viernes, 3 de marzo de 2023

El can neurótico

 



I

El amplio salón del hotel se fue llenando de gente. La enorme araña con caireles de plástico iluminaba el lugar. Las paredes eran de color rosa y las columnas decoradas en dorado. Había cuadros con gruesos marcos mostrando los retratos de ilustres visitantes. El murmullo de la gente se expandía por el recinto. La orquesta de cámara ejecutaba antiguas melodías entreteniendo a los presentes. La gran mesa que dominaba el salón -con su mantel de hule bordado- esperaba para ser servida.

El camarógrafo debería estar en su lugar para cuando Jazmine apareciera y seguir cada uno de sus movimientos. Dos hombres con trajes bordados se colocaron a ambos lados de la escalinata e hicieron sonar las trompetas y un tercer hombre anunció en voz alta el nombre de la agasajada.

Jazmine apareció en lo alto de la escalera, al pie de la cual una larga alfombra roja le señalaba el camino por el que llegaría al vasto salón de fiestas, donde quinientos ávidos invitados la esperaban. Ella estaba radiante. Tenía un vestido negro que llegaba hasta el suelo y resaltaba la blancura de su cuerpo. Dos aretes dorados pendían de sus orejas y una gargantilla del mismo color completaban su indumentaria. llevaba largos bucles que le caían a ambos lados de la cabeza y los labios pintados de color rojo sangre. Todos los presentes estaban de acuerdo que se encontraba realmente hermosa.

Descendió la escalera al ritmo de la música del "Danubio azul" con la cabeza en alto -demostrando su antiguo linaje- y caminó con paso ligero, observando a unos y a otros que la miraban maravillados. Llegó al salón y de un salto se sentó en el asiento que le tenían reservado en la cabecera de la mesa.

Se dio la orden de comenzar. Inmediatamente una docena de mozos aparecieron con sus bandejas repletas de manjares -fríos y calientes- y comenzaron a servirlos. Los invitados -ansiosos por comer- se abalanzaron a la mesa y en pocos minutos arrasaron con la comida.

Todo eso para festejar el cumpleaños de Jazmine, la perrita Caniche más hermosa de la región.

II

Peter no era el perro más mimado del mundo. Luis -su dueño- lo había encontrado en la calle un día de lluvia, revolviendo la basura. Apenas tenía unos meses de nacido. Lo recogió porque le dio lástima verlo allí todo mojado. Era un pequeño ejemplar de Cocker negro.

Se lo llevó a la casa. Lo bañó y le dio de comer. Luis vivía solo en un apartamento en un décimo piso. Se había divorciado y se sentía solo. Necesitaba una compañía.

Peter -a su vez- se sentía muy contento de tener a alguien que lo cuidara, y enseguida se adaptó al nuevo hogar.

En realidad fue Luis quien lo bautizó con nombre inglés ya que no sabía cómo llamarlo. El perro al principio no comprendía pero con el tiempo se acostumbró al sonido que su dueño usaba con él y respondía en cuanto lo llamaba.

Luis trabajaba en una oficina y estaba poco en casa excepto los fines de semana. Era entonces cuando aprovechaban para salir a pasear. El resto de la semana, el perro quedaba solo en el apartamento. Era muy inteligente y habilidoso. Por eso no le fue difícil acostumbrarse a escuchar la voz de su dueño en el contestador. Cuando oía la voz de Luis, salía corriendo al teléfono y con su pata delantera oprimía el botón del aparato y le ladraba. Así Luis podía saber si el animal se encontraba bien. Todas las tardes Luis lo llamaba por teléfono para saber cómo estaba y ambos se sentían más acompañados.

Un día Luis decidió comprarle uno de esos gimnasios especiales para perros que vendían en las tiendas de mascotas. Como el apartamento era chico y él no estaba mucho, el perro permanecía encerrado todo el día y no tenía donde correr a gusto. Muchas veces cuando Luis llegaba al hogar de noche, encontraba que Peter le había mordido los sillones y todo el relleno estaba esparcido por el suelo o que le había quebrado algún adorno de porcelana. Con el gimnasio -en cambio- podría hacer ejercicio y entretenerse sin que le destrozara nada. El veterinario le había dicho que eran muy buenos, así que Luis se decidió y se lo trajo de regalo para su cumpleaños -o más bien para el aniversario de su encuentro- ya que ignoraba la verdadera fecha de nacimiento del can.

Peter al principio no sabía que era todo ese armatoste que su dueño le había traído pero muy pronto cuando Luis con algo de paciencia y mucho trabajo pudo armarlo y ponerlo a funcionar, se entusiasmó y se subió de un salto a él.

Podía ser encendido fácilmente al oprimir el botón que se encontraba en la parte de abajo a un costado, como para que hasta el propio perro pudiera hacerlo funcionar sin dificultad, cuando deseara dar un paseo.

El artefacto constaba de varias partes:

Tenía una cinta sin fin para caminar, un lanzapelotas para que jugara, un árbol artificial con tierra para hacer sus necesidades, las que se volcaban en la parte inferior -donde un procesador químico se encargaba de descomponer. Enfrente a la cinta había una pantalla de Tv donde aparecían diversos paisajes: campo agreste, bosque, playa y ciudad. También poseía ducha y secador de pelo automático. Incluía además, un hueso de goma de regalo.


Peter se subía solo al gimnasio y con su pata oprimía el botón de arranque. Luego, cuando lo deseaba volvía a oprimir alguno de los otros botones que le permitían entre otras cosas cambiar el paisaje que se proyectaba en la pantalla. Cuando tenía ganas de enterrar un hueso podía hacerlo bajo el árbol artificial. Se entretenía bastante jugando solo, por las tardes, hasta que se cansaba y se echaba a dormir. Y ya no le rompía cosas en el apartamento a su dueño.

Pero Peter, como todo animal sentía el llamado de la naturaleza. Luis no quería llena el apartamento de animales y además no conocía quien pudiese oficiar de novia para su mascota. Ni siquiera conocía a muchos de sus vecinos, ya que pasaba la mayor parte del tiempo trabajando. Así que cuando llegó el verano y quiso irse de vacaciones debió buscar quien lo cuidara.

Recordó la tarjeta que el veterinario le había dado la última vez que llevó a Peter a revisar. Era de uno de esos hoteles para mascotas en donde brindaban diversos servicios.

Lo llevó allí. Peter creyó que sería abandonado nuevamente. Luis trató de hacerle entender de lo que se trataba. Tendría piscina para nadar y refrescarse, servicio de paticura, brushing y demás accesorios de belleza. Tendría un dormitorio con cama especial superpullman y comidas con más de doscientos platos diferentes a su elección. Y además... una decena de perras para elegir, finas y bellas, todas en celo -este servicio se pagaba aparte, por supuesto-.

Luis se fue contento luego de dejarlo allí, pensando que su perro se divertiría mientras él se dedicaba a descansar lejos y a conquistar algunas mujeres.

III

Jazmine era uno de los cuatro perros que tenían en la casa y había sido criada con los mayores cuidados. Alimentación balanceada, guardarropa especial para su protección en los días de lluvia o fríos. A cambio se le pedía compañía y que le diera una buena descendencia para vender. Debería cruzarse con perros de su propia raza conseguidos por la dueña a tales fines.

Un día, su dueña la encontró en actitud comprometedora junto a uno de los machos de Boxer que ella tenía. Puso el grito en el cielo, no podía permitir una cruza de esa naturaleza. "Las razas debían conservarse puras o todo se volvería un caos. Sus descendientes podrían ser confundidos con esos animales que cría la gente común o los bichicomes"

Inmediatamente ambos perros fueron separados y a Jazmine la encerraron de manera que no pudiera volver a acercarse a los demás perros de la casa, para no correr riesgos nunca más.

Pero Jazmine no obedecía a los requerimientos de su dueña. Ésta le había conseguido varios candidatos de la mayor pureza y ya tenía reservadas todas las crías a gente de su círculo social. Uno a uno Jazmine los rechazaba. Y su dueña se enfurecía. La perra era la única a quien no lograba cruzar y le hacía perder muchos dólares.

IV

Peter comió abundantemente y recibió gustoso todos los servicios prestados pero seguía extrañando a su dueño.

Una hermosa perra Foster fue la elegida por él. Se la instalaron en una suite con música romántica, decorada en tonos de rosa, adecuados para la ocasión.

Estuvieron corto rato en compañía, ya que Peter se dio cuenta que la perra con quien estaba no era otra cosa que un robot que despedía feromonas para excitar al can de turno. Estaba programada para realizar las destrezas del cortejo y la cópula y dejar satisfecho al cliente. Lo descubrió cuando por alguna falla mecánica la perra comenzó a despedir humo hasta quedar absolutamente chamuscada e inmóvil. Peter recibió varias descargas eléctricas que lo dejaron nervioso y asustado y más triste que antes añorando la vuelta a casa. Dejó de comer por las noches aullaba, despertando a los demás perros que se ponían a contestarle provocando un gran escándalo en el hotel y despertando a los vecinos de la zona.

Por fin llegó Luis, más bronceado que antes y contento de las vacaciones. Peter al verlo se le tiró encima haciéndole fiestas y ladrándole enloquecido.

El dueño del hotel le contó lo sucedido y Luis se sintió culpable por haberlo dejado. Se fueron juntos cuando el perro se calmó.

V

Jazmine continuaba jugueteando a su libre antojo y rechazando las órdenes que su dueña le daba. Ésta comenzó a impacientarse.

Estaba cansada de su mascota, hacía tres años que a tenía. Había visto otra hermosa ejemplar la última vez que pasó por el shopping y le pareció mucho más "fina", haría juego con su estilo de vida actual. Ya había cambiado de casa, de auto y hasta de marido, ¿por qué no iba a cambiar también de mascota? Así que decidió dejarla en la calle.

Ante la sorpresa del animal, Jazmine fue echada de su habitación -de improviso- por el mayordomo y le fueron quitadas todas sus joyas y su ropa cara. El hombre no animándose a tirarla a la calle, la dejó en el jardín, cerca de la puerta de servicio. Al mayordomo le daba lástima echarla de esa manera. ¿Adónde iría a parar una perra de su categoría y no acostumbrada a la dura vida de la ciudad?

Últimamente se veían por el barrio muchos perros de distintas razas -pasados de moda- que deambulaban revolviendo los tachos de basura para comer. Se los veía tristes, sucios y debían dormir en cualquier lado. Al no estar acostumbrados a esa vida sufrían mucho y algunos ni siquiera sabían valerse por sí mismos.

El mayordomo le daba comida a Jazmine a escondidas de la dueña -en el fondo de la casa- tras la cocina.

Por varios días el sistema funcionó aunque la perra se sentía extrañada por el repentino cambio de vida. Y varias veces intentó volver a entrar a la casa. Hasta que una tarde la dueña la vio.

-¿No le dije que no quería volver a ver a esta perra en la casa? -le reprendió la mujer enojada. -¿Por qué no la echó como el dije?

-Es que me da lástima, pobrecita...

-¡Nada de lástima, saque de una vez a ese animal o lo haré yo misma!

-Sí, señora -contestó el mayordomo con tono resignado.

La perra dio contra la acera y se puso a rasguñar el portón de madera durante un buen rato. La idea era dejarla allí y más tarde cuando no lo vieran hacerla entrar o esconderla en las habitaciones de servicio. Pero Jazmine se sentía morir. Comenzó a caminar por la cuadra para consolarse y se alejó del lugar.

VI

Durante el regreso a casa, Peter iba enloquecido con su dueño. Hasta que se encontró con una hembra. Ella andaba por la vereda de enfrente y al ver al perro se le acercó haciéndole fiestas. Peter recordó a la perra mecánica con quien había sufrido el accidente y temiendo que otra vez le sucediera algo similar intentó huir. Luis quería retenerlo con la correa pero no podía, el perro lo arrastraba. La perra lo perseguía. Peter comenzó a dar vueltas alrededor del hombre enredándole las piernas con la correa y tirando de ella asustado para escapar. Ella continuaba tratando de darle alcance, hasta que Luis se desparramó por el suelo con ambos perros ladrando y saltando por encima de él sin poder controlar a ninguno y creando un tremendo alboroto. Inmediatamente una señora cruzó la calle llamando a la perra -quien al fin obedeciéndole se fue con ella.

Cuando Luis se desenredó y se puso de pie Peter estaba acurrucado temblando contra la pared. Lo levantó con ambas manos, lo cargó y se lo llevó de allí.

Decidió llevar al perro al veterinario. Le explicó lo ocurrido y éste le dio la tarjeta de un profesional que se ocupaba de estos casos y podría atenderlo.

No muy convencido de que sirviera lo llevó a la dirección donde indicaba la tarjeta. Era un doctor especializado en psicología canina.

El doctor le pidió a Luis que esperara afuera. Hizo sentar al perro en un sofá muy mullido y comenzó a mostrarle una serie de imágenes en una pequeña pantalla. Quería determinar sus reacciones. Anotaba en una libretita todo lo que el perro hacía. Primero le mostró escenas de paisajes y el perro no demostraba temor. Luego le mostró comida –acompañada del olor correspondiente- Peter se relamió. Cuando el doctor le puso delante de sus ojos la imagen de una perra y el aroma a feromonas fue olfateado por el can, este tuvo varias reacciones. Primero saltó del sofá acercándose a la pantalla e inmediatamente volvió a su lugar y se acurrucó a los pies del hombre. Se puso a aullar mirando al doctor con ojos suplicantes como pidiéndole que no lo volviera a engañar.

El doctor diagnosticó: neurosis sexual.

Hizo pasar a Luis.

-Lo que necesita este animal es una hembra de verdad. Ha sufrido una experiencia traumática.

Luis le contó lo ocurrido en el hotel y en la calle. El doctor lo miró por sobre los lentes y le dijo:

-¡Muy mal, mi amigo! Este perro ha sufrido mucho. Cuando usted lo dejó en el hotel, seguramente él revivió el trauma de su primer abandono lo que le ocasionó una ansiedad muy grande. Para colmo el accidente que le produjo la descarga eléctrica vino a complicar aún más las cosas. Necesita cariño y un ambiente tranquilo. Hay que acercarlo progresivamente a sus congéneres para que pierda el miedo. Le va a llevar un tiempo, hasta poder descondicionarlo por completo.

A Peter lo recostaron en un diván, el doctor le conectó diversos sensores eléctricos en las patas y en varias partes del cuerpo para medirle las reacciones mientras le ponía una música relajante y le hablaba despacio para tranquilizarlo. Al mismo tiempo proyectaba imágenes de paisajes y perros realizando distintas proezas. Cuando el perro se ponía nervioso los sensores emitían un sonido y a veces Peter ladraba o aullaba. Inmediatamente el doctor le suministraba una dosis de tranquilizante.

Este proceso llevó varias sesiones, hasta que el can perdió por completo el miedo a sus pares femeninas y a las imágenes del cortejo. Estaba listo para experimentar en carne propia el acercamiento a una hembra verdadera. Luis le pagó al doctor y se llevó contento al perro.

VII

Jazmine continuaba vagabundeando por la ciudad, le daba miedo el ruido de los automóviles y más de una vez estuvo en peligro de ser atropellada por uno de ellos. No sabía cómo conseguir comida y tampoco tenía mucho hambre. Al pasar por el frente de una casa un enorme Mastín negro le arrojó su temible ladrido asustándola enormemente. No estaba acostumbrada a ver animales de ese tamaño.

Corrió asustada hasta ponerse a salvo. Llegó a una plaza donde había mucho verde y el ruido de los autos era más suave. Se acurrucó bajo un banco vacío y se durmió. Estaba cansada de vagar y se sentía deprimida, sin saber qué hacer.

Luis había salido a caminar con Peter por el barrio. El perro estaba contento de poder ver césped y árboles de verdad. A cada uno que encontraba se acercaba y levantaba la pata para marcar su territorio. Jugueteaba y le hacía fiestas al dueño, contento.

Llegaron a una plaza. Luis se sentó mientras el perro seguía dando vueltas y ladrando. En eso llegó Jazmine y se echó al pie del banco donde se encontraba Luis descansando. Miraba al hombre y al perro con cara triste para ver si le prestaban atención.

Peter la vio echada allí y lo primero que hizo fue alejarse con cierto temor. Después se le acercó y la olfateó. La perra levantó la cabeza y se puso a ladrar. Luis que continuaba sentado bajo un frondoso eucaliptus lo miró y pensó: "A lo mejor consigue novia"

Luego de un rato ambos perros correteaban juntos muy entretenidos. Entonces Luis resolvió que era hora de irse, se puso de pie, llamó a su perro y se fueron juntos. La perrita al verlo alejarse comenzó a seguirlos.

Cuando llegaron a la casa, Luis la vio, la hizo entrar -le daba lástima- y como Peter parecía no sentirse mal la bañó y le dio de comer. Jazmine estaba muerta de hambre.

Ambos perros parecían llevarse bien pero Luis pensaba que la perra era propiedad de alguien por lo que trató de averiguar en el barrio pero nadie la conocía. El veterinario -que sí la conocía- le dijo que era Jazmine, la perra de una millonaria que tenía por costumbre cambiar de mascota cada vez que se cansaba de ella. Esta era la quinta perra que tiraba a la calle. Y le aseguró que no era la única persona que hacía lo mismo. Había ya demasiados perros vagabundos por la ciudad que sus dueños abandonaban porque no tenían suficiente dinero para mantenerlos o simplemente porque no estaban de moda.

El veterinario había puesto un criadero en su casa con todas las mascotas que la gente desechaba. Ya no sabía qué hacer con tantos perros. Cuando alguien quería uno se lo vendía peo siempre se aseguraba que fueran personas que amaban a los animales, no soportaba a la gente que no tenía corazón.

Luis entendió que lo único que podía hacer era quedarse con la perra. A él siempre le gustaron los animales.

Peter, por su parte, se hallaba contento de tener una nueva compañera a la que no temía. Había recobrado su humor habitual y correteaba con su novia por el apartamento. Así que Jazmine se quedó para siempre.

Un año después Luis decidió mudarse a una casa con fondo donde hubiera espacio suficiente para Peter, Jazmine y sus seis cachorritos.


Gerardo Alvarez Benavente

Del libro: "La vida al mango" 2003

Ilustración: Adela Brouchy



jueves, 9 de febrero de 2023

"La Biblioteca" - 2° Premio en el 44° concurso Dr.A. Manini Ríos

 



    La bibliotecaria -una mujer de mediana edad y lentes gruesos- estaba sentada tras el escritorio leyendo mientras esperaba que llegara la hora de la salida. La tarde caía y los últimos rayos de sol entraban por la pequeña ventana iluminando tenuemente la sala. El último lector se acercó con un par de libros en la mano para devolverlos. La mujer le entregó la cédula de identidad y saludó amablemente al que se retiraba. Puso los libros en el pequeño montacargas, oprimió el botón y éste subió hasta el segundo piso.

    Allí arriba un empleado los agarró para guardarlos. Luego se dirigió a la estantería correspondiente y los colocó en su lugar según su numeración y código. De repente varios libros cayeron de otro estante, todos a la vez como si una mano invisible los hubiera tirado a propósito. El hombre, molesto, se agachó a recogerlos y volvió a poner los ejemplares en su estante. No era la primera vez que ocurría esto. Últimamente los libros se caían solos, sin explicación. Algunos empleados creían que era por culpa de la obra en construcción que se estaba llevando a cabo en el predio de al lado.

    El sereno decía que por las noches escuchaba ruidos extraños, muchas veces y aseguraba que llegó a ver como una bruma plateada que se desplazaba por los pasillos de la biblioteca. Al principio los demás no le creyeron pero sabían que el sereno era un hombre recto que no bebía y era muy querido. En los últimos meses, además, cuando por la mañana llegaban los empleados encontraban libros diseminados por el piso, algo cada vez más frecuente. Por eso algunos decían que había un "fantasma" en la biblioteca.


    El reloj dorado marcó la hora de cierre. El sereno ya había llegado y se preparaba para pasar la noche. Los últimos empleados se aprontaron para marcar la salida. La bibliotecaria cerró la puerta de madera de la sala principal con llave, como hacía cada noche. Pasó por los ficheros de consulta para el público. Uno de los cajoncitos de madera lustrada estaba salido y cuando ella se aproximó para cerrarlo comenzaron a saltar las tarjetas amarillas de cartón y a volar, desparramándose por el suelo. Ella se agachó para levantar los cartoncitos y cuando lo hizo sintió un frío que la atravesó y creyó percibir un cuchicheo. Puso las tarjetas sobre la parte superior del fichero con intención de ordenarlas a la mañana siguiente. ¡Qué fastidio! -tendría que ordenarlas otra vez a primera hora.

    Cuando al día siguiente ella llegó a la biblioteca encontró al sereno furioso. Se había pasado toda la noche persiguiendo los ruidos y tratando de "cazar al fantasma". Esa noche los raros sucesos habían aumentado. Por alguna razón, "el fantasma" parecía estar más molesto que de costumbre. La mayor parte de los ficheros estaban tirados y una alfombra amarilla de fichas desparramadas cubría el suelo. Pero eso no era todo. Las estanterías estaban semi vacías y gran cantidad de libros de los distintos autores se entreveraban por doquier en los pasillos superiores. Incluso aparecieron algunos ejemplares en la planta baja como si "el fantasma" los hubiera tirado con rabia tratando de romperlos.


    Cuando los empleados revisaron las cámaras de seguridad vieron como los libros volaban de una parte a otra como si un huracán se hubiera desatado dentro de la biblioteca.

    Ya los empleados no querían seguir trabajando allí pues últimamente se pasaban reordenando todo, la mayor parte del día y muchas veces no encontraban los libros que la gente pedía en sala. Y ahora sí, todos creían que se trataba de un suceso paranormal. El director decidió llamar a un grupo de parapsicólogos para ver que se podía hacer al respecto.

    Tres hombres de aspecto extravagante y gestos ampulosos aparecieron con sus extraños aparatos y dieron vuelta por toda la biblioteca. Los parapsicólogos registraron un grado muy alto de movimiento psicoquinético. Pusieron cámaras infrarrojas y otros detectores para tratar de saber claramente de qué entidad se trataba y llegaron a la conclusión de que efectivamente había un fantasma.

    La única solución era llamar a una médium y hacer una sesión espiritista para tratar de comunicarse con el ente para saber que era lo que quería.


    Unas noches más tarde se reunieron para realizar la sesión los parapsicólogos, la médium repleta de collares, la bibliotecaria y el sereno.

    En penumbras, situaron una mesa antigua y amplia de madera en medio de la sala de recepción y se sentaron alrededor. Todos se tomaron de las manos. Se hizo el silencio más absoluto y la médium entró en trance. Comenzó a llamar a la presencia fantasmal para que se presentara y se acercara a ellos.

    De pronto, los libros de las estanterías comenzaron a volar como era costumbre. La bibliotecaria y el sereno se sobresaltaron.

    -¡Ven! -pronunció la médium con voz profunda --¡Ven con nosotros y dinos quién eres!

    Los libros dejaron de caer y un viento frío azotó los rostros de los presentes.

    -¡Dinos quién eres y qué quieres! -continuó la médium -¡Estamos aquí para ayudarte!

    Una neblina plateada se agitó delante de sus ojos durante algunos segundos. Luego silencio...

    -Dinos ¿eres el espíritu de un funcionario de la biblioteca?-

    Comenzaron a sentirse golpes a diestra y siniestra.

    Otra vez la neblina plateada: el frío recorrió la sala y giró alrededor de la mesa. Luego más golpes.

    De repente cayeron tres, cuatro libros sobre la mesa donde se celebraba la sesión. Todos se apartaron atemorizados, excepto la médium que volvió a invocar al espíritu para que se acercase y hablara con ellos.

    La bibliotecaria revisó los libros una vez que se le pasó el susto. Eran todos de un mismo autor. La médium continuó impasible:

    -¿Acaso eres un escritor?

    Cayeron más libros del mismo autor. Esta vez la bibliotecaria los tomó rápidamente y los hojeó ya sin tanto sobresalto.

    -¿Qué deseas? ¿Por qué esa furia? ¿Te han hecho algo?

    Silencio...


    Unos minutos más tarde cuando parecía que ya no ocurriría nada más y los que estaban alrededor de la mesa se estaban por levantar, apareció volando una tarjeta del fichero y cayó sobre la mesa. La bibliotecaria la tomó entre sus manos y ajustándose los gruesos lentes procedió a leer en voz alta lo que estaba escrito en ella:

    -Fulano de Tal (1930 - )

    El nombre que figuraba en la tarjeta era el del mismo autor de todos los libros que habían aparecido sobre la mesa, minutos antes.

    -Parece que Fulano está enojado -observó la médium. -Quizás está enojado porque su ficha no está actualizada -dijo en tono de reproche mirando a la bibliotecaria. -Si es un espíritu es porque murió y la tarjeta sólo tiene su fecha de nacimiento pero no tiene la fecha de fallecimiento... y quizás haya más datos que faltan -opinó con voz grave-.

    -Sí -replicó la bibliotecaria frunciendo el ceño, molesta. -Estamos atrasados porque nos falta personal y rubros. ¡No damos abasto!

    -Creo que él quiere que se actualicen sus datos -continuó la médium con su voz profunda-.

    -Bueno, trataremos de hacerlo lo antes posible -acotó la bibliotecaria con cierta ansiedad.

    Se oyeron más golpes y la neblina brilló sobre sus cabezas.

    -Si te comportas bien y ordenas los libros que has desordenado se te corregirán los datos que faltan -sentenció la médium-.

    Fue un compromiso.


    Al otro día la biblioteca amaneció limpia y los libros y ficheros en orden. Entonces la bibliotecaria puso manos a la obra y con sus empleados corrigieron los datos del escritor fallecido.


    Nunca más hubo problemas y cuando un libro no se encontraba, el fantasma ayudaba a los empleados a buscarlo.



Gerardo Alvarez Benavente (2022)

Ilustración: Adela Brouchy

domingo, 1 de enero de 2023

Trans-formaciones - Libro para bajar o leer

En el año 1997 publiqué mi libro "Trans-formaciones",  un libro de cuentos uruguayos que mezclan realidad y fantasía. 

Ahora que ya se agotó la edición decidí publicarlo digitalmente de forma gratuita en la página de Freeditorial. 

En el siguiente link: 

https://www.freeditorial.com/es/books/trans-formaciones-gerardo-alvarez-benavente 

pueden bajarlo totalmente gratis o leerlo en línea.


¡Qué lo disfruten!


domingo, 25 de diciembre de 2022

En un pesebre de Belén



 En un pesebre de Belén

junto a un burrito y un buey,

nació un niño especial.


Los magos de oriente,

oro, incienso y mirra

le quisieron regalar.


Y los pastores, 

con sus ovejas y cabras 

también lo fueron a adorar.

 

Algunos lo llaman el redentor

porque vino al mundo a traer 

un gran mensaje de amor.


Y en esta Navidad, 

recordando su mensaje

logremos un mundo mejor.



domingo, 26 de junio de 2022

Del libro "Trans-formaciones"

 


Cuando ganemos el 5 de Oro


Estaban juntos alrededor de la mesa, atentos al locutor que mostraba las cifras en el tablero luminoso. Casi todos tenían alguna boleta del 5 de Oro.

-Yo los quiero mucho -pensaba el dueño de casa- pero si llegara a sacar no sé si les diría algo. Tendría que disimular delante de todos. Pero si gano y no les digo nada capaz que se enteran igual. Y si les digo, seguro que me manguean. Ellos son buenos pero tienen sus problemas, tienen deudas, caprichos -como todo el mundo- y... pajaritos en la cabeza...

-¡Ah, si yo saco, me compro una casa en Carrasco -dijo la gorda -me voy a vivir ahí y no laburo más!

-Sí, yo tampoco -acotó su cuñado. -Lo primero que hago es poner la guita en el banco y me voy de viaje. Después veo lo que hago con el resto.

-¡Ah, no! -dijo Carlos -Yo pongo un negocio.

-¿Para qué querés un negocio? -le dijo su mujer.

-Para tener más plata -le respondió él.

-¡Vos estás loco!, seguir laburando después que tenés medio millón de dólares.

-Y... no es tanto -dijo la Tota -Mirá que después tenés otros gastos, otro estilo de vida. ¡No te dá pa' nada!

-¡Qué no te va a dar! -le retrucaron varios.

-Y sí -les respondió ofendida. -Tenés otras amistades, fiestas, regalos caros... Se va enseguida.


Él, los miraba a todos. Se peleaban por un dinero que no existía. Nunca van a verla -pensaba -porque yo me voy a ganar esa guita. Hace tres años que vengo siguiendo los mismos números y según las estadísticas tengo que sacar un día de estos. Ya tengo todo calculado: casa nueva, auto, yate, cuenta en el banco, viajar por todo el mundo. Podría comprar todas las cosas que añoré durante años...

La niña cantora pronunció el primer número, con su voz fuerte y clara.

-... es uno de los míos -pensó. -Podré aguantarme la emoción, sin duda. Yo soy un tipo muy tranquilo...

La segunda bolilla también la tenía.

-¡Yo las tengo! -exclamó el novio de la hija. -Ahora voy a poder crear el instituto.

-...¡Qué mala suerte!, tener que compartir el premio con este nabo, que es capaz de regalar la plata a los pobres. ¡A mí no me va asacar mi dinero!

La tercera bolilla rodó por el tubo de acrílico y chocó con la anterior. Tenía las tres.

-¡Ah, esa no la tengo! -exclamó el novio.

-...¡Qué suerte! Ahora toda la guita es para mí. Lo primero que voy a hacer es comprarme una pantalla de televisión de las más grandes, un súper equipo de audio con mil watts de potencia y con carrousell para compactos y una filmadora y voy a cambiar todo el mobiliario y voy a instalar un yacuzzi y...

La cuarta bolilla cayó. También la tenía. Iban las cuatro al hilo. El locutor hizo una pausa para aumentar el suspenso y recordó la cantidad en juego.

-...y voy a hacer negocios importantes y entonces voy a tener más plata y voy a comer en los mejores restaurantes y me voy a comprar los gabanes de piel de camello y voy a tener muchos sirvientes para mandar...

En la sala se hizo un silencio absoluto. Todos esperaban la última bolilla. Todos miraban el televisor para ver si por lo menos podían desquitar la jugada.

-...y no voy a tener que laburar más y voy a poder mandar al jefe a cagar y no voy a tener que verle más la cara a estos estúpidos y...

Y salió la quinta...

-¡Gané, gané! -gritaba y comenzó a dar vueltas alrededor de la sala -¡Gané, giles! ¡Soy RICO!

Todos lo miraron sorprendidos. A algunos se les subió la bronca a la cara. Pero igual lo felicitaron. Su mujer lo abrazaba.

-Bueno, ahora supongo que nos vas a invitar a tu nueva casa -le dijo el cuñado.

-Y nos vas a tirar unos mangos para la operación de la nena -le dijo la gorda -y después para mi tratamiento para adelgazar.

-¡NO! -exclamó enfurecido -¡No les voy a dar nada! ¡Es mía, toda mía!

-¡Nuestra! -le recordó su mujer -No me podés negar mi parte, la ley lo exige. Ahora me voy a poder comprar el tapado de armiño y el brazalete y el anillo... y me vas a poner una sirvienta para que cocine y haga las cosas de la casa. ¡Yo ahora no hago nada más!

-¡NO! -volvió a gritar el hombre. -¡ES MI DINERO! ¡ME VOY A IR A UNA ISLA A VIVIR SOLO Y A VOS NO TE VOY A DAR NADA PORQUE ME VOY A DIVORCIAR!

-¡No podés hacernos esto! -gritó la hija. ¡También es mi dinero! Además yo me quiero casar.

-¡QUÉ EL VAGO DE TU NOVIO TRABAJE Y TE MANTENGA! ¡YO NO LE VOY A DAR PLATA A NADIE!

Todo el grupo comenzó a rodearlo y a acercársele amenazante.

-¡DAME LA BOLETA! - vociferó la mujer.

El hombre volvió a gritar que no y trató de escabullirse. Pero los demás habían formado un cerco a su alrededor. Su mujer se fue a la cocina y volvió con el palo de amasar.

-¿DÓNDE ESTÁ LA BOLETA? -preguntó la mujer decidida.

-No te lo voy a decir -respondió burlonamente el hombre.

-Dale, ¡aflojá! No te hagás el vivo. Mirá que si no esto va a terminar mal -le advirtió su cuñado. -¡Dejate de pavadas!

El hombre viendo que no podía zafar se cruzó de brazos y se quedó mudo. Entonces la mujer se le abalanzó con el palo en la mano mientras los demás abrían el cerco para que ella pasara. La tensión era tremenda. Alguien dijo:

-¡HAY QUE REVISARLO! y enseguida le vaciaron los bolsillos buscando la ansiada boleta.

El hombre intentó resistirse pero no pudo. Al final la encontraron y comenzaron a saltar y a bailar. El hombre estaba rabioso y cuando los demás se descuidaron, él se abalanzó contra su mujer y se la quitó.

Pero entonces los otros volvieron a arrojarse sobre él para sacársela una vez más, el papel voló... y fue a parar a la estufa que estaba encendida. En pocos segundos quedó tan chamuscado que aunque lo rescataron fue imposible siquiera adivinar la jugada.


Mención de Honor XIX Concurso Dr. A. Manini Ríos (1997) organizado por A.E.D.I. - Uruguay. 



martes, 30 de noviembre de 2021

"Canis Familiaris" - (A Kafka)

 


I

Una noche se despertó Gilberto Zonzo convertido en perro. Sentía su cuerpo muy extraño y tenía calor. Una gran comezón en la espalda le hizo rascarse instintivamente con una pata. Después se quedó pensando en lo que acababa de hacer. Trató de encender la luz de la veladora pero no pudo: sus manos no le respondían, notaba los dedos cortos y las uñas largas. Asustado comenzó a tocarse; parecía tener una gran masa de pelos que le cubría todo el cuerpo, inclusive la cabeza. Al tanteársela notó que su nariz y sus mandíbulas se habían estirado, formando un hocico. Intentó gritar pero de su boca lo único que salió fue un par de ladridos. Ya sin saber que hacer y totalmente aterrado se acurrucó sobre la almohada, como un niño pequeño buscando la protección de su madre. Se puso a llorar a pesar de sus casi diecisiete años y pasó así largo rato mientras su cuerpo tiritaba, hasta que se durmió.

Cuando volvió a despertarse se filtraba un haz de luz por la ventana. Se desperezó suavemente y recordó con ligera amargura lo que creía haber sido un mal sueño. Pero entonces se vio: las manos totalmente peludas al igual que el resto del cuerpo. Nuevamente el terror le asaltó y el corazón le latió enloquecido como para salírsele del pecho. Saltó de la cama y cayó sobre sus cuatro patas, caminó lentamente, cruzó el pasillo y se dirigió al baño para observarse en el espejo. Al entrar comprobó que estaba demasiado alto para poder verse; así que con mucho esfuerzo trató de arrastrar un banco que allí había. Despacio empujando con su hocico y ayudándose con dos patas delanteras logró ponerlo enfrente del lavatorio, encima del cual se encontraba el espejo. De un salto logró colocarse sobre el banco y desde allí contempló su nueva figura. Tenía las orejas largas, dos manchas marrones a ambos lados del cuerpo que contrastaban con el resto del pelaje; su cabeza también era marrón y el aspecto general resultaba algo cómico. Movió la cola como intentando contentarse pero pronto la volvió a dejar quieta, decepcionado. El miedo ya había desaparecido y se había transformado en amargura y resignación. Sólo le quedaba por saber como reaccionaría su familia al verlo así.

Salió del baño, miró a todos lados y se puso a recorrer la casa. No encontró a nadie. Correteó un poco y contempló como la casa había crecido; el techo estaba más lejos de él y los muebles lo contemplaban amenazadores. Luego de un rato comenzó a sentir hambre, fue a la cocina en busca de algo de comida pero sólo encontró un poco de pan viejo encima de la mesa. La heladera permanecía inaccesible para él. Miró y vió nuevamente el pedazo de pan, se encaramó a la silla que estaba al lado y de allí subió a la mesa. Comía con dificultad, ayudándose con las patas delanteras. De pronto sintió un estruendo que lo sobresaltó, acababa de pegarle a una jarra que allí había y sus pedazos se esparcieron por el suelo dejando además un gran charco. A los pocos minutos, Gilberto sintió voces acercándose e inmediatamente después el ruido de una llave girando en la cerradura. Rápidamente corrió a esconderse y casi se cayó debido a los vidrios y el agua desparramada sobre el piso de la cocina. Sorteando los obstáculos se escondió bajo el sofá del living y allí se quedó. Eran sus padres que regresaban con su hermana de diez años. Sólo veía los zapatos y escuchaba sus voces. Esperó en silencio.

-¡Pero qué es este desastre! -gruñó el padre al entrar en la cocina. -¡No se puede dejar solo a Gilberto, ya rompió algo!

Gilberto aún escondido empezó a ponerse nervioso, como siempre que su padre lo rezongaba. Deseó salir para aclarar el asunto pero temió que fuera demasiado pronto.

La madre ahora barría el piso de la cocina, mientras el padre iba al cuarto de su hijo para reprenderlo.

-¡Gilberto...Gilberto! -gritó -¿dónde se habrá metido este boludo?

Sus padres lo buscaron por unos minutos, llamándole pero en vista de que no aparecía pensaron que habría salido con alguno de sus amigos.

A los pocos minutos llegó Gabriela, su hermana mayor. Gilberto decidió salir de su escondite; ella lo miró, lo acarició sin saber de quien se trataba y siguió para su cuarto mientras él la miraba alejarse.

-No me reconoció -pensó tristemente -quizás sea mejor así.

-¡Qué lindo perrito! -dijo Andrea, su hermana menor. Y se acercó también a tocarlo.

Él, la miró con sus ojos tristes como intentando explicarle lo que había ocurrido, pero ella tampoco parecía reconocerlo. Por fin, Gilberto decidió ir a su propio cuarto. Corrió hasta allí y luego saltó encima de su cama. Apareció su padre una vez más y con él, el resto de la familia. Allí estaba el perro ladrando como desesperado, saltando de la cama al piso y del piso a la cama. Todos lo quedaron mirando sin entender que era lo que quería decirles.

-¿Podemos quedarnos con el perrito? - preguntó la más chica. -Es muy lindo.

-¡No! -dijo el padre. -No quiero animales en nuestra casa.

-¡Dale, sí... por favor! -insistió la niña.

-¡No! -volvió a decir el padre -Además ya viste lo que hizo en la cocina. Lo voy a sacar de la casa.

-La verdad es que nos puede ser útil como guardián -intervino la madre -sugiero que se ponga a votación.

Gilberto las miraba atento y ladraba como aprobando lo que decían su hermana y su madre. Ahora se había bajado de la cama y estaba al lado de sus hermanas.

-No podemos -aseguró el padre -falta Gilberto; además yo ya dije que no. No sabemos de dónde salió ese perro. Si es de alguien o si está enfermo.

Gilberto se acercó a su biblioteca y poniéndose en dos patas intentó sacar un libro de la estantería. Gabriela vio que intentaba sacar el libro preferido de su hermano. Se preguntó qué diablos podría querer ese perro. La discusión proseguía y Gilberto no lograba hacerles entender quien era él. Al final ganó el padre y se dispuso a echar el perro a la calle. Todavía nadie entendía como había entrado a la casa, pero de todas formas debería irse. El perro corrió asustado a esconderse pero el padre que lo seguía de cerca lo vio cuando se metía bajo el sofá de la sala. Corrió el mueble para atraparlo, a lo que Gilberto respondió con tal tarascón que por poco le come la mano. El padre ya enfurecido fue por un palo y lo obligó a salir. El perro bajó la cabeza y se marchó lentamente por el medio de la calle. La puerta se cerró de golpe.


II

En la casa todo el mundo volvió a sus tareas. El clima era, sin embargo, tenso. Cuando se sentaron a comer, nadie mencionó palabra, todos se encontraban sumidos en sus pensamientos acerca de lo ocurrido y a la vez preocupados por la ausencia del hijo. El padre había salido a buscarlo por el barrio sin hallarlo. No se encontraba en la casa de ninguno de sus amigos, ni en la sala de "maquinitas" que tanto le gustaba frecuentar. Al llegar la noche sus padres avisaron a la policía y en los días que siguieron la labor fue intensa pero no encontraron rastros de su hijo ni en los hospitales, ni en las seccionales de policía; simplemente había desaparecido.

Gilberto por su parte, trató de sobrevivir como pudo durante varios días. Vagó por las calles, revolviendo bolsas de basura para comer algo pero todo le resultaba inmundo. Pasó hambre y se mojó. Una tarde se reunió con una jauría que seguía a una ovejera alemán muy "seductora". Tenía deseos sexuales pero no se atrevía a satisfacerlos con una perra, por más que él fuera un perro ahora. Terminó siguiendo a una bonita rubia de minifalda y se contentó con frotar su pelaje en las suaves piernas de la muchacha.

De noche se refugiaba en la entrada de alguna casa. Una noche se acurrucó en un pequeño porche, allí durmió un buen rato hasta que llegaron los dueños. Ambos estaban borrachos, el hombre se le acercó y le pegó una patada que le hizo temblar todo el esqueleto. Saltó asustado con un dolor penetrante en las costillas y se lo quedó mirando. El hombre era grande como un rancho y su mirada le hizo temer más golpes. Se sentía el olor a alcohol y las risotadas de la mujer. El hombre le gritó que se fuera y Gilberto obedeció.

Cansado de tantos rodeos, Gilberto decidió volver a su casa con la esperanza de que al verlo alguna de sus hermanas lo dejaran entrar a dormir, aunque fuera por una noche.

Después de caminar un buen rato en la oscuridad, logró llegar a su querido hogar. Su estado era lamentable: estaba sucio, tan flaco que le saltaban algunas costillas y además muy cansado. Pensando en que su familia se habría dormido comenzó a rascar la puerta con una de las patas y a gemir débilmente. Al cabo de unos pocos minutos alguien le abrió la puerta, era su hermana menor. Al verlo se le iluminó el rostro. Lo dejó entrar y rápidamente fue a traerle una manta con que cubrirlo. Después se quedó contemplándolo unos instantes mientras le rascaba el lomo. El se quedó allí, cerca de la puerta, durmiendo hasta que amaneció. Cuando se despertó fue a su viejo cuarto, sigilosamente... y allí encontró una sala de estar; ninguno de sus muebles estaba, ni la cama, ni la biblioteca, ni nada más. Entristecido volvió a echarse sobre la manta en la que había dormido.

El resto de la familia se fue levantando y cuando lo vieron comenzaron las discusiones nuevamente. Al final, el padre cedió y Gilberto se pudo quedar con ellos. El ambiente estaba cambiado, ya nada era como antes; su madre se notaba más triste y apagada, sus hermanas lo extrañaban y su padre parecía preocupado y más débil. La adquisición de ese perro quizás sirviera para alegrar un poco más la casa.


III

Los meses fueron pasando lentamente y de a poco la casa fue tomando un nuevo color. Ya casi no se mencionaba al hijo muerto y Gilberto debió con dificultad ir aprendiendo todas las costumbres de un verdadero perro. Aprendió a jugar a la pelota con sus hermanas: mordiéndola la traía y la llevaba y cuando quería impulsarla con el hocico. Tuvo que ayudarse con las patas para comer lo que le preparaba su madre. Enterraba los huesos en el fondo, bajo la higuera. Extrañaba a sus amigos, el liceo y las tardes sin hacer nada. No lo dejaban entrar a la casa más que en ocasiones especiales. Su padre le construyó una linda cucha con unas maderas; tenía techo a dos aguas pintado de blanco y el resto de color rojo; le había dado un almohadón que hacía las veces de cama y una frazada para los días de invierno. Para él, ese era su nuevo refugio.

Gilberto ya había desistido de todo intento de hacerles saber quien era. A veces cuando Gabriela estudiaba en verano bajo la frondosidad del sauce, él se le acercaba despacito para que lo acariciara. Le tomaba parte del refresco que acostumbraba beber mientras leía. Ella lo miraba con los ojos tiernos, le acariciaba la cabeza y él se acurrucaba a su lado hasta quedarse dormido.

Una tarde soleada Gilberto estaba echado bajo la sombra de los naranjos y de pronto se le ocurrió una idea: trataría de escribir su nombre en el piso de tierra para que lo vieran. Revolvió en el fondo hasta encontrar un palito lo suficientemente duro como para que no se quebrara y se acercó a Gabriela y a Andrea que estaban jugando en otra parte del terreno. Comenzó a ladrarles para que lo siguieran; al no entender qué era lo que su perro quería, las muchachas no le prestaron atención. Él prosiguió con sus intentos y mordió el bajo del pantalón de su hermana mayor, tirando con fuerza. Cuando consiguió llevarlas hasta donde quería tomó la ramita con su boca y fue escribiendo una a una las letras de su real nombre. Sin demostrar demasiado interés las muchachas miraron lo que el perro hacía. Después se dieron cuenta de lo que ocurría: estaba escribiendo la palabra "Gilberto". Las letras no salieron muy perfectas pero se notaban lo suficiente como para entenderlas. Por un momento ambas se quedaron atónitas. El ladrido del perro las sacó de ese estado. Lo abrazaron y comenzaron a llorar. El perro ladró nuevamente y juntos los tres intentaron comunicarse.

-¿Sos Gilberto? -le preguntó su hermana mayor. A lo que el perro movió la cabeza como asintiendo.

-¡Yo quiero que vuelva a ser mi hermano! -gritó su hermanita, sollozando.

-No puede -le dijo Gabriela a Andrea. -Ahora es perro y no puede volver a ser persona. -A continuación le preguntó a Gilberto. -¿Te sentís bien, así?

El perro volvió a mover la cabeza de forma que pareciera un no.

Continuaron comunicándose de esa forma por un largo rato y le prometieron ayudarlo para que su vida no fuera tan penosa. A pesar de que los padres no creyeron la historia de su transformación cuando intentaron explicársela, consiguieron que lo dejaran entrar más a la casa y que la madre le preparara mejores comidas. Cuando los padres no las veían, le traían libros para que leyera y el walkman para que pudiera escuchar su música preferida. Dentro de la casa toda la familia, incluido Gilberto, miraban la televisión.

Al pasar el tiempo la vida del ahora perro volvió a parecerse un poco más a su vieja vida de humano. Aún seguía durmiendo en su cucha y enterrando sus huesos en el fondo pero ahora tenía mejores cosas para hacer y ya casi no se aburría.

Un día, a petición de las muchachas le festejaron el cumpleaños dentro de la casa; comió en el piso pero en plato nuevo, un gran trozo de carne y como postre le sirvieron un pedazo de torta que habían hecho en su honor.


IV

Una tarde de primavera, la familia decidió salir a pasear. Fueron al parque cercano y por supuesto Gilberto los acompañó en plan de perro. Pasaron una tarde muy bella; los trinos de los pájaros se oían como nunca, los árboles llenos de verde y de flores de colores alegraban el día. Gilberto estaba contento, iba y venía correteando, tratando de mirar todo lo que tenía a su alrededor. Hacía mucho tiempo que no veía tanto movimiento ni tanta gente. En su casa la vida era más sosegada y de vez en cuando venían algunas visitas que movían un poco más el clima formal de la familia. Pero hoy veía chicos corriendo como él, por allí; algunos jugaban a la pelota y otros iban en bicicleta de un lado para el otro. También, después de mucho tiempo podía ver jóvenes de su edad y recordar los tiempos en que tenía una barra de amigos.

Luego, al caer la tarde y comenzar a refrescar, la familia reanudó la caminata de regreso. Iban contentos hablando unos con otros mientras el perro se les adelantó ladrando, por la vereda.

Habían disfrutado de esa tarde y sobre todo Gilberto que volvió a sentirse como un humano. Ya en la casa la sensación persistía, pero no se trataba solamente de eso, sino que en efecto se estaba transformando de nuevo. En pocos segundos volvió a ser un muchacho, un poco más robusto y parecía más maduro que en la época de su desaparición. Los padres lo observaron atónitos. No sabían que hacer, se limitaban a mirarlo. Luego comenzaron a abrazarlo y besarlo mientras sus hermanas aplaudían felices. Gilberto les contó su rara historia.

Decidieron organizarle una fiesta y la madre le preparó su torta preferida, rellena de dulce de leche y bañada en chocolate.

Sin embargo y a pesar de que pasaron los años, hubo algunos hábitos que Gilberto no perdió: la costumbre de dar vueltas alrededor de la cama antes de irse a dormir y el deseo de lamer un buen hueso con la comida.


2º Premio - XX Concurso Literario Dr. Alberto Manini Ríos (1998) - organizado por la Asociación Escritores del Interior (AEDI-Uruguay)

Ilustrado por: Adela Brouchy


lunes, 8 de marzo de 2021

Relax

 


I

Ana entró en el tanque plateado y quedó a oscuras. Treinta centímetros de agua y cuatrocientos kilogramos de sulfato de magnesio le permitirían "flotar" durante el tiempo deseado. El tanque se cerraba herméticamente -pero podía abrirse desde adentro- y su tamaño era de dos metros y medio de largo por uno y medio de ancho y otro tanto de altura.

Se agachó al entrar y se recostó sobre el agua superdensa. El frescor del agua y lo "mullido" de ella le permitieron relajarse casi instantáneamente. No se oía un solo sonido, no se veía ni una luz; era como flotar en medio del cosmos, pero sin estrellas.

Cerró los ojos y dejó que su mente se lanzara a divagar. No tenía tensión alguna. Sus pensamientos brotaron, uno tras otro como empujándose -en un principio- luego fueron deteniéndose de a poco; más lentos y más lentos y ya comenzaban a perder sentido. Voces sueltas, imágenes, luces que se iban distanciando unas de otras. Pronto pudo fijarse en los espacios entre las palabras y entre los pensamientos. El silencio interior se fue apoderando de su cuerpo y de su vida. Había dejado de sentir. Una enorme paz le invadió. Realmente la necesitaba, luego del estrés diario, de correr todo el día, de las imposiciones de los demás y de las críticas. Lo necesitaba. Por eso día tras día iba a la clínica y se internaba una hora en el tanque de aislamiento. No existía mejor terapia para su cuerpo y para su mente. La encargada siempre le tenía reservado el mismo turno.

Ana continuaba tumbada suave y deliciosamente pacífica. De pronto ante ella emergió una luz -estaba a oscuras allí- Una luz blanca que la bañaba totalmente. No parecía provenir de ninguna parte en particular. Una voz le dijo: "No temas, yo estoy siempre aquí". Entonces la luz blanca se transformó en una rosa de mil pétalos llenando el espacio. Realmente era hermosa.

Después comenzó a percibir cuchicheos que se transformaron en voces conocidas: ¿sus padres?, no podía ser, hacía años que habían muerto. Una alucinación, pensó. Sintió miedo y las voces inmediatamente se acallaron, la rosa se desvaneció y la luz pulsó varias veces hasta volver a la oscuridad total.

Cuando las campanitas que le avisaban que había terminado su turno empezaron a sonar, ella estaba completamente despierta y extrañada por la experiencia. ¿Habría sido un sueño?

El sonido era suave y relajante luego se iba transformando progresivamente en una música de mayor intensidad y frecuencia hasta activarle todo el cerebro. Otra persona afuera aguardaba su turno.

Abrió lentamente la puerta con el brazo semidormido. Vio la luz de la sala y escuchó el murmullo de la gente de la clínica. Se incorporó despacio y salió.

II

Luego de esa experiencia, Ana comenzó a sentirse extraña, como si no estuviera totalmente integrada a la realidad. A menudo tenía premoniciones y parecía percibir los cambios climáticos con gran exactitud, 48 horas antes de que ocurriesen. Si bien ella siempre había sido una mujer muy sensible y perceptiva que podía predecir ciertos sucesos con anterioridad, nunca se le ocurrió pensar que pudiera tener "poderes psíquicos".

Estos sucesos se tornaron más evidentes con las repetidas experiencias que tenía en el tanque de aislamiento. Era como si aquel primer suceso le hubiese activado alguna zona recóndita de su ser, desarrollándole facultades dormidas hasta entonces. Sentía temor. Por eso dejó de ir por un tiempo a la clínica.

Anotaba cada vez que tenía imágenes inquietantes en pleno día o en sus sueños lo más detalladamente posible. Estaba siempre alerta a esos sentimientos de certeza repentinos, acerca de eventos que aún no habían ocurrido. Y comprobó -no sin cierto temor- que gran parte de lo que anotaba se cumplía en pocos días. Como el asesinato del último líder israelí, la caída de un avión repleto de pasajeros en una remota zona de Asia o más cercanamente, la llegada de improviso de sus parientes. Y además, adivinaba cuando habría un temporal o una tormenta importante.

Juan -su marido- la tomaba a broma, decía que eran meras coincidencias, que esas cosas de la Parapsicología eran todos disparates. Hasta el día en que ella le advirtió que no fuera a trabajar porque presentía algo malo. Como siempre, él no le hizo caso y salió para el empleo. Pero la insistencia de ella le había retrasado. Cuando por fin llegó al trabajo se encontró con un mar de autos policiales, ambulancias y bomberos. Una bomba había explotado en las oficinas donde él trabajaba y varios de sus compañeros habían perecido o se hallaban heridos a causa de la explosión. Si hubiese llegado en hora probablemente él sería otra de las víctimas. Desde ese día Juan comenzó a creer en las visiones de Ana. Le debía la vida.

III

Después de un tiempo, Juan empezó a contarle a todo el mundo sobre los "poderes" de su mujer. Las amistades y los conocidos reaccionaban de maneras diversas, algunos no creían una palabra, otros en cambio se interesaron por lo ocurrido. Varias mujeres decidieron ir a la misma clínica, para ver si desarrollaban sus poderes, también, casi todas más para ver si podían pescar a sus maridos infieles en sus aventuras amorosas que por otra razón. Pero ninguna lo logró.

Ana comenzó a preguntarse si no sería ella que tenía esos "poderes" de antes y que las experiencias de relax solamente se los desarrollaron. Comenzó a preguntarse si no había tenido ya esas visiones y por eso se puso a recordar su vida, cada vez que algún suceso extraño le había sucedido. Al fin llegó a la conclusión de que sí los había tenido. Pocas veces, cosas a las que no le daba importancia o que creía que eran coincidencias. La vez que supo que el abuelo había fallecido antes que le avisaran por teléfono. La vez en que el muchacho con quien salía la iba a dejar por otra. El día en que quedó embarazada por primera vez, lo supo antes de hacerse el test que le daría positivo. Pero ahora tenía la impresión de que su mente se había ampliado, que podía ver sucesos de otros, o de lugares lejanos.

Su marido, ni corto ni perezoso para los números, vio el negocio enseguida y le propuso poner un consultorio de videncia. Ana se negó terminantemente. Ella no estaba dispuesta a sacarles dinero a los demás aunque pudiera "ver" lo que les sucedería. Pero Juan le decía que ella le había salvado la vida y que así también podría salvar a otros.

Entonces, su marido viendo que no conseguiría de su mujer una respuesta positiva se le ocurrió otra idea. Juntando dinero de sus amistades, compraron el equipamiento necesario para poner otra clínica. Alquilaron un local, consiguieron los tanques de aislamiento y armaron la propaganda. Juan estaba enloquecido intentando atraer a los futuros clientes.

¿USTED QUIERE CONOCER SU FUTURO?

¿QUIERE DESARROLLAR SUS PODERES SANADORES?

¿QUIERE GANAR MAS DINERO AYUDANDO A OTROS?

Gracias a los nuevos tanques de aislamiento usted puede tener las más increíbles experiencias

y desarrollar todas sus potencialidades.

VENGA POR NUESTRA CLÍNICA Y RESERVE YA SU LUGAR.

PRECIOS PROMOCIONALES.


Y la clínica se llenó de gente.

Ana vivía a disgusto, no esperaba todo ese alboroto por algo de lo que ni siquiera sabía si era efectivo y siempre se preguntaba el "para qué". ¿Para qué quería la gente ser psíquica?, desde que ella lo había conseguido no lograba descansar en paz.

Cuando algunas personas viendo que no les ocurría nada extraño, empezaron a correr el rumor de que todo era un fraude, la clínica se fundió.


Ana volvió al tanque de aislamiento para realizar su terapia de desconexión del mundo y se dio cuenta de que lograba mayor poder. Pero un día se cansó de su marido y de todos esos planes de obtener dinero, conoció a un gurú y se fue a la India tras él para meditar.

Nunca más volvió.

Algunos dicen que se la ha visto trabajar ayudando a los niños pobres en una fundación religiosa pero nada más se sabe de ella ni de sus poderes.

viernes, 1 de enero de 2021

Fiebre de Pc

    


 Un cuento que tiene algunos años pero que hoy parece más vigente:

Desde que la empresa se modernizó E.Ficiente, A.Fanoso, D.Dicada y Su Misa no van más a trabajar, realizan el trabajo en su casa. La empresa le puso una terminal de computadora a cada uno en sus respectivos hogares y desde allí se comunican con sus jefes y con las sucursales en las otras ciudades del mundo.

Cada uno de ellos ha elegido su propio horario de trabajo. E. Ficiente luego de levantarse y desayunar se sienta en su estudio y comienza la redacción de los informes hasta la hora del almuerzo. Luego de descansar un par de horas continúa con su labor hasta la noche.

A.Fanoso hace lo mismo, aunque como es creativo siempre tiene el trabajo en la cabeza y a veces se le ocurren ideas cuando está almorzando o descansando, entonces interrumpe violentamente lo que está haciendo y se dedica a esbozar las ideas sobre la pantalla.

D.Dicada es soltera y vive sola. Generalmente es la que más trabaja. Pasa casi todo el día conectada a la red. Cuando no es por el trabajo -para divertirse- chateando con sus amigas o mirando alguna película.

Su Misa, en cambio, está casada por lo que se ha tenido que organizar de otra manera. Por lo general sus obligaciones con la empresa las realiza entre medio de las labores de la casa. Mientras se termina de cocinar la comida aprovecha para pasar los datos que el jefe le ha pedido y más tarde después que recogió a los chicos del colegio se dedica a comunicarse con los clientes en cualquier parte del mundo.

Lo bueno de esta nueva forma de trabajo es que ya no tienen que desplazarse hasta la empresa, ahorrando así tiempo y también dinero. El trabajo siempre estará allí, esperándolos para ser terminado en el cuarto de al lado.