A Gabriela le encantaban las plantas y las flores. Tenía un fondo grande y hermoso, repleto de plantas diferentes, algunas exóticas, y cuando florecían se sentía feliz. Un día, Gabriela apareció muerta junto a ellas. La encontró una vecina que pasó por allí. Al ver la puerta de calle semiabierta le extrañó. Entró, llamó a la mujer y como ésta no contestaba se dirigió al fondo donde Gabriela solía pasar largos ratos con sus amadas plantas. Ella yacía al pie de un gran cantero donde crecían exuberantes varias begonias y algunas cretonas de hojas verdes, amarillas y rosadas, que aparecían todas rotas como si las hubieran pisoteado.
Pero ¿Quién podría querer asesinarla? ¿Sería alguien conocido? ¿Algún familiar? ¿Su esposo? ¿O un mero ladrón? Nadie escuchó nada. No había ningún testigo.
Casi no había sangre, salvo alrededor de su cabeza, por lo que la policía supuso que murió instantáneamente allí.
Gabriela era muy querida en el barrio. Y su muerte generó una gran conmoción en todos quienes la conocían pues ella no le hacía mal a nadie y aunque algunos opinaban que era medio "rara" por la manera en que cuidaba a sus plantas, todos coincidían en que era una persona muy buena. Casi todo el mundo poseía en sus jardines o dentro de sus casas algún ejemplar regalado por ella que adornaba sus hogares: Begonias, Siemprevivas, Rosas, Cretonas...
Ella siempre las cuidaba mucho, poniéndole los mejores abonos, juntaba cáscaras de huevo, banana y otros aditamentos para mejorar la tierra. Pero sobre todo les hablaba. Estaba convencida que las plantas le entendían y cuando se acercaba a alguna de ellas parecía como si pudieran sentir su presencia y sus sentimientos. Y además, notaba que algunas "no se llevaban muy bien entre ellas" e incluso se peleaban por el espacio. Por eso siempre procuraba poner las que se llevaban mejor unas al lado de las otras y separar a las demás.
Emilio, era el dueño del vivero del barrio, un hombre muy aficionado a la ciencia y a las plantas, con las que hacía experimentos. Cuando Gabriela iba a comprar a su comercio, se quedaban charlando durante largo rato. Él le contaba lo que leía en las revistas especializadas:
-Existen estudios científicos que demuestran que las plantas reconocen a sus dueños y pueden sentir sus emociones. -le explicaba él. Y ella lo escuchaba atentamente. -Y que son muy sensibles al trato que reciben de los humanos. Reaccionan a la música y se desarrollan mejor o peor según quien las cuide-.
Por esta razón, Gabriela no solo les hablaba todos los días al ir a regarlas sino que también les cantaba. Claro que esto lo hacía cuando estaba sola para no parecer loca, pues la mayoría de la gente no entendía estas conductas y pensaban que eso era propio de personas que no estaban en su sano juicio. Su marido y su hijo hasta se reían de ella cuando la veían hablarles y cantarles. Pero a ella eso no le importaba. Sus plantas crecían cada vez más exuberantes, las rosas rojas y blancas por ejemplo, eran grandes y hermosas.
La investigación no dio resultados positivos ya que no se pudo dar con el asesino. Las joyas que ella guardaba en un cofrecito habían desaparecido y el dinero también. No se hallaron huellas dactilares que incriminaran a nadie en particular. Según las pesquisas alguien entró a la casa cuando ella no lo oyó y le pegó en la cabeza, para robarla.
La policía sospechaba de su marido pues decían que quizás tenía otra mujer y si ella no le daba el divorcio podría haberla matado. También el hijo podría tener alguna razón para matarla. Pero al parecer ambos estaban ausentes en el momento del crimen; el marido, trabajando y el hijo en el liceo. Al fin, la policía dio por sentado que algún ladrón había entrado y la asesinó.
Roberto -el marido de Gabriela- todavía no se daba por vencido de poder averiguar quien había sido el infame criminal que la policía no lograba descubrir. Y Emilio, el dueño del vivero, que lo conocía bien tuvo la idea de investigar por su cuenta. No estaba muy convencido del ladrón misterioso. Había leído en varias revistas especializadas acerca de un caso similar donde las plantas que asistieron a un crimen reaccionaron de manera significativa ante la presencia del asesino. Así que concibió la idea de hacer un experimento. Harían desfilar a todos los conocidos frente a algunos de los especímenes para registrar sus reacciones ante cada persona.
Dos meses más tarde, el día del cumpleaños de Gabriela, organizarían una reunión con los vecinos y parientes para buscar pruebas.
Emilio distribuyó por la casa algunas de las cretonas que estaban cerca de Gabriela cuando la mataron: dos a la entrada del comedor y otras dos en el pasillo que llevaba al fondo, conectadas con electrodos a un polígrafo para registrar cualquier posible reacción que tuvieran y contactó a un joven de la Policía Técnica que era conocido suyo para que lo ayudara a descubrir al culpable. Le contó lo que pensaba hacer y el policía -que tenía ideas nuevas y ganas de ascender- aceptó. Para evitar levantar sospechas vendría de particular y sería presentado como un amigo de Emilio.
Esa tarde algunos vecinos y familiares fueron llegando a la casa, se dirigieron por el pasillo hasta el patio iluminado por la luz del sol y luego se reunieron en el comedor, acongojados. Unos lloraban, otros comentaban todavía la tragedia y elucubraban teorías sobre el asesino. Pero todos la recordaban con cariño. Y los electrodos conectados a las plantas elegidas iban marcando en el papel del polígrafo, sus reacciones. Emilio controlaba el experimento sin que los demás sospecharan lo que hacía mientras el policía charlaba con los familiares tratando de averiguar algo más de cada uno sin que pareciera un interrogatorio.
En determinado momento llegó Nicolás -el hijo de Gabriela- un joven de unos dieciocho años. Era algo desgarbado y tenía la mirada como extraviada. Al parecer sufrió un shock muy fuerte por la muerte de su madre y daba la impresión de no querer estar allí. Cuando pasó por delante de una de las cretonas, ésta tuvo una reacción extrema que marcó en el sensor como si la planta tuviera miedo de él. Y lo mismo ocurrió con otras, que marcaban grados de "estrés" muy elevados cada vez que el joven se acercaba a ellas. Era significativa la manera en que las plantas reaccionaban ante el hijo como si estuvieran frente a alguien muy peligroso, pues con el resto de los familiares y vecinos marcaban reacciones normales en el papel.
Emilio estaba convencido: Nicolás tenía que ser el asesino. Últimamente parecía andar en malas juntas según lo que contaban algunos vecinos. Y podría haberse escapado del liceo en cualquier momento.
Ante tales sospechas, Emilio le mostró las pruebas al policía de la técnica quien se dispuso a interrogar a Nicolás.
Luego que todos los vecinos se retiraron y delante de su padre comenzaron con las pesquisas. El cielo se había puesto tan gris como el clima en la casa.
-Decinos ¿por qué mataste a tu madre? -le espetó el policía.
-¡Yo no la maté! -aseveró enojado-.
-Las cretonas te delataron... -Emilio le mostró los registros del polígrafo al muchacho. -Sabemos que fuiste vos-.
-¡Esas plantas estúpidas! -gritó de mal modo el muchacho.
El padre lo miraba severo con la esperanza de que los hombres estuvieran equivocados pero desconfiaba de su hijo.
-¿Qué hiciste con las joyas? -continuó el policía como si no lo hubiera oído.
El joven no daba prenda pero ante el apremio, al final confesó:
-¡Yo no quería matarla, papá! –gimió pálido -Yo solo quería que me diera más plata para conseguir droga -continuó con voz aguda -Pero ella se negó y me dio la espalda... Me enojé y le grité -¡Vos gastás más dinero en esas plantas que en mí! ...Y con la pala que había en el fondo le pegué en la cabeza. Yo sólo quería desmayarla para quitarle la llave del cofrecito donde guardaba sus joyas y los ahorros-.
Roberto quedó devastado al oír su confesión ¿Qué habían hecho mal para que su hijo se volviera un asesino?
Entre Emilio y el policía se llevaron a Nicolás a la comisaría. Allí continuó el interrogatorio. Nicolás explicó que como su madre se encontraba en el jardín arreglando la tierra para los canteros, él no pensó que alguien pudiera delatarlo. Después se asustó y tiró la pala al arroyo cercano. Borró toda huella que pudiera quedar en el cofrecito, le colgó la llave al cuello a su madre otra vez y volvió al liceo donde uno de sus amigos le guardó las joyas para dárselas a un traficante que siempre rondaba por los alrededores del centro de estudios.
Luego de esto la policía allanó la casa de su amigo y encontraron parte de las joyas.
Emilio reflexionó en voz alta:
-El mal está en todas partes... porque es de las plantas de donde se sacan las drogas. Pero estas otras plantas ayudaron a resolver el caso-.
-Sí -opinó el joven policía -El ser humano logra que las plantas hagan lo que no hacen por si mismas. Fabrican drogas que vuelven loca a la gente pero también resuelven crímenes...
Roberto, desconsolado, decidió vender la casa y le regaló todas las plantas a Emilio por ser él quien había logrado aclarar el misterio.
Nicolás fue encarcelado junto a su amigo, sin entender demasiado lo que ocurrió. Él no tenía idea de lo que las plantas pueden revelar. Había sido descubierto por un grupo de testigos silenciosos que al parecer no eran tan silenciosos, después de todo.
Ilustración: Adela Brouchy


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