jueves, 7 de marzo de 2013

El pibe cupón


Había una vez un joven que siempre participaba en todos y cada uno de los concursos y promociones que realizaban en la televisión o los comercios de la ciudad.

Dicen que una vez sacó un premio y entonces nunca más pudo parar su afición.

Se sentía feliz y era capaz de hacer casi cualquier cosa para poder participar. Se iba del trabajo más temprano, sólo para depositar el cupón, compraba los productos que le ofrecían aunque fueran más caros que otros siempre que tuvieran la promoción de un viaje al caribe o un auto 0 km. Juntaba los envases de las marcas promocionales  y los mandaba por correo. Se quedaba clavado al lado del teléfono por si Susana o algún otro conductor de TV lo llamaba a su casa para participar en algún entretenimiento y se ganaba un gran premio.

Cada día, cada noche pensaba en sus amados concursos y soñaba con el día en que ganara el millón de dólares…

Hasta que un día sacó el premio mayor… y desapareció.

Hace poco me enteré que andaba recorriendo el mundo junto a su familia y que se sentía muy feliz.

Yo le envidio la suerte y a veces con los compañeros de trabajo comentamos que ojalá fuéramos como él. Tendríamos que jugar más, como él hacía y a lo mejor nosotros también podríamos ganar.

Todos lo recordamos desde aquí y aunque muchas veces nos reímos de él, ahora a la distancia le mandamos nuestros sinceros cariños, ya que seguramente nunca más lo volveremos a ver…

¡Adiós y suerte para vos, Pibe cupón!

domingo, 9 de diciembre de 2012

Un recuerdo



Solar me recuerda cuando yo era chico e iba de visita a la casa de mis abuelos. Muchas veces después que mi madre me pasaba a buscar a la salida de la escuela íbamos a verlos. Era una casa antigua, con habitaciones grandes, de techos altos y claraboya; y mi abuelo, un hombre corpulento que alguna vez fue bombero me esperaba con galletitas que le compraba al almacenero de la esquina. En esas tardes de invierno, el tomarme una cocoa y comerme las galletitas Solar sentado a la mesa del comedor mientras veía en la televisión los dibujos animados, o charlaba con mis abuelos, es un recuerdo imborrable. A mí me gustaba comerlas pegando dos de ellas con dulce de leche y apretarlas una contra otra hasta ver como se escapaba por los bordes; le pasaba la lengua primero por el dulce que sobresalía y después me las comía con gran placer.
Y hoy, cuarenta años después mis abuelos ya no están pero todavía cuando voy al supermercado y compro las galletitas Solar, hago lo mismo.

sábado, 21 de julio de 2012

LOS OLIMPICOS






I

Washington Rodríguez entró al gimnasio con su tarjeta personal. Un ojo electrónico revisó los datos y los pasó a la computadora central. Venía temprano para comenzar el entrenamiento para los próximos Juegos Olímpicos. El entrenador no había llegado aún pero ya le había dejado pronto el programa de ejercicios que debería realizar. Se puso la ropa deportiva y se calzó los championes súper-aire de última generación. Oprimió el botón de pantalla para seleccionar el paisaje que quería ver mientras corría: hoy iría por los Alpes suizos. De inmediato encendió la pantalla de 80 pulgadas empotrada en la pared frente a él y apareció una hermosa filmación de las montañas nevadas, árboles de coníferas y prados verdes. Se colocó los auriculares y el sonido ambiente surgió con gran nitidez. Podía escuchar el cantar de los pájaros. Desde una ranura bajo la pantalla emergió una brisa fresca que lo envolvió creándole aún más la sensación de realidad.

Puso en marcha la cinta sin fin y comenzó a trotar suavemente para calentar los músculos, luego apuró un poco el paso. Debía entrenar fuerte ya que las olimpíadas eran en pocos días. Todavía no había llegado a la meta exigida por el entrenador; debía ganar la medalla de Oro si era posible o al menos lograr batir su propio récord. No se perdonaría un mal tiempo.

A unos metros de él, se colocó una muchacha rubia, muy bonita a hacer ejercicios aeróbicos. Ella encendió una pantalla que mostraba una hermosa playa al amanecer con sonido de gaviotas, iba vestida con ropa de gimnasia ajustada y muy colorida. Era Susana García, la campeona nacional de gimnasia. Washington estaba loco por ella. Desvió la mirada y continuó su carrera ahora a mayor velocidad, su ritmo cardíaco estaba acelerado y la máquina se lo señalaba. Tenía ganas de hablarle, pero no podría hacerlo antes de competir en los Juegos.

Susana no le prestaba atención. Y él sabía que sólo ganando la medalla de oro podría intentar conquistarla.

El gimnasio se fue llenando de jóvenes deportistas. Todos practicaban duro. Las exigencias internacionales cada vez eran mayores al irse superando los récords año a año. El conocimiento del genoma humano había abierto las posibilidades de mejorar genéticamente los organismos y por tanto los límites en materia de competencia física. Cada vez más, los atletas parecían superhombres, con mayor resistencia y dominio del cansancio físico y con un superior desarrollo de la musculatura específica para cada deporte, además de los suplementos alimenticios y algunas "drogas" permitidas que llevaban al máximo el rendimiento en competencias de alto nivel.

Cuando terminó de correr, Washington estaba exhausto. Arrancó la tirilla de papel que le daba la máquina donde le advertía la cantidad de nutrientes que necesitaba para reponerse rápidamente. Debía tomar una bebida con minerales y vitaminas que contemplara exactamente el gasto realizado.

Apagó la máquina y se dirigió al bar que tenían en la otra habitación. Allí, el barman leyó la lista de nutrientes y le preparó enseguida la bebida adecuada. Se la entregó junto a una copa grande de vidrio. Washington se sentó en una de las mesas libres que estaban alrededor del mostrador y la bebió despacio. Después se fue hasta la ducha y se bañó. Se secó y se acostó en una camilla blanda en la sala de al lado para que el masajista lo dejara como nuevo.

Terminaba la primera parte de la jornada. Ahora iría al dormitorio, descansaría un poco, almorzaría y más tarde volvería al gimnasio para continuar con la segunda sesión de ejercicios.


II

Atilio Pérez era el principal candidato para ganar en la  halterofilia. Vivía para las pesas y las dietas ricas en proteínas, para ganar músculo. Permanentemente se miraba en el espejo y se pesaba para comprobar si había adquirido algunos gramos más o ganado unos centímetros de bíceps. Nunca estaba conforme con los resultados y a pesar que cualquiera que lo viese lo compararía con Superman, él se sentía débil y se veía flaco. El doctor le dijo que sufría de Vigorexia, una enfermedad que ataca principalmente a los hombres con afanes de Superhombre. Le dijo que dejara de tomar los tónicos suplementarios y que no se pesara y midiera más o iba a terminar mal. Pero él no le hacía caso y continuaba con los entrenamientos.

Atilio, quería impresionar a Susana -al igual que Washington- pero a diferencia de éste, realizaba proezas de fuerza cada vez que la veía pasar. Ella no le hacía caso, estaba demasiado concentrada en su propio entrenamiento como para prestarle atención a alguien. Pero Atilio no cejaba en sus intentos y cada vez que podía trataba de darle charla a la salida del gimnasio. Washington los veía hablar y se enfurecía. No podía permitir que se la quitara. Pero siempre volvía a respirar aliviado cuando veía que ella "no le daba bola ninguna" y entonces era él quien procedía con el acercamiento, obteniendo el mismo resultado. Susana sólo "le daría bola" al que lograra el mejor resultado.


III

Por fin llegaron los Juegos. Washington, Atilio y Susana, en la villa olímpica departían con sus pares listos para enfrentar el desafío. La sección de los uruguayos era tranquila y se encontraba a pasos de las delegaciones rusa y francesa. Rodeados de bosques verdes y un hermoso lago artificial donde nadaban patos y cisnes era el lugar más adecuado para reposar y aplacar el estrés.

Cómo cada uno de ellos competía en disciplinas diferentes no tenían muchas oportunidades de cruzarse o hablar. Sobre todo porque los horarios eran estrictos y nadie podía demorarse. Únicamente a la hora de comer podían verse y compartir algunos chismes. El bullicio de los demás jóvenes de la delegación se hacía intenso a esa hora. Más tarde, cada uno debería permanecer en su habitación descansando. El entrenador y sus colegas de la federación deportiva uruguaya siempre los vigilaban para que no se distrajeran con cosas que no correspondían.

Después de las horas de sueño y del desayuno todos partían a sus respectivos estadios deportivos para las primeras pruebas. Allí permanecían durante horas, transpirando y soñando con las ansiadas medallas que parecían tan lejanas. Los uruguayos sabían que no podrían llegar muy lejos ante equipos tan preparados como los de EEUU, Brasil o la Comunidad Europea.

***

Susana fue la primera en competir. Tuvo un buen comienzo sobre la alfombra, haciendo giros perfectos y saltos de una gracia sutil y maravillosa. Llegó a superar en puntaje hasta a la gimnasta de Ucrania. Pero cuando le tocó hacer la prueba de la barra fija no le fue tan bien. Al realizar el último giro para salir de la barra dando una vuelta en el aire para apoyarse sobre el suelo, uno de los tobillos se le dobló y rodó por el piso perdiendo casi todos los puntos obtenidos magníficamente sobre la barra. Su entrenador corrió inmediatamente para socorrerla y consolarla. Susana caminó rengueando apoyado en el brazo del hombre mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas, fruto del dolor en su tobillo pero más aún al comprender que perdería toda chance de superar a sus adversarias.


Atilio por su parte debía levantar pesos cada vez más enormes. Uno a uno los iba superando dejando a los otros deportistas por el camino. Ciento cincuenta kilos, ciento sesenta, ciento setenta y ocho. Y cada vez se le hacía más difícil. Todo lo hacía pensando en Susana -y en la medalla, por supuesto-.


IV

El estadio estaba repleto. Cincuenta mil espectadores vivaban a los atletas de su preferencia. Ocho países serían representados en la prueba final. Las coloridas banderas de los diversos países se agitaban incesantemente. Los competidores realizaban los últimos ejercicios de calentamiento sobre la pista anaranjada. Saltaban, corrían pequeños tramos y se detenían súbitamente. Los entrenadores andaban de un lado a otro, apurados, dando las últimas indicaciones a sus muchachos. El reloj indicador se encontraba marcando el cero listo para cuando sonara el disparo. Otras personas deambulaban por allí, camarógrafos, periodistas y personas acreditadas que sólo podían estar tras la baranda para no ensuciar la pista. Al mismo tiempo y en el centro del estadio, otras competencias se llevaban a cabo. Una sucesión de muchachas eran evaluadas en el salto largo triple. El sudor y las lágrimas se mezclaban con los aplausos del público. En el centro del campo de verde césped sintético se realizaba el tiro con jabalina y más atrás, al lado de la gran jaula de tejido varios hombres rollizos y musculosos se preparaban para el lanzamiento del martillo.

 En la cabina de transmisión, los técnicos, sentados a la consola seleccionaban las imágenes de un centenar de pantallas  cada una con una toma distinta de todo lo que ocurría en el estadio. Los gritos de los responsables de programación se entremezclaban sumando ansiedad y el olor a café inundaba la sala.

Todo estaba listo. Ocho competidores se colocaron cada uno en su respectivo carril. Otra prueba daría comienzo en segundos.

El ruido de la muchedumbre cesó y un silencio cómplice invadió el estadio esperando el momento de la carrera de los cuatrocientos metros. Sobre la pista quedaron únicamente los atletas con sus championes multicolores trabados en el resorte de arranque y a un lado, con el arma en alto, el hombre de la largada.

Sonó el disparo y los ocho competidores partieron rumbo a la meta. Miles de flashes destellaron por todas partes.

-Informa Canal Z- el canal alternativo desde los juegos olímpicos:

-Se escucha el disparo y los ocho corredores parten juntos. El uruguayo Washington Rodríguez va por el carril 3, éste es aventajado por los corredores de Kenia y Estados Unidos que se separan del grupo... El norteamericano Smith comienza a despegarse pero el de Kenia le pisa los talones. Ambos atletas de color se disputan la primacía... El uruguayo continúa intentando, ahora está cuarto detrás del francés... El corredor de los Estados Unidos ha aventajado a los demás de una manera asombrosa. Realmente es impresionante la velocidad desarrollada. Atención, quedan los últimos cien metros para la meta. Los demás corredores tratan de alcanzarlo... y ¡gana el corredor de los Estados Unidos!. El atleta americano llegó a la meta dejando prácticamente parados a sus adversarios. Fue una verdadera máquina. Lamentablemente Uruguay queda cuarto, no subirá al podio. Ya se nos había anunciado que el corredor norteamericano había realizado un entrenamiento especial muy fuerte, con un sistema nuevo de preparación, aunque nunca se nos reveló en que consistía dicho sistema. Señoras y señores, realmente debemos decir que sea lo que sea les está dando un resultado extraordinario. EEUU ha ganado la mayoría de las medallas de Oro en casi todas las disciplinas deportivas en estos Juegos. Sus atletas serán aclamados como verdaderos campeones.


V

Atilio y Washington se encontraban en el salón de recreo de la villa olímpica junto al resto de la delegación. Sus compañeros estaban haciendo apuestas acerca de cual de ellos se quedaría con la codiciada Susana. Hubo chistes varios y alusiones de que habían visto a la chica con otro. Washington se ofuscó. Atilio se reía. Estaba convencido de que él sería el elegido. Y así se lo hizo saber a su adversario. Palabra va, palabra viene. Un chistecito por aquí, un "manijazo" de los demás hasta que "se fueron a las manos". Atilio pegó primero pero Washington esquivó el golpe y le lanzó una trompada a la mandíbula. Atilio trastabilló y se ofuscó. Se le vino arriba y antes que pudiera derribarlo, los demás compañeros trataron de separarlos. Cuando lo hicieron ya era tarde, el entrenador había entrado a la sala común, enojado, al escuchar el barullo. Hizo sonar el silbato que siempre llevaba colgando del cuello y los amonestó:

-¡Basta! -dijo en tono amenazante. -Si no dejan estas rencillas los dejó fuera de los Juegos. -Todos guardaron silencio. Los dos contrincantes se soltaron a regañadientes pero continuaron mirándose con furia. -¡Y esto va también para los demás! -acotó-. Vinimos a competir por las medallas ¡No se les va a permitir más este comportamiento! ¿Entendieron?-. Todos los muchachos lo miraban con temor, sabían que cuando el entrenador decía algo lo cumplía. Ninguno quería quedar fuera de las competencias.

-¡Ahora, se van todos a dormir! ¡Mañana a las seis tienen que estar de pie!-. Dio media vuelta y salió de la habitación-.


***

 Canal Z con las últimas novedades:

-Se ha hecho una denuncia contra el equipo estadounidense ante el resultado de la prueba de los 400 metros llanos. Quieren hacerle una prueba de anti-doping al corredor Smith, porque consideran que nadie puede correr de esa manera si no es bajo el influjo de alguna sustancia. Existen severas penas para quienes se les encuentre restos de medicamentos no permitidos o cualquier otra forma de dopaje. La denuncia ha sido radicada por los cubanos. Según ellos, los atletas norteamericanos habrían sido sustituidos momentos antes de las pruebas. La Federación Atlética de los Estados Unidos desmiente totalmente dicha afirmación.


VI

Y así fueron llegando los días de las finales. Las medallas se las llevaban otros y uno a uno los uruguayos volvían decepcionados. Los entrenadores les daban ánimos diciéndoles que en la próxima ocasión tendrían más suerte, que habría que entrenar más duro.

Atilio debió conformarse con la medalla de bronce en pesas, lo que no dejaba de ser una verdadera hazaña. En el último intento debió soltar los doscientos kilos. Era demasiado. El grito que lanzó al tirar las pesas al suelo retumbó por todo el salón; era un grito de dolor físico y bronca. 

Washington hasta el momento no había obtenido medalla al llegar cuarto pero esperaba todavía con ansiedad la confirmación de la denuncia contra los yanquis, para ver si lograba aunque sea la presea de bronce para igualar la posición de Atilio, de lo contrario, nunca podría volver a acercarse a Susana.

Ella, en cambio debido a la lesión en el tobillo debió abandonar los olimpíadas. No tenía consuelo.
                        

***

Noticia urgente:

-Se descubrió que tal como se sospechaba, el equipo olímpico americano ha realizado trampas, reemplazando a sus atletas por androides en el momento previo de las pruebas. Las autoridades encontraron un sospechoso camión con todo un equipo idéntico al oficial pero no humano. Dicho vehículo estaba camuflado como un camión de seguridad y era el encargado de llevar y esconder a los robots antes y después de cada competencia. Por supuesto, todo el equipo ha sido descalificado y será obligado a retirarse de los juegos. Estará invalidado de volver a participar en torneos internacionales así como en las próximas olimpíadas. Las medallas obtenidas se les han retirado y serán entregadas a los atletas que llegaron a los puestos siguientes en todos los casos. ¡Un hecho totalmente vergonzoso! Peor que los casos de dopaje ocurridos anteriormente y sin duda, el fraude más grande de la historia de los Juegos Olímpicos. Los atletas estadounidenses se retiraron en medio del abucheo de la gente y las demás delegaciones que permanecen allí.

Informó Canal Z.

VII

Al terminar los juegos, Washington y Atilio volvieron a intentar acercarse a Susana. Ambos habían logrado el tercer lugar en sus disciplinas. Y aunque sabían que no era lo esperado, habían realizado su mayor esfuerzo. Lograr esas ubicaciones compitiendo con potencias deportivas como las que estuvieron en esta oportunidad era realmente una proeza. Además, ella no podía pretender exigirles más cuando había quedado descalificada.

Cuando su entrenador se alejó unos minutos, ambos se lanzaron al ataque, se acercaron a ella y le declararon su amor. Susana los miró de soslayo y les agradeció su interés.

-Mi entrenador quiere que en cuanto me alivie empiece a entrenar para el mundial de gimnasia del año que viene-.

-Bueno, pero nosotros también debemos entrenar para nuestras pruebas -dijo Atilio.

-Sí -retrucó Washington ofendido -Vos nos prometiste decidirte para cuando terminaran los Juegos-.

-¡Y ya me decidí...! -Los dos hombres se miraron ansiosos por saber la respuesta de la chica-. ¡Me acabo de comprometer con Tashiro Sakamoto!

-¿El triple medalla de oro en natación? -preguntaron al unísono.

-¡Ese mismo! Ayer se me acercó y me ofreció llevarme a su país. ¡Es tan divino! Creo que me voy a ir a vivir con él. Allí sí voy a poder entrenar a gusto y sin dejar de verlo.

-Eso si tu entrenador te deja -dijo Washington tratando de desquitarse.

-Sí -terció Atilio que aún no salía de su asombro -Sabés que es muy exigente y no creo que te deje ir así nomás.

-No se preocupen, ya hablé con él y está de acuerdo -hizo una pausa. -¡Ah, ahí viene Tashi! -Le hizo señas. Él se le acercó y ante la furia de ambos jóvenes, le dio un beso en la boca. -Hasta luego y buena suerte -les dijo ella, dedicándoles una sonrisa-. 
La pareja se fue tomada de la mano, mientras el japonés los miraba socarronamente por encima del hombro. 

Atilio y Washington se abrazaron desconsolados y se fueron a la cantina cercana a tomar unos tragos para olvidar las penas por el amor frustrado y las medallas de oro perdidas.


de "Crónicas del Tercer Milenio" - 2007

martes, 20 de diciembre de 2011

Un cuento de navidad improvisado recién.

Estaba Papá Noel acomodándose en el trineo para repartir los regalos de Navidad cuando le sonó el celular y le dijeron que ahora los niños consiguen los regalos por Internet, que se quedara a descansar porque ya estaba viejo y no lo necesitaban más.
Ahora Papá Noel está jubilado en el Polo Norte con la fabrica cerrada, los renos están gordos y pesados para volar y los duendes no saben que hacer, entonces juegan entre ellos y hacen como que preparan los regalos pero de mentira y Papá Noel toma cerveza fría y mira la TV.

Pero los niños pobres, de todos modos, no tenían regalos así que volvió a abrir la fábrica y se dedicó a repartir en el trineo, volando con los renos -luego de un entrenamiento relámpago para bajar de peso- en los barrios pobres del mundo que son cada vez más y todos quedaron contentos.

Moraleja: No todo es negocios en la vida, también está el amor por los demás.

jueves, 27 de octubre de 2011

Jirafas - una fábula

El día que en la sabana africana decidieron hacer un concurso de belleza, todos los animales concurrieron al evento. El león, el rinoceronte, el hipopótamo, los ñúes, las gacelas, las hienas y cuanta bestia se preciara.
Desfilaban orgullosas por la pasarela, unas y otras y al final el jurado decidió que sin duda, la más hermosa era la jirafa. Por su porte, sus colores, su andar tan elegante y su simpatía, nadie podría ser tan admirada como ella.
El Doctor Simio –famoso médico estilista del reino animal- promocionaba sus tratamientos para ser más bellos y obtener el éxito y la fama en la vida.
Por eso, luego de realizado el certamen, la mayoría de los perdedores se acercaron a él para pedirle ayuda. El doctor se pasaba hablando de la importancia de tener una figura longilinea, de perder esos “kilitos” de más y sobretodo de parecerse al animal ganador para “ser alguien”.
En poco tiempo podía verse a los hipopótamos, rinocerontes y elefantes haciendo gimnasia y dieta especial. Pero por más que hacían, ninguno de ellos lograba bajar notoriamente de peso.
-Si yo lo único que como es verdurita –decía el hipopótamo, resignado y los otros obesos del reino animal asentían tristes.
Derrumbado sobre el suelo dejaba su cuerpo en las manos expertas que le realizaban masajes reductores y otras técnicas. El hipopótamo debió someterse a una lipo-succión para que le quitaran hasta el último gramo de grasa. Todo para poder verse más delgado.
Después le tocó el turno al rinoceronte que recibió un tratamiento similar. Pero a él, además, le dijeron que como su cara era tan fea tendrían que realizarle una cirugía total del rostro. Cortaron aquí y allá y hasta le extirparon el gran cuerno que ostentaba en medio de su hocico. El rinoceronte lloraba, pues ya estaba acostumbrado a su aspecto, sin embargo la idea de ser más hermoso y poder ganarle a la jirafa fue más fuerte.
Al elefante –por su parte- además de adelgazar lo plancharon porque “esa piel tan arrugada no era propia de un animal con clase”.
El león se sentía contento porque era “el Rey” y pensaba que no necesitaría muchos retoques. Sin embargo, se equivocaba.
-Todos esos pelos no se usan más –le decía el mono – le dan un aspecto desaliñado y sucio.
Al fin, lo convenció de que se afeitara la melena. El felino casi ya no se distinguía de una hembra y se sentía totalmente desorientado, como si no fuera él. Todo, por el concurso de belleza.

Pasó un año y volvió a realizarse el certamen. Todos los animales luego de los tratamientos realizados, esperanzados, desfilaban por la pasarela. Pero el jurado volvió a elegir a la jirafa como la más hermosa de las bestias. Ninguna otra podía acercársele en distinción, elegancia y candidez.
La decepción fue unánime. Se sentían fracasados e inservibles.
–¡Tanto esfuerzo para nada! –decían apesadumbrados.
Entonces el Dr. Simio volvió a darles esperanzas:
-Hay otras formas de lograr la figura de la esbelta jirafa –afirmaba. –Todo es cuestión de paciencia y tesón-.
Muy pronto volvían a hacer cola ante el médico y a someterse a sus manos expertas.
Al flaco elefante le cortaron los colmillos y le achicaron las orejas. También le extirparon la trompa, que le colgaba fea y flácida. Y aunque luego le fue difícil comer, se consolaba pensando en que ahora, quizás, podría acceder al tan preciado título.
A las gacelas le limaron los cuernos y las cebras trocaron sus rayas negras y blancas por manchas ocres y amarillas –al igual que los ñúes.
El hipopótamo –que se hallaba famélico –tuvo que conformarse con unas mandíbulas diminutas y una nueva dentadura.

Luego de otro año, todos los animales se sentían orgullosos de su nuevo aspecto y con mucha ansiedad creyendo que ésta vez sí le tocaría a alguno de ellos ganar el premio. Mas no fue así. El jurado volvió a dictaminar -por tercer año consecutivo- ganadora a la jirafa; por su bello colorido, su prestancia al andar y su cara de bondad. La s demás bestias se sintieron desfallecer. Resignadas se tiraban sobre el pasto, deprimidas y tristes. Y otra vez fue el doctor que las vino a convencer de que no se dieran por vencidas, que aún existían esperanzas de lograr la esbelta apariencia de la reina.
Y una vez más, todos los animales se dejaron convencer y volvieron a los tratamientos. Ahora ya no alcanzaba con adelgazar o afeitarse, había que parecerse a la jirafa en todo. Por tanto, debían estirarse el cuello. Colocaban sus cabezas en un torniquete y mientras se cuerpo se encontraba bien sujeto, el doctor procedía a estirarle las vértebras, una por una. A pesar del dolor que sufrían, todos soportaban estoicamente la tortura.
Cuando terminaron, el magro hipopótamo tenía un cuello de dos metros, al igual que el león, el elefante, la gacela y hasta la hiena. Ya no se reconocían y casi todos tenían dificultad para mantener la cabeza en alto. Por esa razón el doctor les colocó a cada uno de ellos, un cuello rígido artificial hasta que aprendieran a sostener el cogote naturalmente.
Después de otro año, todas las bestias se pavoneaban delante de la jirafa, desafiantes, mostrándoles sus nuevos y largos pescuezos, seguros de que esta vez si le ganarían. Y una vez más su rival –la jirafa- fue la elegida.

El lampiño león, las hienas y otras fieras tuvieron que aprender a comer pasto y hojitas verdes para convencer así al jurado de que ellos eran jirafas de verdad y que merecían también, el galardón.
Y así, todos los animales fueron perdiendo todo rasgo que los diferenciaba de las demás, de tal modo que cuando llegó el tiempo de una nueva edición del certamen, éste fue cancelado porque ya no había a quien elegir. Únicamente se habían presentado jirafas –o eso parecía-.
-¿Se dan cuenta? –les dijo el simio a los otros animales ¡ahora son todos ganadores! –y se fue contento con su portafolio bajo el brazo, en busca de nuevos clientes a quienes perfeccionar.
Los animales –decepcionados- se pusieron a comer hojitas de un árbol solitario que se hallaba en medio del paisaje. Varios pájaros que tenían sus nidos allí comentaron:
-¡Qué horrible!. Sólo quedan jirafas en esta sabana; y ellas comen de nuestros árboles. Tendremos que mudarnos antes que nos quedemos sin hogar-. Y se fueron volando en bandada a otro sitio donde se respetara el orden natural.

Desde el hipopótamo hasta el león comían del árbol, con una sonrisa en los labios al creerse hermosos.
Muy pronto, comenzaron a pelear entre sí porque tenían hambre y se acababa la comida. Se atacaban unos a otros –fieles a sus antiguas costumbres- tratando de morderse o arañarse pero no lo lograban. Entonces se golpeaban, revoleando sus largos cuellos.
Y las miles de jirafas que ahora recorrían la sabana desértica perecieron de inanición cuando acabaron con todo árbol, pasto y matorral. Porque tantas jirafas juntas no pueden sobrevivir.

Gerardo Alvarez Benavente
del libro “La Vida al Mango”- 2003
Ilustración: Adela Brouchy

domingo, 11 de septiembre de 2011

La trilogía de los próceres

Próceres o el Conflicto

La situación era insostenible –pensaba El David, estático, encima del pedestal-El Gaucho, que estaba enfrente, no soportaba más el ruido de los automóviles. Se miraron resignados. Los niños les pintaban leyendas en sus bases. ¡Era demasiado! Estaban en invierno y el frío hacía tiritar al pobre David que intentaba abrigarse pero no tenía nada con que cubrirse. Una noche en que había menos de cero grado no aguantó más y se bajó del pedestal. Ya no le importaba si la gente se asustaba por su ausencia. Se refugió bajo el túnel de la Intendencia y se acostó a dormir. Dos borrachos que estaban también allí se codearon:
-Un hombre desnudo –dijo uno de ellos en voz baja -¿no se parece a ese que siempre estaba en la Intendencia?
El otro lo miró y exclamó:
-¡Creo que se nos fue la mano con el vino!
El David se desperezó y vio que el día comenzaba a clarear. Se envolvió en una manta que debió ser de alguno de los bichicomes que pasaban la noche allí y salió a estirar las piernas. Al pasar por donde se encontraba El Gaucho, éste lo detuvo.
-¿Qué estás haciendo David, te saliste del monumento?
-Me estaba dando frío y además me cansé de ser la atracción de las palomas y los gurises traviesos. Quienes deberían admirarme están muy ocupados pensando en lo que tienen que pagar de impuestos para prestarme atención.
-¡Es cierto! –exclamó El Gaucho- yo también estoy cansado de estar acá arriba. ¿Por qué no convocamos a los demás a una asamblea y después nos juntamos en la Explanada para hacer unos reclamos?
-Sí, está bien – dijo El David- yo voy a pegar una vuelta a ver si consigo reunir a los demás-.
El Gaucho hizo un gesto con la mano en alto en dirección de la Plaza Independencia. El General la divisó y con algo de duda respondió con otro ademán. Al ver que el otro le seguía haciendo señas como de que fuera, miró a su caballo –que estaba ansioso de galopar- y gritó ¡Arre! El caballo levantó sus dos patas delanteras, pegó un relincho que cortó el alba como un cuchillo y salió a toda velocidad por la plaza. La gente que estaba sentada en los bancos miraba y no podía creer lo que veía. El General con el brazo en alto dirigía a su dócil caballo por la principal avenida ante los ojos atónitos de los pocos transeúntes que caminaban por las veredas.
Al cabo de un par de minutos se juntaron los dos hombres de a caballo y luego que El Gaucho le explicara lo que ocurría, salieron ambos a todo galope; uno hacia la Ciudad Vieja y el otro hacia la zona del Obelisco. A caballo, la misión sería mucho más rápida. Cada uno fue pasando por los distintos monumentos y dando la orden de seguirlos.
Luego de media hora podían verse decenas de figuras moviéndose a caballo o a pie, siguiendo al General como si se tratara de un segundo éxodo y otro tanto ocurría con El Gaucho.
Se reunieron en la Explanada de la Intendencia. Todos los gauchos de El Entrevero, Ansina –que al ver a su viejo patrón se le llenaron los ojos de lágrimas: “¡Otra vez juntos!”. El general lo abrazó conmovido: “¡Si, mi fiel Ansina, otra vez juntos!”.
El aguatero llegó caminando con su tinaja a cuestas. Por otro lado Dante venía despacio conversando con su colega y vecino Don Cervantes. Lavalleja y Rivera también venían juntos; y San Martín se acercaba por su lado al trotecito con Suárez enancado en su caballo.
La Diligencia y La Carreta habían dejado las huellas de sus ruedas en el pavimento.
El Canillita con los diarios bajo el brazo y su gorrita conversaba con Don Herrera y con Don Batlle, que traía puesto su sobretodo.
La Libertad traía el gladio romano y la bandera en sus manos.

Al poco rato había un gentío bárbaro, los gritos podían escucharse a varias cuadras a la redonda y por supuesto, los autos y ómnibus debían desviar su recorrido porque por allí era imposible pasar.
Algunos curiosos se habían acercado al lugar ante tan raro acontecimiento. Era una suerte vivir en esos apartamentos que daban a la Intendencia. Yo, que desde el principio había observado todo a través de mi ventana –ya que no podía dormir- seguía atento los movimientos de cada uno de los personajes.
El General montado en su brioso corcel intentó apaciguar los ánimos y comenzar la asamblea.
-¿Estamos todos presentes? –preguntó-.
-Todavía faltan llegar algunos –le respondió una voz.
-Está bien, esperaremos unos minutos más.
Por el centro de la avenida venían a paso lento los Constituyentes de 1830, más atrás los seguían el León con el Avestruz entre sus mandíbulas, José Pedro Varela con su séquito y el Viejo Vizcacha. Por el otro lado venían los últimos cuatro Charrúas y Aparicio Saravia, con una china en su caballo. Más atrás se aproximaban otros.
Por último llegaron Oribe y Confucio que se enteraron de casualidad porque se habían olvidado de avisarles.

Entonces comenzó la asamblea.
Los reclamos eran:
1- Abrigo para las noches de invierno
2- Protección de las salvajadas de niños – y no tanto- que les escribían todo tipo de cosas en sus bases, o les arrancaban sus pedazos para venderlos.
3- Un día de descanso al mes como mínimo para desentumecerse y para poder pasear por la ciudad (que muchos ni conocían).
4- Limpieza regular
5- Iluminación adecuada.

Las peticiones estaban hechas. Se procedió a la votación que fue unánime, incluidas algunas manos de la gente que se había metido a opinar. Se decidió hablar con el Intendente de turno.
Sobre 18 de Julio se habían agolpado miles de personas que seguían atentamente las incidencias del conflicto.
A alguien se le ocurrió proponer lo que debían hacer en caso de que sus reclamos no fueran escuchados. Entonces volvió el griterío, puños en alto, comentarios de todo tipo.
El General hizo callar a la masa:
-Debemos estar preparados para el caso de una negativa. El compañero tiene razón. Debemos llegar a un acuerdo.
-¡Huelga general, con abandono de los pedestales por tiempo indeterminado! –gritaron de atrás-. A lo que un gran coro de voces secundó:
-Sí, es lo menos que se merecen por tratarnos así, después de todo lo que hicimos por este país-.
-Y por el mundo –acotaron Colón y Cervantes-.
-Bueno, vos no descubriste nada –le bromeó Isabel La Católica a Colón – hacía como dos mil años que sabían que la Tierra era redonda y los Vikingos ya habían llegado a estas tierras.
-Si, pero ya nadie se acordaba – acotó algo ofendido Colón; - además ¿qué hubiera sido de tu reino si no fuera por mi?
-¡Silencio, por favor! –pidió Herrera – que estamos hablando en serio.
-Si no fuera por vos, Cristóbal, nuestros hermanos estarían vivos –acotó el indio Viamaca Pirú; –y por el hermano de éste –señaló con la mirada a Don Fructuoso.
-¡Por favor! –dijo en tono tristón el General –estamos aquí para buscar una solución para todos, no para pelearnos entre nosotros… al pasado no lo podemos cambiar-.
-Alguien que me preste una pluma y un papel para redactar los puntos –pidió El Dante que oficiaba de secretario.
Un señor chiquito de gorrito y lentes se acercó al estrado y les alcanzó una birome. Después abrió una carpeta que tenía en la mano y sacó un par de hojas y se las dio. El Dante preguntó:
-¿Cómo se usa esto?
El hombrecillo oprimió el extremo de la birome y de ésta surgió la punta entintada.
-¡Qué ingenioso! –exclamó -¿y la tinta?
-Escriba nomás, es así –explicó el hombrecito-.
El Dante comenzó a escribir sin creer que no necesitara tintero para mojar.
-Lo que nos perdimos –le dijo a Cervantes.

El Intendente bajó del coche y miró asombrado lo que ocurría. El secretario que lo acompañaba le preguntó:
-¿No quiere que llame a los grupos antidisturbios?
-No –respondió secamente; -averigüe qué ocurre y vea si hay alguna manera de solucionar esto.
El otro hombre intentó meterse entre la multitud y llegar al estrado.
-¡Buenos días, General! –dijo al ver que quien presidía la asamblea era el mismísimo prócer José Artigas -¿Qué es lo que ocurre? –preguntó asustado-.
El General le explicó y leyó los puntos mientras las voces de los demás apoyaban cada petición.
-Está bien –dijo –esperen aquí, voy a hablar con el señor Intendente para ver si los puede atender – y se fue.
La gente se apretujaba más y más intentando ver lo que pasaba. Un periodista de televisión hablaba por el micrófono:
-…en una mañana insólita, Montevideo ha amanecido sin sus habituales monumentos… es algo increíble, no se sabe por qué pero quienes debían ocuparlos han cobrado vida y se han marchado por sus propios medios… y han organizado esta especie de asamblea, donde acaban de redactar un documento… vamos a ver si podemos acercarnos al estrado para leerles cuáles son las reivindicaciones que exigen…
Más allá, otra docena de periodistas de distintos medios de comunicación se acercaban con sus micrófonos y grabadores, con las cámaras de televisión y toneladas de cables.
De pronto, entre la gente se sintieron quejidos… eran del Gaucho Agonizante, que se venía arrastrando sobre sus heridas.
-Con permiso, paisanos –decía con voz quejosa y apagada; -vengo desde el Parque de los Aliados, arrastrándome, disculpen la demora.
-¡Alguien que traiga un médico!, -gritó una señora, -¿no ven que este hombre se está desangrando?
-No se preocupe, buena mujer, yo hace años que me estoy desangrando, me esculpieron así –repuso el gaucho.

Mientras tanto los próceres y los demás concurrentes discutían entre ellos acerca de lo cambiada que estaba la ciudad. Algunos incluso, se habían puesto a conversar con los curiosos que estaban por ahí.
Los periodistas intentaban hablar con el máximo Jefe de los Orientales, para que les explicara detalladamente los hechos.
Cervantes se puso a recitar parte del Quijote y lo propio hacía Dante con La Divina Comedia, ante decenas de chiquilines y adultos que escuchaban fascinados los relatos.

El Intendente en su despacho no podía creer lo que escuchaba.
-¡No puede ser que se rebelen! –decía ofuscado, -¿quienes se creen que son? ¡Apenas unos pedazos de mármol o bronce con forma!
El asesor intentaba calmarlo:
-Pero están los canales de televisión y hay gente que ya los está apoyando, es mejor no quedar mal, mire que las elecciones están cerca –le recordó.
-¡Sí, está bien! –exclamó resignado el Intendente. Voy a hablar con ellos –a lo que se levantó y salió del despacho.
La multitud al verle aparecer hizo silencio. El Intendente miró alrededor contemplando los rostros de bronce pintado y los de carne y hueso que lo observaban, y después dijo:
-He leído atentamente sus peticiones -hizo una pausa y luego prosiguió –y creo que son justas –los rostros de todos los presentes se iluminaron. –Sin embargo, debido a los problemas que tenemos en la comuna y a los bajos recursos de que disponemos, debo informarles que no sé si será posible atender a todos sus reclamos; -la multitud empezó a murmurar, -creo que el punto que plantea el día de descanso es impracticable –las voces fueron en aumento, -y en cuanto al control para evitar las leyendas y demás injurias, debo decir que no es de mi incumbencia; eso deben hablarlo con el Ministerio del Interior o con el Presidente. ¡Buenas tardes!
La multitud indignada comenzó a abuchearlo pero ya se había ido. Algunos con las tacuaras en la mano querían entrar al galope al edificio. Otros le gritaban todo tipo de insultos que son irrepetibles.
-¡Compañeros! –tomó la palabra el General. -No todo está perdido. Vamos a intentar hablar con el Ministro y si es necesario con el propio Presidente de la República –intentaba calmar a la multitud que parecía descontrolada, pero no lo lograba.
Yo me alegraba de mirar todo tras la segura ventana de mi apartamento, porque temía que este incidente pasara a mayores.
Encendí la televisión para ver que decían los informativos mientras continuaba el griterío allá afuera. En la pantalla aparecían los principales protagonistas del suceso, antes y durante la aparición del Intendente. El periodista acotaba:
-No se sabe con certeza qué es lo que puede acontecer, la multitud está furiosa; comenzando con los propios involucrados y continuando con la gente que se ha arrimado al lugar y que también apoya las peticiones de los héroes…
Continué mirando sin prestar atención al aparato y luego salí al balcón. Varias personas habían hecho pancartas y se las estaban pasando a los hombres de bronce, que por ser más altos podían mostrarlas mejor. En algunas podían leerse frases como por ejemplo: “¡Artigas, querido, el pueblo está contigo!”, o “¡Monumentos adelante!”, o “Los héroes deben ser respetados, por eso sigan con la lucha!” y otras por el estilo.
Volví a la sala. En la televisión ahora estaban mostrando varias ciudades del interior en donde también los monumentos se habían rebelado. Era realmente extraño ver como las plazas estaban vacías al desaparecer las enormes figuras que las adornaban. Algunas palomas volaban en círculos, desorientadas por la ausencia de sus habituales lugares de descanso. Entonces alguien anunció que todos los monumentos del país se habían puesto en marcha hacia la capital, en apoyo a los reclamos de sus ilustres compañeros y en bien de su propio interés.
Salí al balcón para dar la noticia pero me encontré que ya se me habían adelantado, porque los gritos de júbilo eran mayúsculos.

El día fue pasando y a media tarde cuando todavía estaban en la Explanada los manifestantes se escucharon sirenas y aparecieron coches de la policía que venían a dispersar a la gente. Fue cuando varios de los próceres de a caballo se lanzaron contra ellos y otros de a pie los acompañaron. El pensador de Rodin continuaba sentado con la barbilla apoyada en su mano, como resignado por lo ocurrido. Algunos vociferaban sus reclamos haciendo notar que otras veces habían tenido que luchar para conquistar sus ideales y que estaban dispuestos a volver a hacerlo.
La policía se fue porque no podían hacer frente a tan enormes caudillos.
Por fin y esperando que los demás aliados llegaran a la capital, las estatuas armaron campamento, encendieron fogatas y se pusieron a matear junto a sus hermanos de carne y hueso.
Las informaciones continuaban por la radio y la televisión cada media hora.

Al otro día la multitud era más grande. Todo el centro de la ciudad estaba inundado de gente. Habían llegado los demás aliados del interior. Unos habían venido en tren –los que sabían cómo hacerlo marchar. Otros se aproximaban por las carreteras en camiones o a caballo. Junto a ellos miles de personas los acompañaban.
Al llegar al campamento los iguales se aproximaron para saludarse. Los diversos Artigas se habían agrupado formando una media luna, unos a caballo, otros a pie. Lo mismo ocurría con los demás caudillos que estaban repetidos y esparcidos por toda la República.
El Intendente había partido hacia el exterior y quien lo suplía tenía órdenes estrictas de no atenderlos. Así que toda la masa de gente se marchó rumbo a la Casa de Gobierno.

En la televisión anunciaban: “Ya van dos días de conflicto con los monumentos de la ciudad. A ellos se les agregan los del interior de la república. La gente está triste y enojada por lo ocurrido y el país no es el mismo sin ellos en las plazas. Ahora todos marchan a…”
Desconecté el televisor y bajé a la calle a plegarme a la gran marcha. El piso temblaba ante el paso firme y decidido de la multitud. Logré colarme por entre la gente y acercarme a los próceres que marchaban adelante. Al frente de todo, iba el General José Artigas en su caballo junto con sus iguales y más atrás el resto.
Fueron muchas las cuadras que recorrimos, pero al final llegamos. La gente se agolpó alrededor de la Casa de Gobierno por varias cuadras a la redonda. El Presidente con toda su comitiva esperaba con una sonrisa en el rostro. Dio la bienvenida y pidió que uno sólo de los concurrentes hablara. Por unanimidad se eligió al caudillo máximo y éste se acercó a él. Descendió de su caballo y entró con el Presidente al edificio.
Fue una espera angustiosa y larga. Por fin salieron ambos y el Prócer leyó lo acordado. Se había logrado la aprobación de todos los puntos que se indicaban y en los casos de competencia exclusiva del Intendente el propio Presidente se comprometía a lograr que aceptara las propuestas y las cumpliera. Como condición se exigía que todos los monumentos volvieran a sus lugares.
La gente estalló en vivas y se abrazaron unos con otros. Después todos regresamos a nuestros hogares. Los monumentos fueron a sus sitios y los del interior se volvieron a sus pagos, no sin antes dar una recorrida por la ciudad.
Algunos no estaban muy seguros de que se cumpliera con lo acordado, pese a que estaba la firma del Presidente y la del propio Artigas, así que lo único que faltaba era esperar.

Al otro día la ciudad volvía a la normalidad y la gente se reencontraba en sus trabajos. 18 de Julio no parecía la misma después de todo ese alboroto.
Por la ventana de mi dormitorio podía ver otra vez a El Gaucho sobre su caballo y a El David con una bufanda y un abrigo protegiéndolo. Pero había algo más: unos operarios estaban trabajando a su alrededor y no podía darme cuenta de qué se trataba. Bajé a la calle, me les acerqué y pude saber de sus propios labios, que el Presidente había mandado construir un campo de fuerza magnético alrededor de cada monumento del país para evitar que por cualquier razón éstos pudieran volver a moverse.



Mención de Honor - concurso "Jóvenes narradores - 1993" - I.M. de Montevideo
Publicado en el libro: "Trans-formaciones" - 1997.