viernes, 10 de abril de 2009

Fuga de Cerebros

El cerebro de mi amigo se fugó. Se le escapó por la oreja. Una noche se acostó a dormir después de hacer las cosas de todos los días. Se sentía fenómeno y a las once de la noche preparó una bolsa de agua caliente y se metió entre las sábanas. Soñó cosas raras. Al otro día cuando se despertó no se acordaba de nada. Ni siquiera podía recordar su nombre. Avanzaba torpemente dándose contra las paredes. Las manos y las piernas no le respondían.
Yo llegué a su casa por casualidad, para saludarlo. Toqué timbre. Pasaron varios minutos. Cuando ya me iba la puerta se abrió y él asomó su cabeza. Estaba extraño; los ojos vacíos. No me reconoció. Entré y él se limitó a sentarse en un sillón cercano a la puerta. Traté de saber qué le ocurría, apenas balbuceaba, era difícil entenderle. Parecía como si todo su cuerpo actuara por inercia, por el acostumbramiento de todos los días: manos, brazos, piernas, ojos, boca, hasta su respiración era extraña.
Me puse a buscar por todos lados, nada encontré. Pero la casa estaba algo revuelta y había desparramados por el suelo, ropa y otros objetos, sin ton ni son. Fue entonces cuando me di cuenta de las manchas en el piso. Era como una marca dejada por algo al arrastrarse. Me agaché para comprobar de qué se trataba. Al tocarla, una mancha pegajosa -de color gris pálido– se adhirió a mis dedos. Provenía de la cama y proseguía a través del pasillo, pasaba por el living y llegaba hasta la puerta. Miré a mi amigo, aún estaba sentado con la cara vuelta hacia un costado: un hilo de baba pendía de su boca semiabierta. Volví hacia la puerta y salí a la calle.
El rastro continuaba su curso –fuera lo que fuera-, había pasado por debajo de la puerta y seguía por la vereda de la calle. Intrigado por lo que podría ser y sin saber adonde iría a parar, continué mi camino apresuradamente. Por momentos me costaba darme cuenta si continuaba o no, porque las baldosas disimulaban su color. Charcos de agua borraban las huellas. Con la cabeza llena de preguntas doblé la esquina. El rastro tomaba por esta otra calle. Después de mucho caminar y de cruzar calles y más calles, llegué a la escollera…
Al llegar al muro de contención, el rastro se acababa, como si la cosa se hubiera arrojado al mar.
Volví a la casa de mi amigo y como pude lo cargué; nos metimos en un taxi y lo llevé al médico. Al hacerle un electroencefalograma, éste reveló que su cráneo estaba vacío. Yo no le había contado del rastro que hallé por miedo a que me creyera loco, pero ahora todo parecía aclararse.
El doctor me aseguró que no era tan raro porque él había atendido un par de casos más.
-Parece ser –me dijo – que por algún virus no identificado todavía, los cerebros se independizan de sus dueños y se les escapan cuando éstos duermen. Generalmente se da en jóvenes que quieren desarrollarse en su país y no pueden, pero que no quieren abandonar su tierra-.
No había nada que hacer, cuidarlo.
En alguna ocasión incluso, misteriosamente, el cerebro había vuelto luego de algunos meses o años a su antiguo dueño. Me recomendó que esperara…
Ahora, cuando voy por la calle miro a la gente y de vez en cuando veo personas con los ojos perdidos que caminan como robots; no sé si les pasará lo mismo. Sólo deseo que esté donde esté ese cerebro maldito, vuelva a la cabeza de mi amigo algún día.
1er. Premio – Concurso de Cuentos Juvenil 1994- Organizado por el Taller de Creatividad Literaria.
Publicado en el libro: “Trans-formaciones” – (cuentos – 1997).