorales. Era como un gran coro mal armado, donde distintas tonadas se entrecruzaban intentando acallar las voces de sus adversarios superponiéndose unas a otras en una escalada que parecía no tener fin.

Por la noche era peor, ya que al disminuir el sonido del tráfico, el coro le caía a uno sobre la cabeza como una gran catarata sonora.

Mucha gente deseaba acabar con esa locura. Querían volver a caminar tranquilos por la calle, pasear por los parques con la familia, volver a la playa y ver brillar la luz del Sol en todo su esplendor. Querían contemplar el cielo en una noche estrellada y ser bañados por la blanca luz de la Luna. Pero nada de eso era posible. Por eso comenzaron a comunicarse por las terminales de computadora. Se mandaban mensajes de un lado al otro del planeta, primero intentando olvidarse de la situación y más tarde proponiendo alternativas. En otros países ocurría la misma situación y poco a poco se fue sumando gente que de todas partes tenían algo para decir.

***

-¡Tenemos que hacer algo para terminar con esto! -protestó un jardinero mientras regaba las flores de su patrona. Ya ni siquiera podemos ver el cielo y las plantas claman por un poco de sol, igual que nosotros.

-Tiene razón- le aseguró la vecina que venía de la feria-¡esto ya no se aguanta más! Está bien que con el problema de la capa de ozono nos tenemos que cuidar, pero esto...

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***

-¡Ay, que bonito! -dijo una mujer fascinada al ver los anuncios nuevos- Mirá ese cielo tan lleno de colores. ¿No es precioso? ¡Con todas esas marcas!

-Sí -le dijo su amiga- ¡El cielo azul es tan aburrido!

***

Ante tantas voces discordantes se firmó el contrato con la empresa constructora que diseñó la enorme cúpula que cubriría toda la ciudad. La idea era que la cúpula creada en material resistente, traslúcido y flexible a la vez, techara a una altura considerable la ciudad -sustituyendo los carteles y los antiguos globos- construida como un gran tablero semiesférico donde cada celda serviría de lugar para un aviso diferente que se encendería alternativamente emitiendo música y mensajes de propaganda las veinticuatro horas. Así -decían sus defensores- el cielo se volvería mucho más bonito y la lluvia y los rayos ultravioletas no afectarían a los transeúntes y todo el mundo podría ir y venir a gusto u organizar fiestas al aire libre sin temor.

La empresa comenzó los trabajos con gran presteza. Nuevamente los grupos ecologistas y gente de la oposición pusieron el grito en el cielo. Los atentados recrudecieron pero en la cúpula no surtían efecto. 

El gobierno decía: ¡el que no esté de acuerdo que se vaya a vivir al campo!

Uno de aquellos tantos días en que el sol filtrado llegaba apenas al suelo, un montón de gente se puso a caminar por el medio de la calle. El tránsito se detuvo y quienes manejaban los automóviles fueron bajando y uniéndose a la marcha. Eran miles de personas que caminaban en silencio. Algunas llevaban pancartas reclamando el sol y el cielo limpio. 

Al paso de la multitud los transeúntes distraídos, se volvían a mirar a la gente que avanzaba calma y decidida y se les unían, sin preguntar...

Cortado el paso por la policía, la gente se detuvo sin emitir palabra. Potentes altavoces ordenaron disolver la manifestación. 

Intentando amedrentar a la multitud, los oficiales dieron orden a sus tropas de prepararse.

-¡Si no se retiran nos obligaran a dispersarlos por la fuerza!

La gente miraba la boca de los fusiles con una sonrisa en el rostro y en silencio. El conteo comenzó:

-TRES. Por favor, no queremos emplear la fuerza, pero si no se van, no nos quedará otra opción. ¿Es lo que quieren?

-¡Queremos el Sol! -gritaron algunos. ¡Queremos vivir en paz! -dijeron otros. Y volvieron a callar.

-DOS -se escuchó por los altoparlantes.

La gente continuaba silenciosa e inmóvil.

-UNO. ¡Váyanse por donde vinieron!

Nadie se movió...

Había llegado la orden de no reprimir. Por los altavoces se escuchó al Presidente que anunciaba la limitación de los espacios de propaganda, a petición de las grandes empresas que al ver lo que estaba ocurriendo aquí y en otras partes del mundo decidieron aceptar el pedido de la gente.

En pocos minutos llegaron camiones cargados de operarios y helicópteros y comenzaron a desarmar la cúpula parte por parte. El ruido de los altavoces se acalló por fin mientras el sol poco a poco volvía a iluminar la ciudad plenamente.

La gran masa de gente se dispersó y los policías se retiraron.

Muchos hombres y mujeres se fueron caminando tomados de la mano para admirar el fascinante cielo del atardecer y se quedaron hasta la noche junto con sus familias contemplando el firmamento que otra vez aparecía tachonado de estrellas...

Y por el horizonte, un gran elefante rosado volvió a surcar el cielo, con su habitual anuncio de antiácido.


1er. Premio - XXIII Concurso Dr. A. Manini Ríos (A.E.D.I) 

(Publicado por el diario Ultimas Noticias en su edición del día 7 de abril de 2001).

Editado en el libro "Crónicas del Tercer Milenio" - 2007.