lunes, 15 de diciembre de 2025

Un viaje en tren

 



Al atardecer llegamos a la Estación Central, mis padres y yo. Viajábamos al interior para reunirnos con el resto de la familia y pasar juntos las fiestas. Afuera, a la entrada, había cinco estatuas, cuatro eran de célebres inventores y científicos y en el centro se destacaba la estatua de Artigas de pie y con el sombrero en una mano, entre medio de las columnas que daban al pórtico.


Al entrar al gran hall donde la gente iba y venía apurada con valijas y paquetes, se escuchaban los sonidos de los pitos de los ferrocarriles y de las enormes máquinas a vapor que llegaban o partían. En la pared del frente había un precioso vitreaux por donde entraba la luz del sol que se reflejaba sobre el piso de baldosas de la estación.

Tras las rejas negras que separaban el hall del resto de la estación se hallaban los andenes numerados por donde corrían las vías. Al principio de cada uno había dos enormes topes de metal iguales a los que tenían las locomotoras al frente y que chocaban suavemente cuando frenaban.

Un par de kioskos de diarios, y la boletería completaban los servicios del lugar.

Por un pasaje separado de la estación a la izquierda se encontraba el famoso "Restaurante del Ferrocarril".

Al fondo del andén, donde terminaba el techo curvo de chapa y vidrio podía verse el cielo celeste y a lo lejos las vías perdiéndose entre los postes de las señales y semáforos que servían para ordenar la llegada y partida de los ferrocarriles.


Nuestro tren llegó con su característico ruido cadencioso. Tenía varios vagones adosados a la enorme y maciza locomotora, todos de madera de color marrón oscuro. Por los altoparlantes nombraron nuestro destino "Paysandú" y el número de andén que nos correspondía. Mi padre agarró las valijas que llevábamos para el viaje y nos apuró a mi madre y a mi.

Nos acercamos a la plataforma de hormigón, el foso que quedaba entre andén y andén era profundo, pero el ferrocarril quedaba bien arrimado a ambos lados de las plataformas, de modo que era fácil subir por la escalerita de metal cromado que tenía cada vagón.

Una vez dentro, nos ubicamos en los asientos colocados contra las ventanillas. El ancho pasillo atravesaba el vagón hasta la puerta del fondo y a ambos lados se ubicaban los asientos de cuero que eran dobles, de manera que algunos pasajeros viajaban mirando hacia adelante, y otros de espaldas. Eso fue lo que más me llamó la atención porque en los ómnibus en que estaba acostumbrada a viajar los asientos iban mirando hacia adelante.

A los pocos minutos de acomodarnos sonó el silbato y el guarda de la estación dio el último aviso de partida para que se apuraran a subir los pasajeros retrasados. El tren comenzó a moverse lento, al principio, con sus resoplidos y luego fue ganando velocidad. Salimos a la luz del atardecer.

Me sentía feliz por ir a visitar a mis tíos y porque me gustaba pasear.

Luego de un rato el murmullo de la gente fue disminuyendo. Salvo cuando llegábamos a una estación en que el tren se detenía y subían algunos pasajeros, luego volvía a quedar todo más tranquilo. Las luces principales del vagón se apagaron.

Cuando salimos de Montevideo las estaciones estaban más alejadas y el tren ya no se detenía mucho. El traqueteo del ferrocarril era constante, el sonido que producía el golpeteo de las ruedas sobre las vías me adormecía pero a pesar de eso, todos dormían, salvo yo. Afuera, la noche iba cayendo, la luna todavía no había salido y la oscuridad del campo era monótona. El hamacarse del ferrocarril parecía el mecerse en los brazos de una madre. Cuando ya estaba casi dormida comencé a vislumbrar algo que me llamó la atención. Estaba lejos, al costado de la vía y parecía acercarse hacia nosotros. Una pequeña luz que se levantaba y se estiraba hacia arriba, luego se achataba y ensanchaba. Otra vez se levantaba y estiraba e inmediatamente se achataba y ensanchaba. Así una y otra vez. Parecía un fantasma.

Yo, desde la ventana del vagón miraba esa luz extraña en medio de la oscuridad. Era algo muy raro y comenzaba a sentir temor. Cada vez parecía más cercana y continuaba ensanchándose y estirándose. El traquetear del tren no dejaba escuchar más sonidos y la luz –fuera lo que fuera- ya estaba casi encima de nosotros. El tren iba a alcanzarla en cualquier momento y a cada momento me ponía más nerviosa porque no sabía lo que era. Decidí cerrar bien la ventana y correr la cortina para protegerme pero al mismo tiempo sentía una curiosidad que me impedía esconderme del todo. Por eso dejé una rendija en la cortinita para poder ver lo que era aquello. Ya casi estaba arriba nuestro y se había vuelto mucho más grande, parecía una figura humana que se estiraba y aplastaba bajo la luz, y al nivel del suelo podía verse algo que giraba como una rueda extraña con rayos claros y oscuros.

El silbato del tren sonó sobresaltándome en mi asiento, justo unos segundos antes de alcanzar aquella figura fantasmal... que no resultó otra cosa que un gaucho al galope sobre su caballo. Con una mano dominaba a su corcel y con la otra traía colgando un farol que iluminaba también las patas en movimiento del animal y el poncho que subía y bajaba al compás del propio jinete.

Lo vi pasar frente a mi ventana y continué mirando como se alejaba mientras me reía para mis adentros por mi ingenuidad y por el susto que pasé. El jinete siguió su camino en sentido opuesto a nuestro tren y su figura se fue perdiendo en la oscuridad de la noche tal como había aparecido.

Más tranquila me fui quedando dormida mientras el traquetear del tren me mecía suavemente, otra vez.

A la mañana siguiente me desperté con ganas de ir al baño. Toda la noche allí, era demasiado. Así que me levanté y fui hacia el otro vagón. Pero al abrir la puerta de madera y salir quedé paralizada. Para pasar de un vagón al otro debía atravesar un tramo sin techo que para mi era muy largo. Sentía el vientito que soplaba en mi rostro. Todo se movía: la plataforma, el vagón en el que yo iba y el siguiente. El tren se sacudía de un lado a otro y los durmientes de madera, allá abajo, pasaban a gran velocidad. Comencé a marearme. No podía cruzar. ¿Y si me caía a las vías? Las piernas se me aflojaron y debí aferrarme fuertemente de la baranda de metal. Me di la vuelta y volví a entrar al vagón donde viajaba y cerré la puerta. Mi padre fue quien me ayudó a cruzar al otro vagón agarrándome de la mano cuando le conté lo que me sucedía. Al fin pude entrar al baño y salí asombrada al ver que la taza higiénica se abría sobre las vías directamente, ¡pero qué alivio al final!


El día comenzaba a clarear. Sentí con placer el olor del café con leche que llevaban mis padres en un termo y con algunos bizcochos que compramos en la panadería antes de salir pudimos satisfacer el hambre del viaje. Los demás pasajeros se iban despertando también y conversaban o desayunaban alguna cosa. Unos chiquilines correteaban a lo largo del vagón o se asomaban a las ventanas para mirar el paisaje. Yo también me puse a mirar por la ventanilla mientras mis padres conversaban. Podía ver el campo verde e interminable y las cuchillas a lo lejos. Las vacas pastando tranquilas en la llanura. Algunas miraban el ferrocarril cuando pasábamos muy cerca de donde estaban pero no parecían inmutarse.

Hacía calor pues ya estábamos en verano. El cielo celeste se iba volviendo más azul a medida que el sol iba ascendiendo y montones de nubes blanquecinas se deslizaban suavemente agrupándose como rebaños de ovejas.

El traqueteo del tren continuaba, mientras nos mecía interminablemente. Pasamos el cruce de una ruta. Algunos coches esperaban tras la barrera para continuar su camino. El pito del tren resonó agudo avisando a los distraídos. Un peón a caballo nos miró pasar junto a sus ovejas, más adelante.

El boletero -un señor vestido de gris- llegó adonde estábamos nosotros y nos pidió los boletos del viaje. Mi padre los sacó del bolsillo del chaleco donde los llevaba y se los entregó. Él, sacó una especie de pinza y le fue haciendo unos agujeros a cada uno. Luego se los dio a mi padre nuevamente, inclinando la cabeza y tocándose la gorra. Mi padre le preguntó a qué hora llegaríamos. Él le contestó: “Si no hay retraso llegaremos a las nueve”. El hombre siguió revisando los boletos de los demás pasajeros.

Luego de un buen rato anunciaron la llegada a la estación donde debíamos bajarnos. Enseguida mi padre agarró las valijas del maletero que estaba contra la pared del vagón, bien arriba de nuestras cabezas y apuró a mi madre que se acomodaba el sombrero, para que estuviéramos listas.

El tren se fue deteniendo lentamente con sus pitidos y resoplidos. La larga estación de madera y techo rojo a dos aguas nos aguardaba. Algunas personas esperaban con valijas y bolsos en la plataforma, de pie o sentados en los bancos de madera lustrada que estaban contra la pared de la estación, listos para subir o esperando a familiares que llegaban como nosotros.

Por fin se detuvo totalmente. La tía y mi primo mayor nos saludaron con la mano al vernos. Bajamos los escalones de metal del vagón, uno a uno.

El resto de la gente hacía lo mismo y la estación se llenó de conversaciones y exclamaciones, pasos apurados y sonidos de carritos de metal empujados por algún maletero que hacía su trabajo llevando valijas desde o hacia el tren.

La hermosa cachila verde del tío estaba estacionada a la vuelta de la estación. Caminamos hasta allí conversando mientras el pito del ferrocarril se escuchaba otra vez. Me di vuelta para verlo partir. De a poco comenzó el chu chu de su andar, acelerando progresivamente. El humo de la locomotora dibujaba en el cielo una larga nube blanca y los vagones de madera se alejaron nuevamente por la vía.

¡Qué lindo qué fue todo!. Ahora sólo quería volver a subir al tren, para nuestro viaje de regreso a Montevideo.


Nota:

Los 4 científicos que se hallan a la entrada de la Estación Central son:

-Denis Papin - Físico francés inventor de la máquina a vapor.

-Alessandro Volta - Físico italiano que se hizo célebre por inventar la Pila eléctrica.

-George Stephenson - Ingeniero inglés que inventó la primera locomotora.

-James Watts - Ingeniero escocés que perfeccionó la máquina a vapor.

Fuente: "Montevideo en bronce y mármol" Col. El País (Octubre 2002 - Marzo 2003)





lunes, 27 de octubre de 2025

Me lo dijo una gitana

 


Vestida con sus amplias polleras rojas, verdes y blancas, un pañuelo floreado sobre la cabeza, pulseras y collares y con unos ojos renegridos, andaba por las calles "adivinando la suerte" a hombres y mujeres.

Debía tener unos veinticinco años y su cuerpo era algo rollizo y sensual -idéntica a su madre- quien le enseñó esas artes. Igual que su tía y las otras mujeres de la familia; siempre viajando de un lado a otro, deambulando por alguna nueva ciudad y obteniendo algo de dinero por sus trabajos.

Nómadas perpetuos, iban en sus carromatos. No eran muy bien vistos por la gente, en general, pues tenían fama de ladrones -en especial los hombres- que se decía eran pendencieros y sabandijas-. Siempre con una navaja lista a usar contra quien los desafiara.


Muchos años atrás, una tarde gris y fría, a una mujer que caminaba por la vereda de la avenida principal se le acercó una gitana:

-Te veo cara de preocupada -le dijo -¿Es por qué no tienes hijos?

La mujer la miró algo asombrada pero no contestó.

-Dame tu mano -continuó la gitana. -Te voy a leer la suerte pero no te voy a cobrar nada. -Le tomó la mano entre las suyas y observando las líneas de la palma sentenció -¡No te preocupes por eso, vas a tener dos hijos, primero una niña y luego un varón!

La mujer la volvió a mirar abriendo mucho los ojos. Dijo: -gracias -y abrió la cartera para sacar dinero-. La gitana mirándola a los ojos agregó: -No te cobro nada, ve tranquila -y dándose la vuelta desapareció entre la gente que caminaba apurada por la avenida.

Tiempo después la mujer quedó embarazada y tuvo a una niña y un par de años más tarde a un varón. Ese varón era él. La predicción se había cumplido exactamente. Pero ¿cómo diablos lo había sabido aquella gitana que ni siquiera conocía a su madre?


Muchos años después, otras gitanas recorrían las calles. A veces una sola, otras en grupos de dos o tres, siempre adivinándole la suerte a los transeúntes.

-Yo te puedo adivinar el futuro, muéstrame la palma de tu mano... ¡No, la otra! –le dijo una de ellas cuando se le acercó.

Él, se la extendió sin mucha convicción. Los ojos penetrantes y oscuros de la gitana joven lo cautivaron. Tenía las pestañas largas y arqueadas y un rostro muy bello.

-Veo que no tienes novia pero pronto conocerás a una mujer con la que serás muy feliz -le sonrió y él se sintió reconfortado. -Pero ten cuidado -continuó ella -también veo algunos problemas económicos que te generarán muchos dolores de cabeza, te conviene ahorrar porque se viene una crisis en el país. No gastes de más si quieres pasar los próximos años tranquilos.

El hombre escuchaba con atención, no demasiado convencido de lo que ella le decía pero con cierta curiosidad pues era cierto que andaba en busca de novia y en cuanto al dinero temía por quedarse sin trabajo.

La gitana le tomó la mano entre las suyas y luego lo miró a sus ojos con cierta picardía o al menos a él eso le pareció. ¿Sería una invitación? Ella era muy hermosa como suelen serlo las de su raza. Pero les tenía algo de temor pues su madre siempre le advertía acerca de los gitanos en general que eran peligrosos y sabandijas…


Varias veces se la cruzó. Ella siempre andaba por la plaza y como él trabajaba en un banco cerca de allí, la observaba cada vez que salía.

Una tarde de verano muy calurosa se le acercó. Ella lo observó con curiosidad. Y él la invitó a tomar algo en el bar más cercano. Quería que le contara más acerca de su destino y por supuesto, quería verla de cerca otra vez pues cuando lo hacía, le latía más fuerte el corazón.

Ella aceptó, pues parecía gustarle. Charlaron un rato sentados a la mesa del bar mientras bebían un par de refrescos. El murmullo de la gente se escuchaba apagado y el sol de la tarde entraba por los amplios ventanales que daban a la avenida.

-¿Alguna vez le prestaste atención a tus manos? –le hablaba como en un susurro -¿Alguna vez observaste con atención las líneas que allí aparecen? Revelan tu destino. Toda tu vida está escrita allí. Igual que los astros, te muestran tu futuro y tu pasado.

Él la escuchaba y le preguntaba una y otra vez y ella le leía todo lo que podía ver:

-La línea de la vida… tendrás una vida muy larga; la línea del corazón… ¡uhm… parece que serás muy feliz! Te casarás y tendrás dos niñas... La línea de la cabeza… uhmm, tienes inteligencia... –se las iba señalando con la mano entre las suyas y rozando su palma con la punta de los dedos.

–Aquí está er monte de Venus, y estas cruces señalan problemas...

-¿Por qué son así? –le preguntó asombrado.

-Bueno, eso… na' lo sabe. Pero allí está todo escrito para quien lo sepa leer.


Luego, mirándose a los ojos se dieron cuenta que entre ellos había algo más que curiosidad. Él pagó la cuenta y llamando a un taxi la llevó a su apartamento.

Allí pasaron una tarde apasionada. Sus formas se entremezclaron cadenciosamente. Esos ojos renegridos lo hechizaban. Y sus muslos poderosos, sus caderas y sus pechos abundantes lo llevaron a la gloria.

La noche los sorprendió dormidos. Ella se despertó primero, se levantó despacio, se vistió y se fue por la puerta sin hacer ruido. Cuando despertó él, solo halló el pañuelo floreado con su perfume. La gitana había partido. Nunca más la volvería a ver.


Veinte años después, estando con su familia en un parque, el hombre vio aparecer por el sendero, entre los árboles, a dos gitanas vestidas con sus tradicionales ropas coloridas. Una era muy joven y se parecía enormemente a la otra que era entrada en años. Seguramente eran madre e hija. La mayor parecía estar aconsejándole algo a la más joven. Él las vio acercarse al banco de tablones donde se encontraban sentados, descansando del largo día de paseo al aire libre.

La gitana menor era muy hermosa, le recordó a aquella con quien había tenido un fugaz romance. Esos ojos tan renegridos y esas pestañas arqueadas... y su figura tan sensual... Pero la madre... la madre... ¡se parecía aún más! Si bien habían pasado tantos años... ¿Sería la misma que él amó una vez y que nunca olvidó?

-Una vez una gitana me dijo que tendría dos niñas... -les susurró él poniéndose de pie, con el corazón en un puño cuando pasaron a su lado -...y aquellas son mis hijas... -y les señaló a las niñas que jugaban sobre el pasto con sus muñecas-.

-Te felicito -sentenció en tono indiferente la gitana mayor y continuó sus pasos junto a la otra-.

Él las vio alejarse mientras el sol se iba escondiendo tras los árboles y el cielo se oscurecía, con miles de preguntas en su cabeza.

Entonces, su mujer se le acercó para abrazarlo mientras las niñas continuaban jugando.

-¿Y te dijo que serías feliz?

-Sí... -salió del ensimismamiento. Abrazó a su mujer - ¡Muy feliz!

-Bueno, ¡entonces no hay problema! ¿Nos vamos? -lo apuró ella -está refrescando y tenemos que volver a casa.

¿Sería la misma gitana? Y la más joven ¿sería su hija? Nunca lo sabría.

viernes, 1 de agosto de 2025

"El álbum de figuritas" (un recuerdo de infancia)

 

Yo conservo un álbum de figuritas que quiero mucho: “El Zoo color”. Pero no fue el primero que tuve; a los 7 años me compraron “El por qué de las cosas”. Como decía su título se trataba de una serie de preguntas sobre cantidad de temas. Los fenómenos naturales, la ley de la gravedad, las estaciones espaciales, los sueños, siempre realizando la pregunta “¿por qué…?” y luego contestándola en las figuritas correspondientes. De modo que al ir completando cada página se iban respondiendo las preguntas.

Pero el Zoo Color, era magnifico –aún lo guardo- ya que traía animales de todo el mundo. Al abrirlo se veían hermosos paisajes a doble página, pintados a todo color, de los distintos hábitats del mundo: la sabana africana, la estepa asiática, el altiplano americano, los bosques de Europa, las zonas polares... En los paisajes se adivinaban las figuras de los animales que allí vivían pues en cada página estaban sus siluetas en blanco con el número correspondiente y así al pegar las figuritas se terminaba de completar la imagen del paisaje a la manera de un verdadero cuadro multicolor.

Con el álbum venían dos o tres sobrecitos de nylon con tres figuritas cada uno.

Con gran entusiasmo rompí los sobres para ver cuáles eran los primeros animales que podría completar.

Allí apareció el tigre de bengala que iba en la doble página de la jungla asiática. Estaba echado sobre la hierba con sus rayas oscuras y anaranjadas, la cabeza en alto, vigilante y su recia prestancia. A su alrededor había varias cañas de bambú y árboles exóticos y se veía la orilla de un río azul. Y en otro de los sobres también venía un tapir y un bicho muy raro que yo no conocía: el fenec -una especie de zorro del desierto africano-. En blanco quedaban aún las figuras que sólo podía adivinar por los nombres que se encontraban a pie de página junto a una pequeña reseña sobre el clima y sus características que completaba la información.


Era una alegría cuando mi madre o mi padre me daban unas monedas para que me comprara las figuritas. Me iba hasta el saloncito de la vuelta de casa y le pedía a Don Manuel los sobrecitos del Zoo Color. Después, volvía corriendo a casa para ver los números y las iba pegando en el álbum con goma líquida o cascola, o cuando no tenía o había poca plata, con engrudo que mi madre me enseñó a preparar con un poco de harina y agua.

Poco a poco, éste iba tomando forma. Lo interesante era que los animales aparecían en actitudes muy naturales, algunos cazando, otros subidos a los árboles, las aves volando por el cielo azul...

En el desierto de Norteamérica, por ejemplo, que tenía el cielo del atardecer pintado de rojos y anaranjados se encontraba una docena de animales: un coyote, un zorrillo con su cola parada, un lince subido a un gran cactus verde, una víbora de cascabel enrollada en un tronco...

El problema era que las figuritas venían de manera aleatoria y por lo general se repetían. Eran 300 figuritas y por lo tanto, cuanto más sobrecitos compraba más se repetían. Entonces empezaba la segunda etapa: ir juntando las repetidas para cambiarlas con los amigos del barrio o los compañeros de la escuela que coleccionaran también el álbum.

Provisto de un mazo de figuritas que llevaba en el bolsillo de la túnica todos los días me aprestaba a cambiárselas en los recreos de la escuela. O a veces a ganármelas jugando a la "levantadita".

-Te cambio la 12 que la tengo repetida y la 85, ¿cuáles tenés vos?

-Yo tengo la 25 y te la cambio por la 12.

-Bueno. También tengo la número 222 y me faltan la 225, la 48...

Y así iba juntando y llenando las páginas.

Pero aún así, había figuritas muy difíciles que no salían en los sobrecitos. Esas las teníamos que comprar a los que las revendían.

Los domingos iba con mis padres a la feria de Tristán Narvaja para conseguir comida para las gallinas y los conejos que teníamos en el fondo de casa.

En la feria, el bullicio de la gente era continuo. Entre los puestos de frutas y verduras también estaban los que vendían discos de vinilo, mesas con libros y antigüedades, algunas mascotas como hamsters en sus jaulitas y un largo etcétera. Los pregones de los puesteros se mezclaban con las conversaciones de la gente y también con las músicas de quienes probaban discos.

En la vereda, contra la pared de alguna casa se ponían los revendedores de figuritas. Generalmente usaban una valijita o un cajoncito con reparticiones donde tenían las de los distintos álbumes que se estaban coleccionando en ese momento.

Había más de un vendedor, cada tantos metros se hallaba alguno y mi padre iba preguntando por las figuritas que me faltaban. A veces no las tenían o pedían demasiado por ellas. Yo le iba cantando los números a mi padre y él me compraba cinco o seis, según los precios.

-Esta sale 10 pesos -decía el vendedor. -La 28, no la tengo... la 201 es muy difícil, está a 30 pesos...

Yo llevaba la lista de todos los números que me faltaban y los iba tachando a medida que los conseguíamos.

A la semana siguiente volveríamos, para comprar más si no tenía suerte de conseguirla con mis amigos durante la semana.


Pasados algunos meses y cuando ya vencía el plazo para el sorteo final, tratamos de completar el álbum como fuera porque debíamos llevarlo con todas las figuritas pegadas para que lo sellaran y pudiéramos participar del sorteo.

"Nuestro Mundo" se llamaba la empresa que lo distribuía. Estaba en una de las calles que salen a 8 de octubre y Bulevar Artigas.

El día que fuimos, creo que era un sábado de mañana, estaba gris y amenazaba lluvia y era el último día de plazo. Con mis padres hicimos la larga cola en la vereda donde se mezclaban adultos y niños con los ejemplares del Zoo Color en la mano. Todos ansiosos por llegar al mostrador -dentro del local- donde revisaban los álbumes. Cuando por fin nos tocó a nosotros, el hombre pasó cada página rápidamente para comprobar que no faltara ninguna figurita y luego procedió a estamparle un sello de goma con el logo de la empresa.

Recién ahí pudimos llenar los cupones para el sorteo que se realizaría algunos días después y con los que mi padre esperaba compensar con algún premio. Pero no tuvimos suerte.

A mi, en realidad, lo que me gustaba era mirar el álbum y ahora más, con los 300 animales que lucían en los diferentes paisajes. Cada uno con el nombre común y el nombre científico, en latín, entre paréntesis en la parte de abajo de la página.

El jerbo, una especie de ratón de cola larga y saltarín del desierto africano; o el frinocéfalo, que es una especie de lagartija verde pero con cabeza roja de la estepa asiática. Me encantaba mirar los "bichos raros" de Oceanía, como el emú -una especie de avestruz pero de cuerpo más largo-, el lobo marsupial -con su aspecto feroz- y el Koala con su cría fuertemente asida a su lomo en lo alto de un eucaliptos. Pero la estrella sin duda de esa página era el ornitorrinco, un mamífero con pico de pato que a pesar de ser real parece salido de un libro fantástico, animal tan inverosímil como difícil de pronunciar.

Desde entonces, cada tanto vuelvo a admirar el álbum que tan difícil me fue llenar pero que me encanta porque me retrotrae a la infancia, esa época en que todo estaba por descubrir...





sábado, 7 de junio de 2025

"Fantasmas a la hora de la siesta"

 

Aquella tarde soleada muy temprano estaban terminando de armar el escenario del tablado de la esquina cuando comenzó a cimbrear. Se sacudía lentamente y un repiqueteo suave acompañaba el movimiento. El repiqueteo fue en aumento hasta que se volvió inconfundible: tamboriles. Y una silueta grande comenzó a bailar sobre el tablado, con su traje de luces y vistosas plumas verdes y azules. Sacudía su cuerpo y sus grandes pechos se bamboleaban de un lado a otro en un vaivén contrario al de sus caderas. Los brazos semiextendidos a los lados y sus pies con paso corto, adelante y atrás completaban el movimiento. Su blanca sonrisa resaltaba sobre la piel oscura. Detrás, emergieron una veintena de morenos con coloridos trajes golpeando las lonjas con palos y manos. Varias mamas viejas a su alrededor con sombrillas y abanicos multicolores danzaban al compás y sus parejas -gramilleros- con largas barbas blancas de algodón, sombrero de copa y bastón se sacudían frenéticos, cortejándolas. Un escobero, vestido con un taparrabos de cuero repleto de espejitos hacía malabarismos increíbles con su larga escobita...

Terminé el vaso de caña de un sorbo y ya me disponía a marchar hacia el escenario de enfrente cuando lo vi. Era un hombre alto, canoso, que vestía un largo sobretodo. Se acercó al tablado, dio un rodeo por entre las filas de sillas y luego de elegir una, se sentó. Observaba atentamente el escenario. Entonces comenzó a reir. Una murga se hallaba ahora sobre el tablado.

-...Un saludo cordiaaal... cantan los asaltantes... y a su paso triunfaaal... de caballero andante...-


Me sentía maravillado por lo que ocurría. Fui hasta el lugar, pero al llegar sólo hallé sillas vacías y mal acomodadas y un escenario de tablas repleto de obreros que iban y venían apurados con herramientas y baldes de pintura.

Volví al boliche. Entré y me acerqué al mostrador.

-¿Vos viste, lo mismo que yo, Pedro? – le pregunté al bolichero y antes que éste pudiera responder, un hombre se acercó a la barra. Vestía traje de malevo, sombrero gacho y un pañuelito atado al cuello.

-¡Dame una agüita fresca!- pidió.

-¡Caaarlitos! -exclamó Pedro- Pero muchacho, ¿qué andás haciendo por acá? -El hombre lo miró y se sonrió. -¿No querés un medio y medio?

-¡No, pibe! Te agradezco pero debo cuidarme el garguero, es lo que me da de comer.

-¡Cantate un tangazo, hermano!. Haceme el gusto -dijo el bolichero.

El otro se acodó al mostrador, se acomodó el sombrero, entornó los ojos y comenzó a cantar "El día que me quieras"

Yo no lo podía creer. Primero el tablado y ahora ésto. No me pude aguantar y me uní al "Mago" en un dueto inolvidable.

-¡Shssst, dejá oir la radio! -me gritaron los de una mesa y prosiguieron jugando al truco. Se oyó la voz del locutor de radio Clarín. El cantor había desaparecido.


Me volví a la mesa que daba a la ventana y me puse a leer el diario. Entre las noticias deportivas estaban los resultados de la Vuelta Ciclista del Uruguay. Iba ganando... ¡Atilio François... y segundo Luis Modesto Soler!. Entonces escuché una melodía conocida que silbaba alguien. Miré por la ventana y vi pasar una caravana de ciclistas que doblaban la esquina. Todos iban montados sobre bicicletas negras, antiguas. Usaban pantaloncitos negros y camisetas blancas con un número grande pegado sobre ellas y un gorrito negro de tiras.

...de la patria/ se regocija en un clamor triunfal/ al desfilar la airosa caravana/ que forman los campeones del pedal... -escuché y la caravana se esfumó a la vuelta de la esquina tan deprisa como había surgido.

Volví a mirar hacia el tablado. Todavía estaba sentado el hombre del sobretodo y junto a él estaba Gardel.

Sobre el escenario un gordito de traje y corbata anunció: "El Loro Collazo y su Troupe Ateniense" y de inmediato una docena de actores comenzaron a bailar y a cantar...

"...la piqueta fatal del progreso..."


Continué leyendo el diario mientras me tomaba otra cañita. “Estalló la guerra” decía un titular en la primera página y mostraba fotos en blanco y negro de ciudades bombardeadas.

-¡Che, otra vez la guerra!- exclamé -¡no puede ser! Y me dediqué a leer lo que comentaban sobre el conflicto armado.

Al rato, un gordito simpático se acercó a la barra.

-¿Cómo te va Quique?- le preguntó Pedro.

-¡Fenómeno!. Ando con ganas de sacar de vuelta "Los Favios", para este carnaval.

-Me voy a ensayar, Pedro-. Dicho esto se tomó la copa de un sorbo y se fue-.

No me dio tiempo a reaccionar.


Un joven de pelo negro engominado, escribía en unas servilletas de papel, sentado solo, en una mesa al fondo del salón. Parecía entusiasmado. Garabateaba ansioso, como si estuviese en un rapto de inspiración. Pasados unos minutos, se levantó, se dirigió al mostrador y le dijo al bolichero:

-Che, Pedro ¿Cómo te suena éste título?: "El cocodrilo". Es sobre un tipo que vende medias de mujer y como no le compran no se le ocurre nada mejor que ponerse a llorar y entonces al verlo así el dueño de la tienda se compadece y le encarga dos docenas de medias...

-Está bueno, Felisberto... seguí que puede salir.


-Al boliche lo van a demoler, lo van a convertir en un banco, o algo así -me dijo el bolichero con tono de resignación en la voz- así que aprovechá hoy, que a lo mejor es la última vez...-

Pedro me dijo que ya no podía pagar los impuestos y ganar lo suficiente para vivir, todo estaba tan difícil y cuando vinieron los gringos a ofrecerle los verdes para comprarle la esquina no pudo negarse.

Yo, resignado, le dije que no importaba porque en el fondo sentía que ya no pertenecía a este mundo. Las casas viejas desaparecían dejando lugar a torres de apartamentos que nunca se poblaban del todo y los antiguos almacenes y bares se convertían en bancos y supermercados.

Pero ¿Qué sería de los fantasmas que deambulaban alrededor del boliche llenando nuestras tardes de jubilados de bellos recuerdos?


De pronto, se me acercó una mujer joven que me resultó levemente conocida. -¿Vamos? –me dijo.

-¿Adónde? –pregunté yo, algo confundido pues no recordaba haber estado esperando a nadie.

-A casa, papá, que nos están esperando.

-Dejá que me despida de Pedro y los demás.

-¡Ay, papá! ¿Otra vez soñando con el boliche? ¿Ya no te acordás que hace como dos años que lo demolieron?

Salimos del banco, subimos al coche y éste arrancó. Nos alejamos y al mirar por el espejo retrovisor pude ver que donde se suponía estaba el viejo boliche se alzaba un nuevo edificio, todo vidrio y metal.


De mi libro: "Eran los Orientales..." (2013)


jueves, 24 de abril de 2025

Un viaje especial

 


Los dos enamorados se sentaron juntos. La noche fue cayendo rápidamente y ellos pudieron contemplar el perfil de la ciudad a su alrededor recortado sobre el horizonte. Sirio -la estrella más brillante- apareció en el firmamento. Orión podía verse con su cinturón de "Las tres Marías". También podían vislumbrarse la Cruz del Sur y el planeta Marte, con su tono rojizo-. La Luna amarillenta asomó por el horizonte y brilló, destacándose de los demás astros. Toda la Vía Láctea podía observarse cruzando el cielo nocturno. Cada vez aparecían más estrellas.

De pronto, todos los astros aceleraron su recorrida y las horas pasaron mostrando su devenir. Pudieron ver entrar y salir las estrellas tras el horizonte. Y las diversas constelaciones, ascendiendo hasta el cenit y desapareciendo mientras otras iban apareciendo por el otro extremo. Todo el horóscopo desfiló ante sus ojos curiosos. Aries, Tauro, Géminis... Libra, Escorpio -con su cola ganchuda, Sagitario -el centauro- y así, los demás signos zodiacales que podían verse desde allí. Pero también, pudieron contemplar los cielos del Norte, porque todo era posible en ese viaje por el espacio y el tiempo. Invierno, verano, otoño, primavera...

El conferencista iba señalando con su puntero luminoso cada astro importante y explicando los detalles de las constelaciones. Los cuchicheos de las personas que allí se encontraban, se escuchaban apagados. Ellos pudieron ver las estrellas tal como sus antepasados y también lo que verán nuestros descendientes, siguiendo los movimientos de cada galaxia y cuerpo celeste. Algunas exclamaciones se dejaban oír -intermitentes- ante tales visiones.

Iban en un viaje único, que podían hacer todos los concurrentes desde sus sillas reclinables, gracias al instrumento que se hallaba en medio de la sala circular abovedada. Ese instrumento se llamaba: "Planetario" y era la nueva adquisición hecha por la ciudad de Montevideo, a instancias del Intendente (*) de ese entonces que era un hombre enamorado de la Astronomía y que quería tener ese adelanto tecnológico para toda su comunidad, cada vez más ilustrada.

El Planetario, era un enorme aparato de última generación, de forma cilíndrica, negro y con sus extremos cerrados con sendas semiesferas con múltiples perforaciones por las cuales la luz se proyectaba sobre la "bóveda celeste" representando cada astro, e imitaba al cielo real de una noche cualquiera. El aparato, sostenido por varios cables de acero desde el techo, estaba apoyado en patas finas del mismo metal y emitía un leve zumbido al ir girando lo que lo hacía parecerse a un gran insecto.

Cuando la conferencia terminó se encendieron las luces que hicieron apreciar otra vez la oscura silueta de Montevideo -la cual aparecía situada alrededor de la parte superior de la pared- que quedaba recortada por la suave iluminación de la sala que brillaba por detrás. También se veía que la bóveda estaba dividida en cuadrantes.

Los cortinados se descorrieron y asomó la puerta doble de madera.

Los jóvenes enamorados salieron tomados de la mano junto al resto de los asistentes a la función. Todos iban comentando fascinados por el espectáculo, en especial los niños.

Afuera, el sol todavía brillaba alto y deslumbraba un poco, hasta que los ojos se acostumbraban a la luminosidad real. Un viento primaveral los envolvió y pudieron escuchar los trinos de los pájaros que habitaban los grandes árboles que rodeaban el edificio, mezclados con los gritos de los monos, el barritar del elefante y otros sonidos de los animales del zoológico, que se encontraba en el mismo predio.

Más lejos, los escapes de los automóviles que surcaban la avenida completaban el paisaje sonoro de la ciudad.

Habían asistido a una noche mágica que no olvidarían fácilmente. Volverían en más de una oportunidad.


(*) Ese Intendente fue Germán Barbato, ingeniero agrimensor y aficionado a la Astronomía.



sábado, 8 de febrero de 2025

La bruja

 


Hace unos años, comencé con un sarpullido que me picaba mucho en la espalda. Fui a ver al doctor que me recetó una pomada y me dijo que era Herpes. El herpes o culebrilla es una reacción por la baja de las defensas generalmente debido al estrés. Como lo que me dio el médico no parecía hacerme nada, empecé a preocuparme. La culebrilla iba creciendo y extendiéndose por mi espalda y dando la vuelta hacia el pecho. Cada vez me picaba y dolía más. Las pústulas eran duras y supuraban un líquido desagradable.

Cuando lo comenté con las vecinas en el almacén, una de ellas me dijo:

-¡Ay, tiene que tener cuidado que la cola no se junte con la cabeza! ¡Si no es peligrosísimo!

Y entonces yo me asusté.

-¿Por qué no va a ver a Doña Rosa? -me sugirió la otra. Con lo que salí del almacén más nerviosa.


Doña Rosa vivía en una casa humilde de nuestro barrio. Tenía más de sesenta años y era muy canosa. Por lo que sé, hacía más de treinta años que vivía de lo que ganaba haciendo "trabajos" y sanaciones.

Una vecina comentaba que encendía velas rojas y que invocaba a Satanás para algunos trabajos. Y por eso, algunos niños del barrio le temían porque decían que era una bruja que hacía hechizos y no querían acercarse a su casa. Una vez -aseguraban- había hechizado a un niño y él ya no quería comer.

Yo no la conocía pues ella no salía mucho a la calle. Y no sabía bien si creer a los que hablaban mal de ella. Además, tenía temor de esos procedimientos que parecían propios de supersticiosos y de que la mujer fuera una persona peligrosa pero como estaba tan cerca me hice de valor, ya que el dolor me resultaba insoportable y fui a su casa de tarde temprano.

La casita aunque modesta era bonita, con una ventana que daba a la calle y había un par de macetones con malvones sobre el murito. Toqué timbre y aguardé un par de minutos. Se asomó una muchacha joven que me preguntó qué deseaba. Le expliqué y entonces me hizo pasar. Luego se fue para llamar a su madre.

Dentro, todo era muy prolijo, por lo menos el living, de paredes claras, donde había una mesita ratona en el centro y dos sillones algo antiguos tapizados con flores rojas y azules; y algunos viejos cuadros de paisajes colgados en las paredes. No se veían referencias al diablo ni símbolos extraños.

Entonces apareció una anciana.

-¿Qué le anda pasando, señora? - dijo. Ella tenía una mirada penetrante, sin embargo, su voz era agradable.

Dudando un poco si habría hecho bien, le conté lo que me sucedía. Ella me tranquilizó y me ofreció tomar un té. Después me pidió que me quitara la ropa y le mostrara.

-¡Ay, m'hija, debe estar desesperada! No se preocupe. Vamos a tratarla y se va a curar. En tres días se le va a ir.

Yo pensé que no sería tan rápido pues cada vez era más fuerte el dolor y más larga la reacción.

-¿Usted es creyente? -empezó diciendo y me miró con ojos inquisitivos.

-Sí.

Sacó una estampita de la Virgen María y me la dio para que la tuviera en la mano. Luego tomó un crucifijo que parecía de plata y persignándose comenzó a pasármelo por toda la espalda donde yo tenía el sarpullido. Iba diciendo en voz baja oraciones; le escuché mencionar a la Virgen y a Jesús varias veces.

Luego me dijo que me vistiera y agregó:

-Vaya a la yuyería de acá a la vuelta y pida que le den Yerba Carnicera. La hierve en un litro de agua y cuando esté fría moja un algodón en el agua y se lo pasa con cuidado por toda la culebrilla. Pídale a su esposo para que se lo pase donde usted no alcance. Hágalo tres veces por día: mañana, tarde y noche.

Le pregunté cuánto le debía y me dijo que le diera lo que yo quisiera que ella no cobraba.

Me despedí. No sé si fue sugestión pero esa noche dormí mejor, parecía que la picazón había amainado. Por supuesto, hice lo que me mandó.

Al tercer día la culebrilla se había secado. Ya prácticamente no me dolía ni picaba y los granos ya no supuraban.


Un par de años más tarde, cuando mi hijo pequeño sufrió de empacho volví a lo de Doña Rosa. Ella me escuchó con atención lo que le conté. Me respondió que la aguardara un momento, que me acompañaría.

Cruzamos lentamente la calle hasta casa. Mi marido no estaba y mi hijo pequeño se encontraba en la cama, su hermana mayor lo estaba cuidando mientras yo iba a buscar a la señora.

Entramos. Ni bien Doña Rosa le vio la cara, me dijo:

-Sí, me parece que su hijo está empachado. -Sacó de su cartera una cinta métrica y me aclaró -Vamos a medirlo para ver que tan grande es el empacho.

Me dijo que sentara al niño en la cama. Luego procedió a poner la cinta sobre el estómago de mi hijo y me mandó a que se la sostuviera tratando de que él no se moviera. Mientras ella caminaba hacia atrás con mucho cuidado, iba estirando la cinta hasta que ésta quedó tirante y entonces apoyando su codo sobre la punta que sostenía comenzó a "medir" desde el codo hasta la punta de sus dedos mientras se acercaba al vientre del niño. con cada “codo” que medía y ahí apoyó el extremo de la cinta haciendo que yo dejara caer lo que sobraba para verificar la distancia. Midió 3 codos. Por tres veces repitió la operación. Las puntas de sus dedos –algo temblorosos- tocaron la barriga de mi hijo. Entonces pidió silencio, se persignó tres veces y volvió a "medir los 3 codos" y esta vez las puntas de los dedos de ella no llegaron al estómago del niño sino a su frente. No sé cómo pudo ser pero así fue.

-¡Uy! -exclamó ¡Flor de empacho tiene este niño! Vamos a tener que sacárselo. Le voy a tirar el cuerito.

Mi hijo la miraba con ojos asustados. Yo lo tranquilicé hablándole y diciéndole que esa señora lo iba a curar.

Ella me pidió que lo acostara boca abajo y que le subiera el busito para que quedara la espalda desnuda.

Luego, se acercó a él y le dijo:

-Quietito -y agarrándole la piel de la espalda, más o menos al medio, sobre la columna con dos nudillos tiró con fuerza. La piel estaba como pegada a la columna y luego de un par de tirones crujió y se separó un poco.

Mi hijo comenzó a llorar porque le dolió.

-Bueno, ahora abríguelo y déle poco de comer -me recomendó- Y dándose vuelta lo saludó a mi hijo y se despidió de él. -Mañana tengo que volver para ver si ya se le bajó el empacho. No se preocupe que se va a aliviar.

Yo la acompañé a la puerta y la despedí.

Mi hijo se sentía mal y no le gustó todo eso pero debía conformarse.


Al otro día, de tarde, más o menos a la misma hora Doña Rosa volvió. Tocó el timbre y fui a abrirle. Mi hijo estaba asustado y no quería que ella lo midiera porque sabía que le iba a doler otra vez cuando lo tocara. Al final, luego de sujetarlo entre mi hija y yo lo pudimos dejar quieto.

Ella al igual que el día anterior volvió a "medir" los codos y repitió el procedimiento. Tiró del cuerito y se fue. Al parecer mi hijo ya estaba algo mejor.


Al tercer día, cuando volvió ella y comenzó otra vez la operación sucedió algo extraordinario, luego de las 3 medidas y las persignaciones midió nuevamente y las puntas de los dedos tocaron el estómago del niño.

-¡Bueno, ya no tiene empacho! -aseguró-.

Yo respiré aliviada. Esa vez tampoco me quiso cobrar, así que le di lo que me pareció adecuado. Por lo menos, había hecho lo que los médicos no hacían.

Esas fueron algunas de las veces que Doña Rosa nos trató. Sé, por algunas vecinas que ella también logró "unir" nuevamente a parejas que estaban distanciadas. En un caso parece que hizo que la amante de un vecino se fuera del país y no volviera más.


Doña Rosa falleció cuando ya era muy vieja según supe. En el barrio casi todos la apreciaban porque iban con ella cada vez que la necesitaban.

Murió como vivió, humildemente. Su hija heredó sus dotes y al igual que ella continuó su legado. Empacho, Mal de Ojo, Culebrilla, problemas de pareja...



sábado, 7 de diciembre de 2024

¡"Fuga de Cerebros" cumple 30 años!

     


     El cerebro de mi amigo se fugó. Se le escapó por la oreja. Una noche se acostó a dormir después de hacer las cosas de todos los días. Se sentía fenómeno y a las once de la noche preparó una bolsa de agua caliente y se metió entre las sábanas. Soñó cosas raras. Al otro día cuando se despertó no se acordaba de nada. Ni siquiera podía recordar su nombre. Avanzaba torpemente dándose contra las paredes. Las manos y las piernas no le respondían.

     Yo llegué a su casa por casualidad, para saludarlo. Toqué timbre. Pasaron varios minutos. Cuando ya me iba la puerta se abrió y él asomó su cabeza. Estaba extraño; los ojos vacíos. No me reconoció. Entré y él se limitó a sentarse en un sillón cercano a la puerta. Traté de saber qué le ocurría, apenas balbuceaba, era difícil entenderle. Parecía como si todo su cuerpo actuara por inercia, por el acostumbramiento de todos los días: manos, brazos, piernas, ojos, boca, hasta su respiración era extraña.

     Me puse a buscar por todos lados, nada encontré. Pero la casa estaba algo revuelta y había desparramados por el suelo, ropa y otros objetos, sin ton ni son. Fue entonces cuando me di cuenta de las manchas en el piso. Era como una marca dejada por algo al arrastrarse. Me agaché para comprobar de qué se trataba. Al tocarla, una masa pegajosa -de color gris pálido– se adhirió a mis dedos. Provenía de la cama y proseguía a través del pasillo, pasaba por el living y llegaba hasta la puerta. Miré a mi amigo, aún estaba sentado con la cara vuelta hacia un costado: un hilo de baba pendía de su boca semiabierta. Volví hacia la puerta y salí a la calle.

     El rastro continuaba su curso –fuera lo que fuera-, había pasado por debajo de la puerta y seguía por la vereda de la calle. Intrigado por lo que podría ser y sin saber adónde iría a parar, continué mi camino apresuradamente. Por momentos me costaba darme cuenta si continuaba o no, porque las baldosas disimulaban su color. Charcos de agua borraban las huellas. Con la cabeza llena de preguntas doblé la esquina. El rastro tomaba por esta otra calle. Después de mucho caminar y de cruzar calles y más calles, llegué a la escollera. Para entonces había perdido la noción del tiempo y los pies me dolían. Al llegar al muro de contención, el rastro se acababa, como si la cosa se hubiera arrojado al mar…

     Volví a la casa de mi amigo y como pude lo cargué; nos metimos en un taxi y lo llevé al médico. Al hacerle un electroencefalograma, éste reveló que su cráneo estaba vacío. Yo no le había contado del rastro que hallé por miedo a que me creyera loco, pero ahora todo parecía aclararse.

     El doctor me aseguró que no era tan raro porque él había atendido un par de casos más.

     -Parece ser –me dijo – que por algún virus no identificado todavía, los cerebros se independizan de sus dueños y se les escapan cuando éstos duermen. Generalmente se da en jóvenes que quieren desarrollarse en su país y no pueden, pero que no quieren abandonar su tierra-.

     No había nada que hacer, cuidarlo.

     En alguna ocasión incluso, misteriosamente, el cerebro había vuelto luego de algunos meses o años a su antiguo dueño. Me recomendó que esperara. Le conseguí una enfermera para que lo atendiera y yo mismo me encargué de que no le faltara nada.

     Ahora, cuando voy por la calle miro a la gente y de vez en cuando veo personas con los ojos perdidos que caminan como robots; no sé si les pasará lo mismo. Sólo deseo que esté donde esté ese cerebro maldito, vuelva a la cabeza de mi amigo algún día.


1er.Premio – Concurso de Cuentos Juvenil 1994- Taller de Creatividad Literaria (T.C.L.)

Publicado en el libro: “Trans-formaciones” – (cuentos – 1997).




sábado, 9 de noviembre de 2024

El jarrón de mamá (una historia de otros tiempos)

 


Los cuatro muchachos estaban dentro de la casa. Afuera llovía. Carlos, el mayor tenía una pelota y los otros hermanos: Julio, José y Raúl estaban aburridos.

-¡Ufa, no podemos hacer nada! -se quejó José.

En el living de la casa, de piso de madera, amplio y de techos altos había un par de muebles. Dos sillones de tapizado floreado y una mesa ratona en el centro. Y un gran jarrón de porcelana decorado con flores coloridas sobre una mesa alta.

Entonces Julio le robó la pelota de cuero a su hermano y se puso a hacer malabares con ella, como José Nazassi. Carlos se la robó a su vez y enseguida los otros dos se sumaron al juego. Se formaron dos bandos. Uno de ellos hacía que relataba:

-...y Andrade le roba la pelota a Nasazzi y se acerca al arco y patea... y goool, golazo.

-Scarone saca la pelota y se la pasa a Petrone pero Nasazzi lo intercepta, Mazali está en el arco cuidando para que no convierta pero es inútil, la pelota da en el ángulo y convierte el gol...

En sus rostros había alegría y querían parecerse a los Olímpicos o a los uruguayos campeones del mundial que se realizó en el estadio Centenario.

Así siguieron varios minutos. Los arcos eran las puertas de la habitación. Y de repente, Raúl patea la pelota y... se estrella contra el jarrón; éste se tambalea, cae al suelo y se hace pedazos. Todos se asustan.

-¡Qué has hecho Raúl! -gritó con voz de alarmada Julio.

-¡Le rompimos el jarrón a mamá, si se entera nos mata! -acotó Carlos.

José se agarraba la cabeza. -¡Ahora sí que la hicimos buena...!

-No se preocupen -dijo Julio- Se lo arreglaremos.

-¿Cómo? - dijeron los otros.

Julio fue recogiendo los pedazos; los demás lo ayudaron y entre todos fueron armando el jarrón como un rompecabezas de manera que cada pedazo fuera quedando en su lugar. Pronto quedó armado. No se notaban nada las rajaduras.

-¡Vámonos -apuró Carlos -antes que mamá venga y nos encuentre!,

Y se fueron despacito para su cuarto. La pelota la guardaron en el ropero y se sentaron en las camas a charlar.

-¡Menos mal que se te ocurrió armarlo!- le dijo Raúl.

-Sí, pero tú lo rompiste -le aclaró Carlos.

-Bueno, pero yo no lo hice a propósito... además todos estábamos jugando ¿no?

-Si, la verdad que todos estuvimos mal -opinó Julio. Los demás asintieron.


En eso, la madre salió de la cocina y entró al living. Una de las maderas del piso crujió pues estaba algo floja. Le diría a su marido que debía ajustarla. Y de repente, cuando se acercaba a la mesa, el jarrón se desparramó en pedazos. La mujer pegó un grito horrorizada.

-¡Ay, Dios mío! -clamó -¡Dios mío, qué horrible...! -Salió corriendo a donde su marido. -¡Francisco... Francisco...! ¿Dios mío, no sabes lo que pasó?

En eso apareció su marido que estaba con un martillo en la mano. Era un hombre adusto, algo canoso y con un amplio mostacho que la miró sin entender.

-¿Qué pasa, mujer? ¿A qué viene tanto alboroto?

-¡Francisco... es horrible, algo malo va a pasar... algo terrible se avecina!

-¿Pero qué pasa? -volvió a preguntar, sin entender, su marido - ¡Tranquilízate, mujer!

-¿Cómo me voy a tranquilizar si se rompió el jarrón de abuelita?

-Bueno, es cierto que era una pieza antigua pero no es para tanto; si se te rompió ¡qué le vas a hacer!

-¡No entiendes, Francisco... es que se rompió solo! ¡Esto es un aviso de Dios o es obra del demonio!

-¿Cómo qué se rompió solo? -el desconcierto iba en aumento.

-¡Sí, se rompió solo! ¡Yo entré al living y de repente se desmoronó todo como si fuera obra del demonio!

El hombre empezó a dudar de si su mujer estaría en sus cabales o habría otra razón.

-Dorita, querida, las cosas no se rompen solas -trató de calmarla y razonar. -Alguna explicación ha de haber...

-¡No me crees! -cambió el tono de voz, algo ofendida. -¡Si te digo que se rompió solo es porque se rompió solo! ¡Es un anuncio de desgracia! -Y se fue agarrándose la cabeza y gimiendo.

Los muchachos en el dormitorio, seguían charlando bajito y muy quietos. Escucharon parte de lo que hablaban los padres y se estaban poniendo nerviosos.

El hombre fue al living, vio el jarrón desparramado sobre la mesa en pedazos y se fue rumbo al dormitorio de sus hijos. Entró despacio y los miró uno por uno.

-¿Qué están haciendo? -preguntó con tono serio.

-Nada, papá -dijo Carlos- y los demás asintieron. -Estábamos hablando de los estudios.

-Su madre está muy nerviosa y asustada -dijo como al pasar -porque se rompió el jarrón antiguo que tanto quería.

Todos lo miraron sin decir palabra.

-¿Ustedes no saben nada al respecto?

-¡No! -aseguraron todos y se miraron entre si-.

-Bueno, ¡qué yo no me entere que lo rompieron ustedes! -acotó ya amenazante. Y se fue.

Los cuatro hermanos, nerviosos, empezaron a pensar qué podían hacer. Si se descubrían se la iban a ligar, pero si no lo hacían la madre seguiría asustada y ellos no querían eso. Ella era muy supersticiosa.

La madre continuaba persignándose y rezando ante la estatuilla del santo que tenía frente a la cama pidiendo que nada malo les ocurriera a ella o a su familia.

-Vamos a tener que decirle a mamá lo que pasó -empezó Carlos -si no va a ser peor-.

-Si le decimos, papá seguro nos va a castigar... -aseguró José. -¡Se nos viene una...!

Pasadas un par de horas en que la mujer seguía en un estado deplorable, los cuatro se acercaron. Carlos -el mayor- fue el que le confesó:

-Mamá, al jarrón lo rompimos nosotros. Sé que actuamos mal pero nos pusimos a jugar a la pelota y sin querer le pegamos... -Bajó la cabeza -Después lo armamos como pudimos. No queríamos asustarla.

-No sabíamos que se caería solo -agregó el menor.

La madre al principio no les creyó pero el padre que estaba escuchando tras la puerta, sí y les dijo:

-¿Se dan cuenta el mal rato que le han hecho pasar a su madre? - y luego continuó -¿viste Dorita que no era nada sobrenatural?

Ella al ver los rostros compungidos de sus hijos se dio cuenta que así había sido. Se persignó apesadumbrada y se volvió a la cocina.

-Bueno... -continuó el padre quitándose el cinto -y ¿de quién fue la idea de jugar a la pelota adentro de la casa?


Un rato después, los cuatro muchachos estaban tirados boca abajo en sus camas, en penitencia y con un ardor en las nalgas que no se les iría por un buen rato.

La madre enojada no los perdonó enseguida pero al final los perdonó. Al menos podía respirar aliviada porque no se avecinaba ninguna desgracia.