viernes, 30 de enero de 2026

¡Viva Momo!

 

-...al Pop acaramelado... al Pop...

El bullicio de la gente agolpada a lo largo de la avenida principal era constante. Algunos se sentaban en las sillas de madera plegables que ponía la Intendencia para la ocasión y muchos otros permanecían de pie, detrás de los que estaban sentados, abarcando toda la vereda en varias filas. Quedaba apenas un breve espacio para que pasaran otros buscando un lugar para ver el desfile o armando alboroto medio borrachos o en patotas metiéndose con las gurisas que pasaban con poca ropa. Las luces de la calle estaban todas encendidas junto a los adornos carnavaleros que mostraban caretas, serpentinas y arlequines multicolores.

Algunas niñas disfrazadas de Hada Madrina o Cenicienta eran la atracción de sus padres y los varones vestidos de Pirata o como el Hombre-Araña, correteaban inquietos y gritaban mojándose unos a otros mientras la gente aguardaba impaciente el comienzo del desfile.

-¡Allá viene el carro de la reina... -gritaban los chiquilines, entusiasmados -y los cabezudos!

El repiquetear de los tamboriles se volvía cada vez más fuerte haciéndoles mover los pies a muchos de los espectadores que se ponían ansiosos.

-¡A la caretita, a la caretita; tengo la careta de Batman, de la Pantera Rosa, de Frankenstein... a diez pesos la caretita...!

Al paso lento de los tambores se alzaba el imponente estandarte rojo y negro que decía: "Marabunta" -la comparsa lubola que abría el desfile-. Detrás, el revoleo de las banderas, medias lunas y estrellas; y una larga fila de bailarinas que sacudían sus trapos verdes, negros y dorados cada una con sus copetes brillantes. El escobero hacía proezas con su escobita, girándola sobre su cuerpo tapado por cueros pintados, lanzándola al aire y atajándola con la punta de uno de sus pies para continuar con los malabarismos. Los chiquilines fascinados miraban todo el colorido y algunos corrían lanzándole agua o papel picado a las bailarinas. La fuerza de los tambores iba en aumento, acelerando los corazones a su compás. Las vedettes casi desnudas con enormes tocados de plumas zarandeaban sus carnes a un lado y a otro provocando el deseo de los hombres que no paraban de mirarlas, mientras sus mujeres celosas trataban de distraerlos preguntándoles tonterías. Sesenta tamborileros vestidos con atuendos amplios, sombreros con flecos y alpargatas atadas a las piernas con cordones blancos iban a paso cansino luchando con el peso de sus tambores y golpeaban con sus palos y manos las lonjas calientes ante el aplauso enfervorizado de la multitud.

-¡Pomos, papel picado, serpentinas... a los pomos para mojar a las chiquilinas...!

Detrás de la comparsa venía el carro de las reinas. Una hermosa construcción en madera y papel pintado simulaba una escalinata donde iban sentadas cada una de las tres muchachas elegidas; en lo alto la Reina del Carnaval y más abajo las dos vicerreinas que saludaban con sus manos y tiraban besos a uno y otro flanco sin dejar nunca de sonreír. A sus pies una fuente con chorros de agua y a sus lados palmeras creaban el ambiente paradisíaco de la alegoría.

De ambos lados de la avenida se escuchaban los silbidos y exclamaciones de los hombres y volaban las bombas de agua que se estrellaban contra el carro salpicando a las muchachas y haciéndolas sobresaltar -a veces- pero refrescándolas un poco de tanto calor.

Rodeando al carro de las reinas medio centenar de cabezudos daba topetazos de un lado a otro con sus caras grotescas y locas. Muchos niños se acercaban para mojarlos pero algunos se retiraban asustados cuando se les venían encima.

-¡Hay helados... palito, barrita, vasito, bombón, helado...!

Ya comenzaba a escucharse el ritmo alegre y brillante de los platillos, el bombo y el redoblante. Eran "Los Saltimbanquis" una de las murgas más famosas que se acercaba animadamente. Con los rostros pintados de brillantina y con trajes bordados en hilos de oro venían los integrantes de la murga. Cada uno con su traje de pierrot de un color diferente: rojo, azul, verde, naranja, violeta, amarillo, celeste, blanco... Saltaban y corrían con los gurises divirtiéndose y divertiéndolos. Una mujer desde la acera le gritaba a uno de los componentes del conjunto para que la saludara. El hombre con su sonrisa pintada la miró y se acercó a darle un beso. Perdió su gorro en el camino y debió volver a buscarlo. Luego corrió para continuar con los demás que le hacían señas de que se apurara.

Es eso llegó una familia, venía con un par de banquitos para que se pararan los gurises y pudieran ver el desfile. Debieron ponerse detrás de varias filas de gente , que se molestaron cuando ellos intentaron acercarse un poco más al cordón.

-¡Siempre, lo mismo! ¡Te dije que te apuraras que íbamos a llegar tarde! -le recriminó el marido a la mujer-. ¡Ya pasaron las reinas, y esto está que no cabe más nadie.

La mujer lo miró con cara torcida, pero no le dijo nada.

El marido estiraba el cuello y se ponía en puntas de pie, acomodándose para poder ver por algún hueco dejado por las cabezas de las otras personas que estaban delante.

Los dos niños saltaban de contentos.

-Mirá papá, "Amantes al Engrudo" -decía el chiquilín más grande, que ya se conocía de memoria los nombres de los conjuntos- y atrás vienen "Los Patos Cabreros".

La niña, más pequeña, quería la careta de "Batichica", que había visto al pasar el vendedor.

-Bueno, esperá que vuelva a pasar -le dijo el padre- y avisame. Voy a ver si tengo plata.

-Y yo quiero la de...

-No, nene, vos ya estás grande para careta. Tu hermana sí porque es chiquita.

-Ahh, dále... -dijo el niño lloriqueando.

-Dále, fijate que conjunto viene, que no puedo ver...

-Viene una comparsa de negros, y atrás un carro alegórico. Está buenísimo...

Otro carro se acercaba y todos lo aguardaban contentos. Era un "verdadero Carro Alegórico". Hermoso, enorme, como de cuatro metros de alto, con vivos colores y mucha iluminación. Dos figuras de cartón se balanceaban en un movimiento continuo. Eran caricaturas de políticos que trataban de huir de un cocodrilo que los perseguía, situado en la parte de atrás del carro. La gente reía al darse cuenta lo que representaban y comentaban entre sí, lo cómico que era y si podría ganar el premio de alegorías.

-¡...a la manzana acaramelada...!

Un cabezudo de enorme nariz y ojos desorbitados se aproximó demasiado a la vereda y golpeó con su cabezota a los que estaban sentados en las primeras filas. La niña que estaba con sus padres y su hermano se puso a gritar asustada y se escondió tras las sillas, llorando. El cabezudo se alejó torpemente para continuar bamboleando su cuerpo rígido de metal y cartón pintado ante otra gente.

La niña seguía escondida tras el banquito. Entonces el padre la alzó y la tranquilizó. Ella volvió a mirar el desfile pero cada vez que veía acercarse algún cabezudo se ponía a gritar.

Otros conjuntos se aproximaban a ritmo lento. Parodistas vestidos con fracs coloridos, revistas con sus integrantes realizando complicadas coreografías en parejas, humoristas vestidos ridículamente y realizando chistes visuales como nuevos payasos y otras murgas y comparsas lubolas.

La temperatura en la avenida subía cada vez más. El bullicio también. Las risas se entremezclaban con los aplausos y los gritos con la música estridente. De vez en cuando, se escuchaba la sirena de una ambulancia que venía a reanimar algún desmayado a causa del calor y el cansancio.

Los chiquilines asomaban sus cabecitas sentados sobre los hombros de sus padres. Otros -ya más grandes- subidos al monumento al Gaucho- observaban con privilegio el desarrollo del desfile. Los que mejor veían eran quienes vivían en los apartamentos que daban a 18 de Julio que aprovechaban para mirar desde los balcones sentados en cómodas reposeras y tomando alguna bebida fresca. O también los que con meses de anticipación tenían reservada alguna mesa en la terraza de la confitería.

Los milicos -con sus palos a la cintura- iban y venían recorriendo la avenida y por las aceras, imponiendo orden y respeto o corriendo a los ladrones que se aprovechaban de los distraídos para robarlos.

Por el altavoz se nombraba a varios niños que estaban perdidos y les pedían que se acercaran al puesto de transmisión, para volver a encontrarse con sus padres.

Los conjuntos fueron pasando, el calor abrasaba, con las luces y el apretuje de la gente pero por suerte, empezaba a aflojar. Ya había pasado medio desfile y alguna gente cansada se iba y los que esperaban a determinado conjunto aprovechaban luego de verlo pasar para irse.

Un bache en el desfile hizo que fueran quedando varias sillas libres que inmediatamente ocuparon los que estaban de pie, detrás. Hacía como diez minutos que no desfilaba ningún conjunto ni parecía que se acercaran más.

-¡Otra vez se cortó! -dijo el padre sentándose- ¡Todos los años es lo mismo!. Pasan diez o veinte comparsas y termina cortándose.

-¡Si -dijo su mujer -después estamos como media hora para poder ver algo más. Para mi que es por culpa de la tele, los paran para hacer entrevistas, los demoran y claro...!

-¡Está mal organizado!. ¡Es culpa de la Intendencia, si les pusieran una buena multa al que se retrasa iban a ver...! Yo siempre digo que no vengo más, me cansa esto de esperar. Pero al final, vengo por los nenes...-dijo el padre mientras la chiquita no paraba de llorar en sus brazos

-Sí, claro, ellos se divierten igual, corren, se tiran papel picado y juegan con los pomos -aseguraba la madre.

-Bueno, por lo menos nos pudimos sentar. Así, descansamos un rato.

La gente iba y venía de un lado para el otro por la vereda y la calle. Algunos se reían de los que pasaban disfrazados. Un par de muchachas de minifalda eran asediadas por varios hombres que trataban de darle alcance y le decían cosas. Ellas apuraban el paso y se reían nerviosas.

De pronto alguien gritó: "¡Ahí vienen!" e inmediatamente se formó una pasarela de gente que se lanzó al centro de la calle. La mayoría de las sillas de madera quedaron vacías y la muchedumbre se agolpó de pie dejando menos de la mitad del ancho de la calle para el pasaje de los conjuntos. Venía nada menos que "Llamarada Colonial", con su ritmo arrollador. El porta estandarte no tuvo mayores dificultades para transitar, pero los que venían con las banderas, debían moverlas apenas ya que no tenían espacio para zarandearlas. El bullicio volvió y los aplausos no se hicieron esperar al ver pasar las bailarinas sacudiendo sus bellos cuerpos morenos. Desfilaban de dos en dos, algo apretadas hasta que llegaron los tamborileros, que venían en filas de a ocho y un poco a la fuerza lograron que la mayor parte del público se retirara hacia atrás, abriéndoles paso.

En las aceras había gente que protestaba porque se habían quedado sentados en sus sillas pagadas y no podían ver nada por culpa de los que estaban en el medio de la calle.

Otro carro alegórico volvió a ensanchar la calle para poder pasar. Los cabezudos continuaban asestando cabezazos a diestra y siniestra. La pequeña volvió a asustarse, su madre la alzó para que se calmara. Su hermano se reía y el padre lo reprendió por reírse de su hermanita.

Luego llegó el turno de murgas como "Curtidores de Diablos", "La Milonga Nacional" y "La Línea Maginot" cada una con sus bellos trajes coloridos; y de parodistas "Los Gabys" vestidos con smoquins rojos, cantando y bailando al compás de una pequeña orquesta que venía delante de ellos sobre un camión todo iluminado. También la revista "Candilejas" que realizaba pasos de baile y acrobacias en pareja sobre patines de ruedas, maravillaban al público que exclamaba asombrado.

Así pasó media hora, con la gente de pie viendo desfilar los conjuntos de tan cerca que podrían tocar a los integrantes. Hasta que se volvió a cortar.

Entonces la mayoría de la gente se fue, creyendo que se había terminado. Los que sabían que todavía faltaban conjuntos por desfilar se quedaron dando vueltas por ahí. Unos aprovechaban a entrar en los baños de los bares, otros directamente se sentaban a comer algo, donde encontraban mesas libres. El carrito de los frankfurters aprovechaba para vender sin dar abasto a la demanda. Los puestos fijos que vendían pomos y caretas también aprovechaban para "hacer el mango". Mientras los niños continuaban mojándose y corriéndose unos a otros.

-¡Ahh, yo quiero ver los otros conjuntos! -suplicaba el niño de diez años, mientras el padre se lo llevaba de la mano.

-¡Ya se acabó, no hay más!. ¿Qué querés ver?

-Pero no pasaron "7 a 7 es un empate", ni "La Escuelita del Crimen", ni...

-¡Ah, sí! -dijo su hermanita con los ojos llorosos todavía- yo también quiero ver...

-¡Ya se acabó, ya es tarde y nos vamos a quedar sin ómnibus para volver, vámonos!-. El chico se fue mirando para atrás buscando alguna señal de que se acercaba alguna otra comparsa.

-¿Y a vos que más te gustó? -le preguntó la madre a su hija.

-A mi, ¡los cabezudos! -dijo con inocencia la niña. Todos se pusieron a reír.


La ancha avenida se hallaba cubierta de papel picado blanco y por doquier largas serpentinas, verdes, rojas y amarillas se arremolinaban a causa de la brisa que se había levantado y se enganchaban en las patas de las sillas o en los pies de los transeúntes que iban y venían conversando. Los altoparlantes emitían sus clásicos avisos y los vendedores ambulantes continuaban ofreciendo sus productos antes que se fuera el resto de la gente.

Cuando ya no quedaba casi nadie, se escuchó por fin el sonido de una batería y quienes estaban en la vuelta aprovecharon para ver pasar a las últimas murgas y conjuntos de parodistas y humoristas. Ya era de madrugada cuando desfiló el último conjunto.

Inmediatamente, al terminar su pasada, se subieron al camión que los llevaría de vuelta a sus hogares.

La luna brillaba en lo negro del cielo y el calor había amainado. La avenida 18 de Julio, comenzaba a quedar desierta y los empleados de la Intendencia, vestidos con mamelucos azules, iban recogiendo las sillas de alquiler. Con un movimiento rápido las plegaban y las iban tirando unas sobre otras produciendo un chasquido al chocar de las maderas. Luego las levantaban y las arrimaban a los postes de luz o a los árboles en grupos de cincuenta, les atravesaban una cadena gruesa por entre el hueco formado por el asiento y el respaldo y las ataban firmemente asegurándolas con un candado. Otros empleados iban y venían barriendo el suelo con escobillones y echando todo en sus carritos de basura.

Lentamente, todo se iba volviendo silencioso y unos pocos automóviles comenzaban a surcar la avenida.