lunes, 29 de junio de 2026

La garra charrúa

                                           


Ernesto se encaminaba al estadio junto con miles de fanáticos que querían presenciar el encuentro. A los alrededores del coliseo se agolpaban los coches que buscaban un lugar para estacionarse. Los carritos de los chorizos pululaban tratando de hacer el mango para el mes. Estaban también los perros policías, nerviosos y atentos, y sus dueños de uniforme azul. Ernesto se acercó a la puerta del recinto de juego y buscó la entrada en sus bolsillos. Había sacado para el primer anillo de la tribuna Olímpica, le había costado bastante pero bien valdría la pena.  

Se colocó en la cola de la entrada, al llegar a ella un policía lo revisó. Los hombres debían vaciar sus bolsillos y las mujeres abrir sus carteras. No se podía entrar con objetos que pudieran ser lanzados al campo.

Cuando logró pasar se sintió aliviado. Buscó su lugar y se sentó. Había conseguido ubicarse justo en el centro, de manera que podía ver los dos arcos a la misma distancia y con gran nitidez. Al igual que la mayoría de la gente, Ernesto se sentía eufórico de ver jugar a su país. Las banderas uruguayas coloreaban las tribunas del estadio y ya podían oírse los cánticos contra el adversario.

En la cabina de transmisión estaba todo preparado, los relatores con sus respectivos micrófonos en las manos y los auriculares sobre sus oídos estaban listos para deleitar al público con un relato veraz y objetivo.

Ernesto como gran parte de quienes se encontraban allí era fanático del fútbol y concurría habitualmente a ver a su equipo pero debido a los desmanes producidos en las canchas y a lo malo de los encuentros había dejado de ir. Pero hoy los técnicos habían prometido un partido como pocas veces se había visto. El equipo era de primera, la mayoría de los jugadores eran repatriados y cobraban en dólares, tenían amplia experiencia en el extranjero con equipos sumamente profesionales. Además, la seguridad del encuentro estaba asegurada y la mayoría de los hinchas eran uruguayos.

El estadio se seguía llenando y muy pronto quedó repleto, setenta mil espectadores se aprestaban a seguir con avidez el partido.

Por un instante el bullicio disminuyó y enseguida fueron apareciendo uno a uno los jugadores del equipo visitante. Entonces comenzó la silbatina. Fue general: "que les íbamos a ganar", "que eran nuestros hijos", "que les íbamos a demostrar lo que era jugar al fútbol", etc.

Los adversarios cantaron el himno de su país con la frente alta, no se les movía un pelo. Eran recios, con cuerpos que impresionaban por su musculatura y su tamaño. Pero el griterío general continuaba.

Momentos después surgieron del túnel los jugadores celestes. Ernesto se puso de pie y gritó a más no poder. El escándalo fue mayúsculo. Ante el himno patrio cantaron los setenta mil orientales y luego se dispusieron a jugar.

Sonó el silbato ante la ovación y la pelota se puso en juego. Ernesto observaba atentamente cada movimiento de los jugadores; desde su lugar podía ver detalladamente cada gesto, cada pase, todo. El juego estaba parejo y nadie parecía dominar el partido. Pero de pronto en una jugada confusa el número nueve adversario se acercó peligrosamente al área y pateó... el golero uruguayo no pudo atajarla y el tanteador se ponía unos a cero.

La reacción del público fue monstruosa, al juez le dijeron de todo y como no tenían otra cosa le tiraban con los vasos de plástico de los refrescos. El relator en su cabina decía ¡que no podía ser!, que el juez no había cobrado una falta, que el juez era un ladrón; y la parcialidad lo apoyaba.

Cuando terminó el primer tiempo podía verse la bronca en los rostros de la gente. El aire en las tribunas se había vuelto denso y todavía podían escucharse los más variados epítetos. Al comenzar el segundo tiempo se hizo un silencio enorme, todos estaban esperando la reacción celeste, la vieja garra que había logrado tantos buenos resultados en otros tiempos.

Ernesto seguía mirando con atención el encuentro y escuchaba su radio portátil que era lo único que había podido pasar. En un momento en que los contrarios tenían la pelota Ernesto observó algo extraño en uno de los jugadores que recién había ingresado al campo en sustitución del número cinco uruguayo. parecía más grande que los otros, su piel era más cobriza y tenía rasgos aindiados. En efecto, el que ingresaba se llamaba Tacuabé, había dicho el relator. A los pocos minutos el número nueve parecía haberse vuelto más alto que antes, de pronto notó que en la cabeza tenía una leve vincha y que de ella asomaban un par de plumas. Su aspecto era duro e indómito, el pelo se le había puesto renegrido y la piel brillaba al sol de una manera particular. Sus piernas eran fuertes y musculosas y en el rostro tenía pintados tatuajes en blanco que le daban un aspecto más fiero. En pocos instantes pudo darse cuenta que uno a uno, los jugadores celestes habían ido sufriendo esa transformación y ahora todos parecían indios charrúas que corrían de manera muy veloz tras el balón.

En los siguientes minutos del partido todo el cuadro uruguayo estaba jugando como pocas veces se había visto. Los nombres de los jugadores también habían cambiado; ahora se podía escuchar que el número nueve era nada menos que el cacique Polidoro y que lo secundaban Vaimaca Perú, Comandiyú y Senaqué. Ernesto estaba fuera de sí, gritaba y alentaba a la selección como pocas veces lo había hecho. Hasta que en los últimos minutos del partido, el cacique Polidoro tomó la pelota y zigzagueando eludió a los contrarios hasta quedar solo enfrente del arco... entonces pateó e igualó el encuentro. Las tribunas estallaron al grito de ¡Uruguay! y ya nadie permaneció sentado. Faltaban tan sólo cinco minutos para terminar y los contrarios habían quedado parados en medio del campo, viendo como los celestes ahora indios hacían lo que querían. Faltando un minuto vino el dos a uno para los uruguayos y fue el apoteosis. El estadio temblaba ante el peso de los hinchas y sonaban las bocinas. En el tablero electrónico ya se leían las palabras: "URUGUAY CAMPEÓN" y alternadamente el resultado. El relator en su cabina estaba eufórico, gritaba: "El número nueve convirtió el gol, con una jugada para la historia, la pelota quedó como pintada en la red del arco adversario".

Al terminar el encuentro Ernesto podía ver como la gente corría a la cancha para abrazar al equipo, las banderas se agitaban incesantemente y todo era una fiesta. Cuando el equipo contrario se fue a los vestuarios los charrúas corrieron tras ellos con arcos y flechas en la mano como para escarmentarlos y detrás de ellos parte de los hinchas.

Ernesto estaba feliz, se abrazaba con la gente empapado en sudor como si él hubiera estado jugando también. Luego se alejó lentamente del estadio entre el escándalo de la gente y las sirenas de la policía...

***

De lo que Ernesto no se dio cuenta fue que los sonidos que escuchaba provenían del llanto de la gente y que las sirenas de la policía eran para reprimir las pedreas a los autobuses donde habían venido los extranjeros. Pero lo peor de todo, era que Ernesto no se había dado cuenta que el último gol había sido de los adversarios, porque los charrúas ya no existen, hace muchos años que los exterminamos...




Cuento escrito en 1990, publicado en el libro colectivo: "Liter-Uruguay - Narrativa -Poesía 1999" Editado por A.E.D.I.-Uruguay

Ilustración: Adela Brouchy

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