Hace unos años, comencé con un sarpullido que me picaba mucho en la espalda. Fui a ver al doctor que me recetó una pomada y me dijo que era Herpes. El herpes o culebrilla es una reacción por la baja de las defensas generalmente debido al estrés. Como lo que me dio el médico no parecía hacerme nada, empecé a preocuparme. La culebrilla iba creciendo y extendiéndose por mi espalda y dando la vuelta hacia el pecho. Cada vez me picaba y dolía más. Las pústulas eran duras y supuraban un líquido desagradable.
Cuando lo comenté con las vecinas en el almacén, una de ellas me dijo:
-¡Ay, tiene que tener cuidado que la cola no se junte con la cabeza! ¡Si no es peligrosísimo!
Y entonces yo me asusté.
-¿Por qué no va a ver a Doña Rosa? -me sugirió la otra. Con lo que salí del almacén más nerviosa.
Doña Rosa vivía en una casa humilde de nuestro barrio. Tenía más de sesenta años y era muy canosa. Por lo que sé, hacía más de treinta años que vivía de lo que ganaba haciendo "trabajos" y sanaciones.
Una vecina comentaba que encendía velas rojas y que invocaba a Satanás para algunos trabajos. Y por eso, algunos niños del barrio le temían porque decían que era una bruja que hacía hechizos y no querían acercarse a su casa. Una vez -aseguraban- había hechizado a un niño y él ya no quería comer.
Yo no la conocía pues ella no salía mucho a la calle. Y no sabía bien si creer a los que hablaban mal de ella. Además, tenía temor de esos procedimientos que parecían propios de supersticiosos y de que la mujer fuera una persona peligrosa pero como estaba tan cerca me hice de valor, ya que el dolor me resultaba insoportable y fui a su casa de tarde temprano.
La casita aunque modesta era bonita, con una ventana que daba a la calle y había un par de macetones con malvones sobre el murito. Toqué timbre y aguardé un par de minutos. Se asomó una muchacha joven que me preguntó qué deseaba. Le expliqué y entonces me hizo pasar. Luego se fue para llamar a su madre.
Dentro, todo era muy prolijo, por lo menos el living, de paredes claras, donde había una mesita ratona en el centro y dos sillones algo antiguos tapizados con flores rojas y azules; y algunos viejos cuadros de paisajes colgados en las paredes. No se veían referencias al diablo ni símbolos extraños.
Entonces apareció una anciana.
-¿Qué le anda pasando, señora? - dijo. Ella tenía una mirada penetrante, sin embargo, su voz era agradable.
Dudando un poco si habría hecho bien, le conté lo que me sucedía. Ella me tranquilizó y me ofreció tomar un té. Después me pidió que me quitara la ropa y le mostrara.
-¡Ay, m'hija, debe estar desesperada! No se preocupe. Vamos a tratarla y se va a curar. En tres días se le va a ir.
Yo pensé que no sería tan rápido pues cada vez era más fuerte el dolor y más larga la reacción.
-¿Usted es creyente? -empezó diciendo y me miró con ojos inquisitivos.
-Sí.
Sacó una estampita de la Virgen María y me la dio para que la tuviera en la mano. Luego tomó un crucifijo que parecía de plata y persignándose comenzó a pasármelo por toda la espalda donde yo tenía el sarpullido. Iba diciendo en voz baja oraciones; le escuché mencionar a la Virgen y a Jesús varias veces.
Luego me dijo que me vistiera y agregó:
-Vaya a la yuyería de acá a la vuelta y pida que le den Yerba Carnicera. La hierve en un litro de agua y cuando esté fría moja un algodón en el agua y se lo pasa con cuidado por toda la culebrilla. Pídale a su esposo para que se lo pase donde usted no alcance. Hágalo tres veces por día: mañana, tarde y noche.
Le pregunté cuánto le debía y me dijo que le diera lo que yo quisiera que ella no cobraba.
Me despedí. No sé si fue sugestión pero esa noche dormí mejor, parecía que la picazón había amainado. Por supuesto, hice lo que me mandó.
Al tercer día la culebrilla se había secado. Ya prácticamente no me dolía ni picaba y los granos ya no supuraban.
Un par de años más tarde, cuando mi hijo pequeño sufrió de empacho volví a lo de Doña Rosa. Ella me escuchó con atención lo que le conté. Me respondió que la aguardara un momento, que me acompañaría.
Cruzamos lentamente la calle hasta casa. Mi marido no estaba y mi hijo pequeño se encontraba en la cama, su hermana mayor lo estaba cuidando mientras yo iba a buscar a la señora.
Entramos. Ni bien Doña Rosa le vio la cara, me dijo:
-Sí, me parece que su hijo está empachado. -Sacó de su cartera una cinta métrica y me aclaró -Vamos a medirlo para ver que tan grande es el empacho.
Me dijo que sentara al niño en la cama. Luego procedió a poner la cinta sobre el estómago de mi hijo y me mandó a que se la sostuviera tratando de que él no se moviera. Mientras ella caminaba hacia atrás con mucho cuidado, iba estirando la cinta hasta que ésta quedó tirante y entonces apoyando su codo sobre la punta que sostenía comenzó a "medir" desde el codo hasta la punta de sus dedos mientras se acercaba al vientre del niño. con cada “codo” que medía y ahí apoyó el extremo de la cinta haciendo que yo dejara caer lo que sobraba para verificar la distancia. Midió 3 codos. Por tres veces repitió la operación. Las puntas de sus dedos –algo temblorosos- tocaron la barriga de mi hijo. Entonces pidió silencio, se persignó tres veces y volvió a "medir los 3 codos" y esta vez las puntas de los dedos de ella no llegaron al estómago del niño sino a su frente. No sé cómo pudo ser pero así fue.
-¡Uy! -exclamó ¡Flor de empacho tiene este niño! Vamos a tener que sacárselo. Le voy a tirar el cuerito.
Mi hijo la miraba con ojos asustados. Yo lo tranquilicé hablándole y diciéndole que esa señora lo iba a curar.
Ella me pidió que lo acostara boca abajo y que le subiera el busito para que quedara la espalda desnuda.
Luego, se acercó a él y le dijo:
-Quietito -y agarrándole la piel de la espalda, más o menos al medio, sobre la columna con dos nudillos tiró con fuerza. La piel estaba como pegada a la columna y luego de un par de tirones crujió y se separó un poco.
Mi hijo comenzó a llorar porque le dolió.
-Bueno, ahora abríguelo y déle poco de comer -me recomendó- Y dándose vuelta lo saludó a mi hijo y se despidió de él. -Mañana tengo que volver para ver si ya se le bajó el empacho. No se preocupe que se va a aliviar.
Yo la acompañé a la puerta y la despedí.
Mi hijo se sentía mal y no le gustó todo eso pero debía conformarse.
Al otro día, de tarde, más o menos a la misma hora Doña Rosa volvió. Tocó el timbre y fui a abrirle. Mi hijo estaba asustado y no quería que ella lo midiera porque sabía que le iba a doler otra vez cuando lo tocara. Al final, luego de sujetarlo entre mi hija y yo lo pudimos dejar quieto.
Ella al igual que el día anterior volvió a "medir" los codos y repitió el procedimiento. Tiró del cuerito y se fue. Al parecer mi hijo ya estaba algo mejor.
Al tercer día, cuando volvió ella y comenzó otra vez la operación sucedió algo extraordinario, luego de las 3 medidas y las persignaciones midió nuevamente y las puntas de los dedos tocaron el estómago del niño.
-¡Bueno, ya no tiene empacho! -aseguró-.
Yo respiré aliviada. Esa vez tampoco me quiso cobrar, así que le di lo que me pareció adecuado. Por lo menos, había hecho lo que los médicos no hacían.
Esas fueron algunas de las veces que Doña Rosa nos trató. Sé, por algunas vecinas que ella también logró "unir" nuevamente a parejas que estaban distanciadas. En un caso parece que hizo que la amante de un vecino se fuera del país y no volviera más.
Doña Rosa falleció cuando ya era muy vieja según supe. En el barrio casi todos la apreciaban porque iban con ella cada vez que la necesitaban.
Murió como vivió, humildemente. Su hija heredó sus dotes y al igual que ella continuó su legado. Empacho, Mal de Ojo, Culebrilla, problemas de pareja...