El joven se aproximó a la residencia del embajador. Era una mañana fresca de otoño y el cielo se llenaba de grandes nubes grises que amenazaban tormenta. Detrás del portón de hierro se abría un jardín con canteros con flores muy cuidadas y un par de abetos grandes. Detrás, se hallaba la residencia misma, de dos plantas, de estilo macizo, construida a finales del siglo 19, toda pintada de blanco y con grandes ventanas.
Un guardia de aspecto fornido, de traje negro y con cara adusta estaba apostado al lado de la puerta principal. Dos perros negros grandes, Rottweiler, estaban echados en ese momento. No bien sintieron la presencia del intruso acercándose, se levantaron y comenzaron a ladrarle.
El joven, morocho, vestido con una especie de túnica blanca y con aspecto saludable se quedó de pie, tras el portón, observándolos. El guardia se aproximó también.
-¿Qué desea?
-Necesito hablar con el embajador –afirmó decidido.
-Lo siento, pero el embajador ahora no puede ser molestado. A menos que tenga una cita con él. No está para nadie.
-Comprendo perfectamente pero esto es un caso de vida o muerte, Debo hablar con él –reiteró.
-Lo lamento, pero deberá retirarse.
-No me iré hasta que pueda hablar con él. ¡Es muy urgente!
Viendo que el hombre no se iba, el guardia desató a los perros Rottweiler para que lo disuadieran.
Éstos se abalanzaron hacia el portón, con sus ladridos roncos y sus cuerpos robustos, temblando de furia.
El joven, tranquilamente, se sentó sobre la vereda con las piernas cruzadas y los miró directo a los ojos, primero a uno y luego al otro. Los perros le gruñían, mostrándole los dientes.
Continuó observándolos. Lentamente levantó ambas manos con las palmas en señal de paz. Luego las volvió a bajar.
Los animales, desorientados, dejaron de gruñir, bajaron la cabeza en forma de sumisión, se dieron vuelta y se fueron hacia la entrada de la casa donde se echaron sobre el césped, mansos.
El guardia, asombrado, abrió mucho los ojos. Era la primera vez que los perros se comportaban de aquella manera. Luego, entró a la casa mientras continuaba mirando al joven desde la ventana, que ahora parecía meditar, inmóvil y con los ojos cerrados.
Habló con el embajador por el intercomunicador:
-Señor, aquí abajo hay un sujeto que insiste en hablar con usted, dice que es algo muy urgente-.
-¡Ya le dije que no estoy para nadie! –Espetó en tono firme el embajador-.
-Lo sé. Intenté que se fuera pero sin resultado. Incluso le solté a los perros para disuadirlo…
¿Y…, qué pasó?
-Es que... no lo atacaron… ¡Fue rarísimo! Se dieron media vuelta y se echaron a dormir. ¡Nunca les había visto comportarse así!
-¿Y… cómo es la persona?
-Es un joven… de unos veinte años, todo vestido de blanco, con barba de varios días…
-Espere un momento… bajaré enseguida.
-Bien, señor.
Dos minutos más tarde, el hombre –de unos sesenta años, canoso y con un traje gris- llegó hasta la puerta, salió de la residencia y se acercó al portón. El guardia lo seguía para protegerlo.
El desconocido, al sentirlo llegar, abrió los ojos, se puso lentamente en pie y le habló con voz firme:
-¡Señor embajador, no debe viajar hoy a la convención!
El hombre, extrañado y alarmado, lo miró.
-¿Quién es usted y por qué me dice eso?
-Me llamo Daniel, pero en realidad mi nombre no tiene importancia. He tenido una visión terrible. Su avión sufría un atentado en pleno vuelo y se estrellaba contra las montañas. ¡No debe viajar! –aseguró con tono de alarma.
-Es que esa reunión es trascendental. ¡Debo hacerlo!
-Lo sé. Pero, ¡por favor, hoy no! ¡Va a perecer en ese vuelo!
El diplomático intentó sondear al joven para saber si decía la verdad o si era alguien de la oposición para impedir que firmara el acuerdo de paz en esa convención. Sin embargo, la mirada clara y penetrante del joven le parecía sincera; y su mensaje, pese a ser tan dramático, le sonaba verdadero.
-¡Mario, llame al aeropuerto y que revisen el avión en busca de algún artefacto explosivo! –ordenó -¡Ah, y que revisen la lista de pasajeros también!
-Bien, señor.
El embajador observó a ambos perros que seguían echados al lado de la puerta, durmiendo pacíficamente.
-Es raro que Sultán y León no lo hayan echado. ¿Qué les hizo a los animales?
-En realidad… solo los calmé dándoles a entender que venía para protegerlo a usted.
Cuando el guardia volvió, el embajador le dijo al visitante:
-Quiero hablar con usted para que me dé más detalles.-y le hizo un gesto con la cabeza al guardia. Éste le abrió el portón y le pasó un sensor de metales que llevaba, a lo largo del cuerpo para verificar que no portara armas.
-¡Está limpio! –observó y lo dejó pasar-.
El embajador y Daniel entraron a la residencia.
-Siéntese, por favor. ¿Desea tomar algo?
-No, gracias. No bebo.
Ambos se ubicaron ante una mesa pequeña del recibidor en dos butacas de paño verde muy cómodas.
Estuvieron hablando varios minutos. El joven le explicó nuevamente la visión del atentado y que no era la primera vez que tenía estas premoniciones. Estaba preocupado debido al temor que el hombre no le creyera y abordara el avión de todas formas.
Unos minutos más tarde sonó el teléfono. El diplomático lo atendió. Eran noticias del aeropuerto.
Los ojos del embajador se abrieron de par en par ante la información, luego colgó el aparato.
-Encontraron un artefacto explosivo colocado en el avión, bajo uno de los asientos de los pasajeros –comenzó. -Ya han llamado a los técnicos para desarmar la bomba y hacen averiguaciones de quienes tuvieron acceso a la aeronave intentando encontrar a los autores-.
El visitante guardó silencio.
¡Así que era cierto! El joven decía la verdad. Aunque cabía preguntarse si no estaría implicado o conocería a los terroristas. Sin embargo, su mirada y su voz le generaban una extraña sensación de calma.
-Iré en otro vuelo, que verificarán y se avisará de mi retraso a la reunión –explicó.
El joven parecía aliviado y sus ojos destilaban paz.
-¡Muchas gracias, Daniel! –le manifestó sonriente el diplomático -¡Usted me acaba de salvar la vida y la de muchos otros que esperan mi presencia en esa reunión para lograr la pacificación entre las facciones enfrentadas! ¡Muchas gracias, Daniel! -repitió estrechándole la mano efusivamente-.
El contacto con la mano le produjo un leve estremecimiento, como si ese ser no fuera de este mundo.
-Era mi deber -aclaró sucintamente Daniel. Se puso en pie, dio media vuelta y se alejó rumbo a la puerta.
El embajador lo siguió. Lo vio cruzar el jardín con paso rápido y seguro. El sol brillaba en lo alto, ahora. Las nubes dejaban ver el cielo que aparecía de un azul luminoso y los trinos de los pájaros se escuchaban una vez más.
Sin embargo, luego que el guardia le abrió el portón para que saliera, no pudo dejar de notar algo extraño en el joven. Quizás era un efecto de la luz o de sus ojos que ya no veían como antes pero hubiera jurado que de la espalda le surgían un par de alas semitransparentes que se agitaban suavemente al caminar.
-¡No, debió ser el efecto del sol! –se dijo y volvió para adentro más tranquilo.
(Gerardo Álvarez Benavente - 2024)
Ilustración: Adela Brouchy
Me gusta el clima entre la aprehensión que da la noticia y la paz de gran parte de la escena.
ResponderEliminarCreo que ese contraste es lo fundamental del cuento. Me alegra saber que llamó tu atención. ¡Muchas gracias, por leer y comentar!
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